<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704</id><updated>2011-10-10T19:02:23.051-03:00</updated><title type='text'>En el mar de las perlas</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>55</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-8679392786997000273</id><published>2010-06-05T18:04:00.002-03:00</published><updated>2010-06-05T18:24:21.363-03:00</updated><title type='text'>"Lucrecio: Poeta" (Marcel Schwob)</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5479403273318159458" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 256px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_uShkr4vqqRY/TArAPvc91GI/AAAAAAAAAoU/dKbdnsYvROg/s320/schwob+vidas+imaginarias+1944.JPG" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:Arial;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;Lucrecio apareció en una gran familia que se había retirado lejos de la vida civil. Sus primeros días pasaron a la sombra del pórtico oscuro de una alta casa empinada en la montaña. El atrio era severo y los esclavos mudos. Estuvo rodeado, desde la infancia, por el desprecio por la política y por los hombres. El noble Memio, que tenía su misma edad, sobrellevó, en el bosque, los juegos que Lucrecio le impuso. Juntos se asombraron ante las arrugas de los viejos árboles y espiaron el temblor de las hojas bajo el sol, como un velo verde de luz salpicado de manchas de oro. Contemplaron con frecuencia los lomos rayados de los chanchos salvajes que husmeaban el suelo. Atravesaron palpitantes cohetes de abejas y bandas movedizas de hormigas en marcha. Y un día alcanzaron, al salir de un soto, un claro totalmente rodeado por viejos alcornoques, asentados tan cerca uno de otro como que un círculo cavaba un pozo de azul en el cielo. La quietud en aquel asilo era infinita. Se hubiese creído estar en un ancho camino claro que fuera hacia lo alto del aire divino. Allí, Lucrecio se sintió impresionado por la bendición de los espacios calmos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Abandonó con Memio el templo sereno del bosque para estudiar elocuencia en Roma. El anciano gentilhombre que gobernaba la alta casa le dio un profesor griego y lo conminó a que no volviese sino cuando poseyera el arte de despreciar las acciones humanas. Lucrecio no lo volvió a ver más. Murió solitario, execrando el tumulto de la sociedad. Cuando Lucrecio volvió había con él en la alta casa vacía, en el atrio severo y entre los esclavos mudos, una mujer africana, bella, bárbara y malvada. Memio estaba de regreso en la casa de sus padres. Lucrecio había visto las facciones sangrientas, las guerras de partidos y la corrupción política. Estaba enamorado. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Y en un principio su vida fue encantada. La mujer africana apoyaba en los tapices de los muros la perfilada masa de sus cabellos. Todo su cuerpo se sumía largamente en los divanes. Rodeaba las cráteras llenas de vino espumoso con sus brazos cargados de esmeraldas translúcidas. Tenía una manera extraña de levantar un dedo y de sacudir la frente. Sus sonrisas tenían una fuente profunda y tenebrosa como los ríos de África. En vez de hilar la lana la deshacía pacientemente en pequeños copos que volaban alrededor de ella. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Lucrecio deseaba ardientemente fundirse con ese hermoso cuerpo. Apretaba sus senos metálicos y pegaba su boca a sus labios de un violeta oscuro. Las palabras de amor pasaron de uno a otro, fueron suspiradas, los hicieron reír y se gastaron. Tocaron el velo flexible y opaco que separa a los amantes. La voluptuosidad creció en furor y quiso cambiar de persona. Llegó hasta la extremidad aguda en que se expande alrededor de la carne, sin penetrar hasta las entrañas. La africana se acurrucó en su corazón extranjero. Lucrecio se desesperó al no poder consumar el amor. La mujer se tornó altanera, melancólica y silenciosa, parecida al atrio y a los esclavos. Lucrecio anduvo errabundo en la sala de los libros. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Fue allí donde desplegó el rollo en el cual un escriba había copiado el tratado de Epicuro. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;En seguida comprendió la variedad de las cosas de este mundo y la inutilidad de esforzarse tras las ideas. El universo le pareció similar a los pequeños copos de lana que los dedos de la Africana desparramaban en las salas. Los racimos de abejas y las columnas de hormigas y el tejido movedizo de las hojas le parecieron agrupamientos de agrupamientos de átomos. Y en todo su cuerpo sintió un pueblo invisible y discorde, ansioso por separarse. Y las miradas le parecieron rayos más sutilmente carnosos y la imagen de la bella bárbara, un mosaico agradable y coloreado, y sintió que el fin del movimiento de esa infinitud era triste y vano. Así como había visto las facciones ensangrentadas de Roma, con sus tropeles de clientes armados e insultantes, contempló el torbellino de tropeles de átomos tintos en la misma sangre y que se disputan una obscura supremacía. Y vio que la disolución de la muerte sólo era la manumisión de esa turba turbulenta que se lanza hacia otros mil movimientos inútiles.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Ahora bien: cuando Lucrecio hubo sido así instruido por el rollo de papiro, en el cual las palabras griegas como los átomos del mundo estaban entretejidas las unas con las otras, salió hacia el bosque por el pórtico oscuro de la alta casa de los ancestros. Y vio el lomo de los chanchos rayados que tenían siempre el hocico dirigido hacia la tierra. Después, al atravesar el soto, se encontró de pronto en medio del templo sereno del bosque y sus ojos se sumergieron en el pozo azul del cielo. Y fue allí donde sentó su reposo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Desde allí contempló la inmensidad hormigueante del universo; todas las piedras, todas las plantas, todos los árboles, todos los animales, todos los hombres, con sus colores, con sus pasiones, con sus instrumentos, y la historia de esas cosas diversas y su nacimiento y sus enfermedades y sus muertes. Y entre la muerte total y necesaria, percibió con claridad la muerte única de la Africana; y lloró. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Sabía que las lágrimas provienen de un movimiento particular de las pequeñas glándulas que están debajo de los párpados, y que son agitadas por una procesión de átomos salida del corazón, cuando el propio corazón ha sido conmovido por la sucesión de imágenes coloreadas que se desprenden de la superficie del cuerpo de una mujer amada. Sabía que la causa del amor es la dilatación de los átomos que desean juntarse con otros átomos. Sabía que la tristeza que causa la muerte es la peor de las ilusiones terrenales, pues la muerta había dejado de ser desgraciada y de sufrir, en tanto que aquel que la lloraba se afligía por sus propios males y pensaba tenebrosamente en su propia muerte. Sabía que no queda de nosotros ninguna doble apariencia para derramar lágrimas sobre su propio cadáver tendido a sus pies. Pero, como conocía exactamente la tristeza y el amor y la muerte y sabía que son vanas imágenes cuando se las contempla desde el espacio calmo donde hay que encerrarse, continuó llorando, y deseando el amor, y temiendo la muerte. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Por esto fue que habiendo vuelto a la alta y sombría casa de los ancestros, se acercó a la bella Africana, quien cocía un brebaje en un recipiente de metal en un brasero. Porque ella también había pensado, por su parte, y sus pensamientos se habían remontado a la fuente misteriosa de su sonrisa. Lucrecio miró el brebaje todavía hirviente. Éste se aclaró poco a poco y se volvió parecido a un cielo turbio y verde. Y la bella Africana sacudió la frente y levantó un dedo. Entonces Lucrecio bebió el filtro. E inmediatamente después su razón desapareció, y olvidó todas las palabras griegas del rollo de papiro. Y por primera vez, al volverse loco, conoció el amor; y a la noche, por haber sido envenenado, conoció la muerte.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-8679392786997000273?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/8679392786997000273/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=8679392786997000273' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/8679392786997000273'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/8679392786997000273'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2010/06/lucrecio-poeta-marcel-schwob.html' title='&quot;Lucrecio: Poeta&quot; (Marcel Schwob)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_uShkr4vqqRY/TArAPvc91GI/AAAAAAAAAoU/dKbdnsYvROg/s72-c/schwob+vidas+imaginarias+1944.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-5556123447195492083</id><published>2009-11-22T00:30:00.001-03:00</published><updated>2009-11-22T00:45:45.869-03:00</updated><title type='text'>"La máscara de la muerte roja" (Edgar Allan Poe)</title><content type='html'>La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-5556123447195492083?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/5556123447195492083/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=5556123447195492083' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/5556123447195492083'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/5556123447195492083'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/11/la-mascara-de-la-muerte-roja-edgar.html' title='&quot;La máscara de la muerte roja&quot; (Edgar Allan Poe)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-5519806833361737361</id><published>2009-10-16T21:54:00.005-03:00</published><updated>2009-10-17T01:25:52.100-03:00</updated><title type='text'>Poemas de amor (Idea Vilariño)</title><content type='html'>&lt;strong&gt;Amor&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Amor desde la sombra&lt;br /&gt;desde el dolor&lt;br /&gt;amor&lt;br /&gt;te estoy llamando&lt;br /&gt;desde el pozo asfixiante del recuerdo&lt;br /&gt;sin nada que me sirva ni te espere.&lt;br /&gt;Te estoy llamando&lt;br /&gt;amor&lt;br /&gt;como al destino&lt;br /&gt;como al sueño&lt;br /&gt;a la paz&lt;br /&gt;te estoy llamando&lt;br /&gt;con la voz&lt;br /&gt;con el cuerpo&lt;br /&gt;con la vida&lt;br /&gt;con todo lo que tengo&lt;br /&gt;y que no tengo&lt;br /&gt;con desesperación&lt;br /&gt;con sed&lt;br /&gt;con llanto&lt;br /&gt;como si fueras aire y yo me ahogara&lt;br /&gt;como si fueras luz y me muriera.&lt;br /&gt;Desde una noche ciega&lt;br /&gt;desde olvido&lt;br /&gt;desde horas cerradas&lt;br /&gt;en lo solo&lt;br /&gt;sin lágrimas ni amor&lt;br /&gt;te estoy llamando&lt;br /&gt;como a la muerte amor&lt;br /&gt;como a la muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;---&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cuándo ya noches mías...&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Cuándo ya noches mías&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;ignoradas e intactas,&lt;br /&gt;sin roces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuándo aromas sin mezclas&lt;br /&gt;inviolados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuándo yo estrella fría&lt;br /&gt;y no flor en un ramo de colores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y cuando ya mi vida,&lt;br /&gt;mi ardua vida,&lt;br /&gt;en soledad&lt;br /&gt;como una lenta gota&lt;br /&gt;queriendo caer siempre&lt;br /&gt;y siempre sostenida&lt;br /&gt;cargándose, llenándose&lt;br /&gt;de sí misma, temblando,&lt;br /&gt;apurando su brillo&lt;br /&gt;y su retorno al río.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya sin temblor ni luz&lt;br /&gt;cayendo oscuramente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;---&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Después&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es otra&lt;br /&gt;acaso es otra&lt;br /&gt;la que va recobrando&lt;br /&gt;su pelo su vestido su manera&lt;br /&gt;la que ahora retoma su vertical&lt;br /&gt;su peso&lt;br /&gt;y después de sesiones lujuriosas y tiernas&lt;br /&gt;se sale por la puerta entera y pura&lt;br /&gt;y no busca saber&lt;br /&gt;no necesita&lt;br /&gt;y no quiere saber&lt;br /&gt;nada de nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;---&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El amor&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Un pájaro me canta&lt;br /&gt;y yo le canto&lt;br /&gt;me gorgojea al oído&lt;br /&gt;y le gorgojeo&lt;br /&gt;me hiere y yo le sangro&lt;br /&gt;me destroza&lt;br /&gt;lo quiebro&lt;br /&gt;me deshace&lt;br /&gt;lo rompo&lt;br /&gt;me ayuda lo&lt;br /&gt;levanto&lt;br /&gt;lleno todo de paz&lt;br /&gt;todo de guerra&lt;br /&gt;todo de odio de amor&lt;br /&gt;y desatado&lt;br /&gt;gime su voz y gimo&lt;br /&gt;ríe y río&lt;br /&gt;y me mira y lo miro&lt;br /&gt;me dice y yo le digo&lt;br /&gt;y me ama y lo amo- no se trata de amor&lt;br /&gt;damos la vida-&lt;br /&gt;y me pide y le pido&lt;br /&gt;y me vence y lo venzo&lt;br /&gt;y me acaba y lo acabo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;---&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El fuego&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Sin él&lt;br /&gt;aquí&lt;br /&gt;sin él.&lt;br /&gt;Su fuego susurrando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;---&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Escribo, pienso, leo...&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escribo&lt;br /&gt;pienso&lt;br /&gt;leo&lt;br /&gt;traduzco veinte páginas&lt;br /&gt;oigo el informativo&lt;br /&gt;escribo&lt;br /&gt;escribo&lt;br /&gt;leo.&lt;br /&gt;Dónde estás&lt;br /&gt;dónde estás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;----&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Carta II&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Estás lejos y al sur&lt;br /&gt;allí no son las cuatro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recostado en tu silla&lt;br /&gt;apoyado en la mesa del café&lt;br /&gt;de tu cuarto&lt;br /&gt;tirado en una cama&lt;br /&gt;la tuya o la de alguien&lt;br /&gt;que quisiera borrar&lt;br /&gt;-estoy pensando en ti no en quienes buscan&lt;br /&gt;a tu lado lo mismo que yo quiero-.&lt;br /&gt;Estoy pensando en ti ya hace una hora&lt;br /&gt;tal vez media&lt;br /&gt;no sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la luz se acabe&lt;br /&gt;sabré que son las nueve&lt;br /&gt;estiraré la colcha&lt;br /&gt;me pondré el traje negro&lt;br /&gt;y me pasaré el peine.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iré a cenar&lt;br /&gt;es claro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero en algún momento&lt;br /&gt;me volveré a este cuarto&lt;br /&gt;me tiraré en la cama&lt;br /&gt;y entonces tu recuerdo&lt;br /&gt;qué digo&lt;br /&gt;mi deseo de verte&lt;br /&gt;que me mires&lt;br /&gt;tu presencia de hombre que me falta en la vida&lt;br /&gt;se pondrán&lt;br /&gt;como ahora te pones en la tarde&lt;br /&gt;que ya es la noche&lt;br /&gt;a ser&lt;br /&gt;la sola única cosa&lt;br /&gt;que me importa en el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;---&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ya no será...&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya no será,&lt;br /&gt;ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo&lt;br /&gt;no coseré tu ropa, no te tendré de noche&lt;br /&gt;no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui&lt;br /&gt;por qué me amaron otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca&lt;br /&gt;ni si era de verdad lo que dijiste que era,&lt;br /&gt;ni quién fuiste, ni qué fui para ti&lt;br /&gt;ni cómo hubiera sido vivir juntos,&lt;br /&gt;querernos, esperarnos, estar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya no soy más que yo para siempre y tú&lt;br /&gt;Ya no serás para mí más que tú. Ya no estás en un día futuro&lt;br /&gt;no sabré dónde vives, con quién&lt;br /&gt;ni si te acuerdas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.&lt;br /&gt;No volveré a tocarte. No te veré morir.&lt;a href="http://mardelasperlas.blogspot.com/2007/07/bienvenido-bob-juan-carlos-onetti.html"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-5519806833361737361?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/5519806833361737361/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=5519806833361737361' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/5519806833361737361'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/5519806833361737361'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/10/poemas-idea-vilarino.html' title='Poemas de amor (Idea Vilariño)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-3878495418949140530</id><published>2009-08-02T01:26:00.000-03:00</published><updated>2009-08-02T01:37:04.792-03:00</updated><title type='text'>"La ventana abierta" (Saki)</title><content type='html'>-Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel -dijo con mucho aplomo una señorita de quince años-; mientras tanto debe hacer lo posible por soportarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar debidamente en cuenta a la tía que estaba por llegar. Dudó más que nunca que esta serie de visitas formales a personas totalmente desconocidas fueran de alguna utilidad para la cura de reposo que se había propuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sé lo que ocurrirá -le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural-: te encerrarás no bien llegues y no hablarás con nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de presentación, podía ser clasificada entre las simpáticas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Conoce a muchas personas aquí? -preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre ellos suficiente comunicación silenciosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Casi nadie -dijo Framton-. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para algunas personas del lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hizo esta última declaración en un tono que denotaba claramente un sentimiento de pesar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi tía -prosiguió la aplomada señorita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sólo su nombre y su dirección -admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia masculina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Su gran tragedia ocurrió hace tres años -dijo la niña-; es decir, después que se fue su hermana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Su tragedia? -preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre -dijo la sobrina señalando una gran ventana que daba al jardín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hace bastante calor para esta época del año -dijo Framton- pero ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Por esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde solían cazar quedaron atrapados en una ciénaga traicionera. Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A esta altura del relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mi pobre tía sigue creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me habrá contado cómo salieron, su marido con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de costumbre "¿Bertie, por qué saltas?", porque sabía que esa canción la irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de que todos ellos volverán a entrar por la ventana...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La niña se estremeció. Fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas por haberlo hecho esperar tanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Espero que Vera haya sabido entretenerlo -dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me ha contado cosas muy interesantes -respondió Framton.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Espero que no le moleste la ventana abierta -dijo la señora Sappleton con animación-; mi marido y mis hermanos están cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado en que dejarán mis pobres alfombras después de haber andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres ¿no es verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las perspectivas que había de cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera atención, y su mirada se extraviaba constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día del trágico aniversario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de agitación mental y de ejercicios físicos violentos -anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio-. Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No? -dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión revelaba la atención más viva... pero no estaba dirigida a lo que Framton estaba diciendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Por fin llegan! -exclamó-. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar su compasiva comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca que cantaba: "¿Dime, Bertie, por qué saltas?"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Framton agarró deprisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el portón, fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un choque inminente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquí estamos, querida -dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana-: bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel -dijo la señora Sappleton-; no hablaba de otra cosa que de sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Supongo que ha sido a causa del spaniel -dijo tranquilamente la sobrina-; me contó que los perros le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién cavada, con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La fantasía sin previo aviso era su especialidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-3878495418949140530?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/3878495418949140530/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=3878495418949140530' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/3878495418949140530'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/3878495418949140530'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/08/la-ventana-abierta-saki.html' title='&quot;La ventana abierta&quot; (Saki)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-3652653147143592139</id><published>2009-07-26T23:59:00.002-03:00</published><updated>2009-07-27T00:07:14.659-03:00</updated><title type='text'>"¿Y si?" (Dino Buzzati)</title><content type='html'>Él era el Dictador. Pocos minutos antes había finalizado, en la Sala del Supremo Konzern, el informe del Congreso Universal de las Hermandades, al término del cual la moción de sus adversarios fue desestimada por aplastante mayoría. Por lo cual, Él era el Personaje más Poderoso del País Y Todo Aquello Que Se Refería A Él En Adelante Se Escribiría O Diría Con Mayúsculas, Por El Tributo De Honor. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había llegado, pues, a la meta final de la vida y no podía ya desear nada más. ¡A los cuarenta y cinco años, el Dominio de la Tierra! ¡Y no lo había conseguido con la violencia, según es uso y costumbre, sino con el trabajo, la fidelidad, la austeridad, el sacrificio de los esparcimientos, de las carcajadas, de los goces físicos y de las sirenas mundanas. Estaba pálido y llevaba gafas; sin embargo, nadie estaba por encima de él. Asimismo, se sentía un poco cansado. Pero feliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una salvaje felicidad, tan intensa que casi resultaba dolorosa, lo invadía hasta lo más profundo del alma, mientras recorría a pie, democráticamente, las calles de la ciudad, meditando sobre su propio éxito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él era el Gran Músico que poco antes había oído en el Teatro Imperial de la Ópera las notas de su obra maestra levitar y expandirse en el corazón del público anhelante, conquistando el triunfo; y en los oídos le resonaban todavía las grandes cataratas de los aplausos puntuadas de alaridos delirantes, como jamás los había oído, ni para los demás ni para sí; en esos aplausos había éxtasis, llanto, entrega.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él era el Gran Cirujano que, una hora antes, ante un cuerpo humano ya absorbido por las tinieblas, en medio del espanto de los ayudantes que lo tomaron por loco, se había atrevido a aquello que nadie había podido nunca ni siquiera imaginar, haciendo surgir con sus mágicas manos la lucecita superviviente de las profundidades incognoscibles del cerebro, allá donde la última partícula de vida había anidado como el gozque moribundo que se arrastra a la soledad del bosque para que nadie asista a su deshonrosa humillación final. Y él había liberado aquella microscópica llamita de la pesadilla, casi recreándola, hasta el punto de que el difunto había vuelto a abrir los ojos, y sonreído.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él era el Gran Banquero recién salido de una catastrófica tenaza de maniobras que debían triturarlo y, en cambio, su golpe de genio las había revuelto súbitamente contra los enemigos, derribándolos. Por lo que, en el frenético crescendo de los teléfonos enloquecidos, de las calculadoras y de los teletipos electrónicos, su masa crediticia se había agigantado de una capital a la otra como un nubarrón de oro; sobre el cual, ahora, se alzaba victorioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él era el Gran Científico que, en un impulso de inspiración divina, en la mísera estrechez de su estudio, había intuido poco antes la sublime potencia de la fórmula definitiva; razón por la cual los gigantescos esfuerzos mentales de centenares de sabios colegas esparcidos por el mundo se tornaban de golpe, comparativamente, en ridículos e insensatos balbuceos; y, por lo tanto, él saboreaba la beatitud espiritual de tener en su mano la última Verdad, como a una dulce e irresistible criatura que le pertenecía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él era el Generalísimo que, rodeado de ejércitos superiores, había transformado, con astucia y mando, su menoscabado y tambaleante ejército en una horda de titanes desencadenados; y el cerco de hierro y de fuego que lo sofocaba se había resquebrajado en pocas horas, y las formaciones enemigas se habían deshecho en aterrorizados jirones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él era el Gran Industrial, el Gran Explorador, el Gran Poeta, el hombre que ha vencido definitivamente, tras larguísimos años de trabajo, de oscuridad, de economías, de interminables fatigas, y cuyas huellas, ay de mí, están impresas indeleblemente en el cansado rostro, por lo demás exultante y luminoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una estupenda mañana de sol, era un crepúsculo tempestuoso, era una tibia noche de luna, era una gélida tarde de tormenta, era un alba purísima de cristal, era sólo la hora extraña y maravillosa de la victoria que pocos hombres conocen. Y él caminaba extraviado en aquella indecible exaltación, mientras los palacios se extendían en torno con formas apropiadas, con la evidente intención de honrarle. Si no se doblaban en ademán de reverencia, era sólo porque estaban hechos de piedras, hierro, cemento y ladrillos; de allí su rigidez. Y también las nubes del cielo, beatos fantasmas, se disponían en círculo, en fajas superpuestas, formando una especie de corona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero entonces -él estaba atravesando los jardines del Almirantazgo-, sus ojos, por casualidad, de soslayo, se posaron sobre una joven mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquel punto, lateralmente, se extendía, realzada, una especie de terraza, circundada por una balaustrada de hierro forjado. La muchacha estaba acodada en la balaustrada y miraba distraídamente hacia abajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tendría unos veinte años, era pálida, y entreabría perezosamente los labios en expresión de rendida y muelle apatía. Su negrísimo pelo, peinado hacia arriba formando un ancho moño -ala de cuervo jovencito- sombreaba la frente. También ella aparecía como difusa por causa de una nube. Era bellísima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llevaba un sencillo suéter de color gris y una falda negra muy ceñida en el talle. Apoyado el peso del cuerpo en la balaustrada, las caderas desbordaban libremente al sesgo, en actitud felina. Podía ser una estudiante de la bohemia de vanguardia, uno de esos tipos que logran hacer una elegancia casi ofensiva de la extralimitación y de la impertinencia. Llevaba grandes gafas azules. En la palidez del rostro, le impresionó el rojo crudo de los labios, suavemente relajados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De abajo arriba -pero fue una fracción infinitesimal de segundo-, vislumbró, a través de la reja de la balaustrada, aquellas piernas femeninas, no demasiado, porque los pies estaban tapados por los bordes de la terraza y la falda era más bien larga. Sin embargo, sus ojos percibieron la silueta proterva de las pantorrillas que, desde los finos tobillos, se ensanchaban en esa progresión carnal que todos conocemos, oculta en seguida por el borde de la falda. A pleno sol, el pelo rojizo llameó. Podía ser una buena hija de familia, podía ser una mujer de teatro, podía ser una pobre tunanta. ¿O acaso una chica perdida?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando pasó frente a ella, la distancia sería de dos metros y medio a tres. Fue sólo un instante, pero pudo verla muy bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No por interés, sino sin duda más bien por indiferencia suprema -por no cuidar ella, entregada al aburrimiento, de controlar siquiera las miradas-, la chica lo miró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras haberla atisbado fugazmente, él desvió los ojos al frente, por decoro, tanto más cuanto que el secretario y otros dos acólitos lo seguían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no supo resistirse y, con la mayor rapidez posible, volvió de nuevo la cabeza para verla.&lt;br /&gt;La chica lo miró de nuevo. A él incluso le pareció -pero debía tratarse de una sugestión- que los exangües y voluptuosos labios se estremecían, como quien se dispone a hablar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Basta. Por pura decencia, no podía arriesgarse más. Ya no volvería a verla. Bajo la lluvia torrencial, cuidó de no meter los pies en los charcos del suelo. Le pareció percibir un vago calor en la nuca, como si un hálito lo rozase. Quizás, quizás, ella lo seguía mirando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apresuró el paso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero en aquel preciso instante se percató de que algo le faltaba. Una cosa esencial, importantísima. Jadeó. Se dio cuenta con espanto de que la felicidad de antes, aquella sensación de saciedad y de victoria, había cesado de existir. Su cuerpo era un triste peso, y numerosas molestias lo aguardaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué? ¿Qué había pasado? ¿Acaso no era el Dominador, el Gran Artista, el Genio? ¿Por qué ya no lograba ser feliz?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminaba. Ahora, el jardín del Almirantazgo se encontraba a sus espaldas. Quién sabe dónde estaría la chica a estas horas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Qué absurdo, qué estupidez! Por haber visto a una mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Enamorado? ¿Así, de golpe? No, ésas no eran cosas para él. Una chica desconocida, quizás incluso de poca calidad. Y, sin embargo... Y, sin embargo, allí donde pocos instantes antes vibraba un contento desenfrenado, ahora se extendía un árido desierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya no volvería a verla. Nunca sabría quién era. No hablaría jamás con ella. Ni con ella ni con las semejantes a ella. Envejecería sin siquiera dirigirles la palabra. Envejecido en medio de la gloria, sí, pero sin aquella boca, sin aquellos ojos de lacerante apatía, sin aquel cuerpo misterioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Y si él, sin saberlo, lo hubiese hecho todo por ella? ¿Por ella y las mujeres como ella, las desconocidas, las peligrosas criaturas que jamás había tocado? ¿Y si los años eternos de clausura, de fatigas, de rigor, de pobreza, de disciplina, de renuncias, hubiesen tenido sólo aquel objeto; si en lo profundo de sus desnudas maceraciones hubiese estado al acecho aquel tremendo deseo? ¿Si detrás del afán de celebridad y de poder, bajo estas miserables apariencias, lo hubiese impelido tan sólo el amor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero él nunca había comprendido algo como esto, ni lo había sospechado, ni siquiera en broma. Sólo pensarlo le habría parecido una escandalosa locura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por ello, los años habían pasado inútilmente. Y hoy, ya era demasiado tarde.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-3652653147143592139?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/3652653147143592139/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=3652653147143592139' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/3652653147143592139'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/3652653147143592139'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/07/y-si-dino-buzzati.html' title='&quot;¿Y si?&quot; (Dino Buzzati)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-5214743924741352618</id><published>2009-06-27T12:12:00.002-03:00</published><updated>2009-06-27T12:27:37.595-03:00</updated><title type='text'>"Cuarenta y cuatro cuarenta" (Dalmiro Sáenz)</title><content type='html'>La pata del caballo se apoyó una cuarta más adelante del lugar donde había pisado la mano, y las huellas de las dos herraduras junto con las otras huellas que el animal iba dejando a su paso, se mantuvieron apenas unos instantes so&amp;shy;bre ese desierto que el viento arremolinaba des&amp;shy;ordenando esas huellas que ya no eran huellas sino arena dispersa sobre las matas de coirón, sobre el pasto seco, y sobre sí misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un animal de buena alzada, cebruno, bas&amp;shy;tante mestizo, que escarceaba como molesto por el tintineo que él mismo producía en el freno de plata, sujeto a esas riendas que se extendían junto con el cabresto hasta la mano que las jun&amp;shy;taba, para luego caer hacia un costado chico&amp;shy;te ando un poco el estribo grande de madera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre se había tapado la cara con el pa&amp;shy;ñuelo para protegerse del viento, de manera que bajo el ala del sombrero sobre los ojos entrecerrados, la tierra se amontonaba sobre las cejas tal vez grises, y sobre la mano, no sólo la que sostenía tan altas las riendas y el cabresto, sino también la otra, la que descansaba sobre el muslo muy cerca de la culata del winchester cuarenta y cuatro, que asomaba tras el borde de la carona y más cerca todavía de la culata de un revólver, seguramente un Smith o tal vez un Colt de cachas de madera muy gastadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No llevaba pilchero ni tropilla, por lo tanto no iba lejos, pero también iba sin perros segu&amp;shy;ramente por no ser hombre de trabajo. La man&amp;shy;ta castilla la llevaba por delante desde hacía más de dos horas, porque el sol ya estaba alto y no hacía frío, a pesar de que esa madrugada había tenido que calentar con el agua del mate el freno de plata para no lastimar la boca del cebruno, que ahora al filo ya del mediodía, se había detenido en los primeros repechos de las sierras del Deseado, mientras el hombre desmon&amp;shy;taba y se sacaba el sombrero que sacudió contra sus piernas y luego abolló su copa para volcar en ella un poco del agua de su cantimplora, que acercó con suavidad a la boca del caballo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando volvió a ponerse el sombrero, la fren&amp;shy;te quedó nuevamente protegida de ese sol tan alejado de esa frente, que la piel parecía algo impúdico, delicado, ausente de esa vida que había oscurecido, curtido y cincelado el resto de la cara y también las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después volvió a montar, y tres horas más tarde los dos hombres que él desde hacía rato veía junto al fuego, y que ellos a su vez también lo veían desde hacía rato, con las manos sobre los ojos al principio, y luego ya juntos, con alguna de las manos sobre el pescuezo del caballo y otra estrechando la de él, que ya había desmontado, o sobre el pegual que uno de ellos siguió aflojando a pesar de haber oído la frase que am&amp;shy;bos hombres calculaban que el otro hombre re&amp;shy;cién diría mucho más tarde, y no ahí, en ese momento, con el cebruno sudado que se alejaba ya desensillado y ellos desnudos e impotentes an&amp;shy;te las palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Fui al doctor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y que dijo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Que me muero ya no más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces los dos hombres -con los movimien&amp;shy;tos abandonados sobre los objetos que las manos todavía sostenían sin objeto, y con las miradas sobre algo que no miraban, mientras eran mirados por el hombre que la policía de todo el territorio buscaba desde Río Gallegos hasta Garayalde se quedaron quietos y silenciosos, en la gran extensión también quieta y silenciosa, porque el viento se había aplastado contra el suelo como esperando el retorno del polvo des&amp;shy;alojado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre se llamaba Demetrio Morel y los otros dos eran sus hijos. Todos los juzgados de la Patagonia habían pedido su captura, y casi todas las armas que la ley había alzado contra él, habían vuelto burladas o vencidas o que&amp;shy;dado en el suelo junto a sus dueños o perdido su rastro en el desierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora ese hombre, vencedor sobre la violen&amp;shy;cia, sobre las normas, sobre el acero de las hojas desenvainadas o sobre el plomo y el níquel de las balas, sobre la sangre, sobre la muerte, lleva&amp;shy;ba la muerte en su propia sangre como la inercia de un movimiento ya detenido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habló, pero recién a la noche, cuando las cabezas sobre los recados miraban hacia arriba ha&amp;shy;cia la distancia, ellos tres que pronto serían dis&amp;shy;tancia, ahora acostados en ese suelo mientras el hombre con uno de sus hijos a la derecha y el otro a la izquierda decía “Ustedes son...” Se interrumpió, porque iba a decir “lo único que tengo”, y sacó los brazos de debajo de las man&amp;shy;tas dejándolos extendidos hacia ellos, los que es&amp;shy;cuchaban con las cabezas tristes bajo las estrellas,  y miró primero a uno y después al otro como dudando y prosiguió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No quiero esperar, mañana quiero estar muerto. Tengo en el tirador toda la plata de los últimos asaltos, es para vos -dijo mirando al me&amp;shy;nor de sus hijos, al que al día siguiente vería por última vez, después de ese abrazo silencioso en la niebla de la mañana, alejándose al tranco de su bayo encerado, e internándose en ese mun&amp;shy;do que se abriría al paso de su winchester trein&amp;shy;ta-treinta, durante meses y años hasta el día aquel, en que el azar de una venganza lo lleva&amp;shy;ría a un pueblito sin nombre en el norte del Chubut, donde se detendría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora solos el padre y el mayor de los hijos los dos a caballo en un cruce de caminos miran&amp;shy;do a lo lejos y las palabras:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahí es Leona Muerta. Ése es el pueblo que te dejo de herencia y acá tenés mi winchester.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*  *  *&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comisario de Leona Muerta había sido nombrado por una comisión de vecinos nada más de cuatro años, y esa misma comisión, por lo menos algunos de sus miembros, oyeron el disparo que atravesó el pecho del hombre en cuya velocidad de brazo y en cuya destreza ha&amp;shy;bían confiado, sin saber que esa velocidad y esa destreza acababan de detenerse en la mitad de un trayecto, cuya mano nunca más recorrería, a pesar que el reflejo de su instinto todavía alo&amp;shy;jado en ese cuerpo, junto con la bala entre sus costillas, lo hizo girar sobre sí mismo para tratar de eludir el segundo balazo, como si aun esas dos cualidades: la velocidad y la destreza, depen&amp;shy;dientes una de la otra e inútiles una sin la otra, estuviesen todavía en vigencia delante de aquel hombre dueño de las palabras recién pronuncia&amp;shy;das -Soy Demetrio Morel- y dueño de la velo&amp;shy;cidad y destreza suficientes como para alejarse ahora lentamente del cuerpo quieto del comi&amp;shy;sario muerto.&lt;br /&gt;La noticia corrió por la calle principal, des&amp;shy;bordó la plaza, y siguió delante del hombre que avanzaba, y cuando éste se detuvo muy cerca de la puerta del bar del Hotel, los hombres que formaban la clase alta de ese pueblo en la Ar&amp;shy;gentina y cuyos nietos, algunos de ellos tal vez, sean ahora la clase alta de este pueblo argentino, lo miraron a través del vidrio mientras abría la puerta del bar, y después sin el vidrio que los separaba, lo vieron avanzar hasta el mostrador en donde apoyó un codo de manera que su mano -la veloz experta y condenada mano- colgara muy cerca del revólver todavía tibio por la muer&amp;shy;te que su propia muerte había reclamado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el silencio del cuarto, el silencio de los hombres agrupaba a los hombres dueños de esas normas cuya violación provocaba ese silencio, mientras el silencio de Demetrio Morel, se man&amp;shy;tuvo insolente sobre el otro silencio como ensor&amp;shy;deciendo las palabras calladas y los movimientos detenidos sobre las armas quietas y enfundadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces fue el sonido, y también el movi&amp;shy;miento, pues el dueño de los pasos que se oye&amp;shy;ron sobre las maderas del piso, avanzando como en un lento y premeditado desafío, que recién se concretó cuando el hombre -joven descono&amp;shy;cido forastero, que recién había llegado al pueblo hacía algunas horas y se había anotado en el registro del hotel como comprador de hacien&amp;shy;da- se detuvo con el winchester cuarenta y cua&amp;shy;tro que asomaba entre sus brazos cruzados sobre el pecho y la mirada firme hacia adelante como esperando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando las armas se acallaron, el hombre jo&amp;shy;ven estaba extendido en el suelo con el rifle hu&amp;shy;meante entre sus manos. Demetrio Morel apoya&amp;shy;do en el mostrador miraba hacia abajo como es&amp;shy;crutando el lugar donde caería para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando lo hizo, los parroquianos del bar, los que habían visto cómo los tiros de su revólver se estrellaron contra la pared demasiado altos sobre la cabeza del forastero, mientras éste hacía su primer disparo casi sin mover los brazos y el segundo desde el piso en donde se había ti&amp;shy;rado, en una experta y velocísima sucesión de movimientos, lo vieron ahora levantarse lenta&amp;shy;mente y mirar el cuerpo inerte del que ellos nunca sabrían que era su propio padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo nombraron comisario ese mismo día como había calculado Demetrio Morel en su última tarde cuando le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo voy a tirar alto y vos apuntá bien. Des&amp;shy;pués te van a nombrar comisario y el pueblo va a ser tuyo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*  *  *&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando a la mañana abría la ventana de la comisaría, la que daba sobre la calle principal, parecía que todo el pueblo se extendía ahí al alcance de su mano, y cuando sus habitantes pasaban por la puerta y lo saludaban, el tácito acatamiento de los hombres hacia la fuerza, pa&amp;shy;recía confirmarse en cada inclinación de cabeza o de respetuosa llevada de la mano hacia el borde de la gorra o el ala del sombrero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces él, con su traje negro y sus botas altas y el winchester inseparable sujeto en una mano a lo largo de su cuerpo, contestaba apenas con el esbozo de un gesto cuya órbita como una tardía y desproporcional imitación de la otra ór&amp;shy;bita, la que ya había bajado del borde de la go&amp;shy;rra o del ala del sombrero, mientras la de él &amp;shy;la feroz temida e indolente órbita- apenas se separaba un poco de ese cuerpo, en un absurdo desplazar de unos centímetros o la insinuación de unos centímetros, de esa mano, que de tan veloz había adquirido el derecho a exhibir el privilegio de su quietud.&lt;br /&gt;Un día, un vecino de la zona -uno de los pobladores de esos campos abiertos que recién se alambrarían una o dos y hasta tres generacio&amp;shy;nes más tarde por sus hijos, nietos o biznietos, los que manejarían automóviles y mirarían los vellones con ojos expertos y hablarían de rindes y de aforos en la oficina de Elviro y Salmerón Fernández -llegó a la comisaría a denunciar el robo de unos capones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un hombre simple, que habló con senci&amp;shy;llez, sin dar mucha importancia a sus palabras que acompañaban a su gesto sobre el mapa en la pared señalando la vasta y probable zona del robo, y al darse vuelta para continuar, la oficina ya estaba vacía, y a los pocos minutos el comi&amp;shy;sario montado en el cebruno que había sido de su padre y llevando su propio caballo de pil&amp;shy;chero, avanzaba por la calle principal, ante los mismos ojos y por la misma calle, por donde volvería cinco días más tarde con un hombre muerto cruzado sobre la cangalla del pilchero y otro hombre exhausto y tambaleante caminando unos metros más adelante, cubierto por el win&amp;shy;chester implacable e indiferente apenas apoya&amp;shy;do sobre la cruz de su caballo, que seguía escar&amp;shy;ceando a pesar del cansancio, salpicando a veces con gotas de espuma blanca la cabeza y la espal&amp;shy;da del prisionero, y cuando éste se desplomó, ni el caballo ni el jinete se inmutaron siguiendo la marcha ante las miradas de los habitantes del pueblo, que recién ahora pudieron ver que lo que unía al hombre caído con el hombre mon&amp;shy;tado, no era sólo la tácita amenaza del arma que lo cubría, sino el fino trenzado y ahora tenso lazo que de la cincha del cebruno tironeó cruen&amp;shy;to el cuello del hombre arrastrándolo un poco hasta que consiguió pararse, para seguir cami&amp;shy;nando, primero a la par y después algo más ade&amp;shy;lante, como previendo o agregando una escasa garantía de tiempo y de distancia, para amen&amp;shy;guar el próximo tirón del lazo en su próxima caída sobre la calle.&lt;br /&gt;Todos lo miraron ese día -los pobladores, los hombres cuyas majadas pastoreaban las pampas, los cañadones, las sierras y que avanzaban sobre la tierra conquistada a la soledad, a la lejanía, al mismo país repantigado contra ese puerto in&amp;shy;diferente, los peones, los que vendían sus movi&amp;shy;mientos, su experiencia, su tiempo a otros hom&amp;shy;bres dueños de otros movimientos, otras expe&amp;shy;riencias y otro tiempo, los comerciantes, los due&amp;shy;ños del trueque y del esfuerzo, que trasforma&amp;shy;ban el esfuerzo de otros en algo en tránsito hacia otros esfuerzos, las mujeres, hechas de formas, de miradas propias y ajenas, de pasado, de futuro, los chicos, todavía sin caras en donde depositar sus sentimientos- todos lo miraban al hombre que avanzaba entre la muerte que llevaba cru&amp;shy;zada en el pilchero y la vida que marchaba a tropezones, sobre el dolor de los pies llagados y sobre el cansancio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó a la comisaría lo vieron desmon&amp;shy;tar y soltar las sogas que sujetaban al hombre muerto y cuando éste cayó, los vecinos del pue&amp;shy;blo supieron que ese cadáver que se extendía a lo ancho de la calle era parte de un precio que el comisario imponía con su persona, y con ese algo que flotaba en el ambiente incluso aho&amp;shy;ra que él ya no estaba, pero que quedaba ahí, como parte de una parte de ellos mismos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces rodearon el cadáver y lo dieron vuel&amp;shy;ta y alguien dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es de aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el que había hecho la denuncia dijo des&amp;shy;pués:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo no pensé... si hubiera sabido... yo no creía que lo iba a matar -y miró esa cara inerte y desconocida donde la muerte se había asenta&amp;shy;do antes que la tierra y el polvo que cubrían aquello que muy pronto sería polvo bajo la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Enterraron el cuerpo ellos mismos y ahí jun&amp;shy;to a la tumba recién tapada dijeron:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No puede ser, unos cuantos capones, no valen la vida de un hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sé... pero alguien así nos hacía falta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí pero...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No pero...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y las ideas surgían en forma de frases, que apenas representaban una parte de la persona que las decía, porque la tentación del orden lu&amp;shy;chaba con el miedo de ser responsables de ese orden desatado, como si intuyeran ese mundo del futuro, el de los hombres saliendo de las trincheras de sus istmos y conociendo el miedo de carecer de miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hay que hacer algo -dijo alguien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche en el piso del calabozo el preso dor&amp;shy;mitaba. El primer chistido entró dentro de su sueño sin perturbarlo y cuando abrió los ojos ya el segundo chistido había disipado el sueño y permaneció por un instante como único pensa&amp;shy;miento en sus pensamientos recién despiertos.&lt;br /&gt;Por la ventana enrejada de la puerta vio la cara del chico, y en seguida su mano indicando silencio sobre la boca, luego la cabeza desapare&amp;shy;ció y el sonido del pasador de fierro al ser co&amp;shy;rrido muy lentamente fue lo único que se oía entre las paredes del calabozo. Después el chico cuya cabeza recién había visto apareció en el hueco de la puerta que se abría. De un salto es&amp;shy;tuvo junto a él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quién te manda? -le susurró y esperó per&amp;shy;plejo la respuesta de la cara también perpleja sin respuesta y que preguntaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿A mí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí a vos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y el comisario?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Está dormido, yo vivo al lado y lo vi por la ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Quién te manda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nadie yo vivo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero la frase quedó trunca, porque el puño del comisario surgió del silencio tras sus espal&amp;shy;das y golpeó al hombre en el costado de la ca&amp;shy;beza. Después cerró la puerta, y el chico dejó de ver el cuerpo del hombre nuevamente exten&amp;shy;dido en el piso del calabozo y su mirada bajo el pelo desordenado se mantuvo hacia abajo, mien&amp;shy;tras sentía sobre su hombro el peso de la mano que lo sujetaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Quién te manda -volvió a oír el chico por tercera vez y volvió a contestar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cuántos años tenés?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Once.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora la mano que sentía sobre el hombro no sólo lo sujetaba sino que lo empujó hacia adelante por un pasillo para luego pasar a un cuarto en donde oyó el sonido de la puerta que se cerraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sacate la camisa -fue lo próximo que oyó, y cuando el arreador empezó a bajar sobre la espalda desnuda, el chico ya había cerrado los ojos y apretado los dientes, y cuando el cuero tocó la espalda, el dolor pareció estallar bajo la piel y extenderse hacia arriba como un fuego que se detuvo recién en el borde de la nuca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego el dolor empezó a descender hacia la marca horizontal sobre la espalda, pero casi en seguida el segundo golpe arrasó al primer dolor de su trayecto, para instalarse sobre el cuerpo tembloroso apenas sostenido por las piernas que temblaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tercer golpe que se inició, cuando el arrea&amp;shy;dor se separó de la piel retrocediendo en su ne&amp;shy;cesidad de espacio como buscando en la distan&amp;shy;cia y en la altura la distancia y la altura nece&amp;shy;sarias para aumentar el peso de esa violencia que ahora bajaba acortando la distancia, la altu&amp;shy;ra y el espacio, hasta detenerse en el chasquido sobre el chico que después caería boca abajo so&amp;shy;bre el suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quién te mandó?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El arreador se levantó nuevamente, pero sólo a la altura de la mesa donde quedó tirado y quieto como algo ya inútil y superado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Entonces por qué trataste de soltado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después hablaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Podés irte -le dijo más tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche la mirada del chico en la cocina de su casa, recorrió los objetos que la luz del farol recortaba sobre la pared, después volvió al pla&amp;shy;to, donde la sopa se enfriaba con la cuchara indolente sumergida en la superficie apenas al&amp;shy;terada por los fideos que mantenían algo del movimiento que el chico les había provocado, mientras su madre -la mujer cuya escasa cin&amp;shy;tura apretada por las tiras del delantal se que&amp;shy;braba con gracia en ese momento sobre la mesa con el cucharón desbordante en la mano- le decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No terminaste, ¿qué te pasa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada -dijo el chico pero su madre se había acercado con la preocupación solícita que hacía años desplegaba sobre él, desde el día mis&amp;shy;mo en que el médico del pueblo le había dicho “Es un varón, Luisa” con el mismo tono con que un mes antes le había dicho “Tu marido ha muerto, Luisa” a ella, que ahora once años más tarde retiraba la mano horrorizada de la es&amp;shy;palda de su hijo y decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La espalda... la... tenés la camisa empapada de sangre.   &lt;br /&gt;     &lt;br /&gt;Mientras lo curaba lloró de indignación y re&amp;shy;petía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tenés que decirme quién fue, tenés que decirme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la cabeza del chico, con sus movimientos de derecha a izquierda sobre esos hombros en don&amp;shy;de el extremo de una de las cicatrices avanzaba oblicua hacia la nuca, mientras las manos, las solícitas preocupadas e indignadas manos de su madre, revoloteaban sobre la espalda dolorida como pájaros alborotados ante un nido recién destruido, pero que al día siguiente, se manten&amp;shy;drían sobre sus muslos ordenados sentada frente al comisario mientras decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ... no me quiere decir quién le pegó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el chico junto a su madre con la mirada hacia abajo sin animarse a levantar los ojos y escuchando las palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo se llama su hijo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lucas como el padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el comisario, el hombre que ella había vis&amp;shy;to pasar por la calle principal como un heraldo del dolor, de la muerte, del miedo, el hombre que habría pronunciado desde su llegada al pue&amp;shy;blo un número de palabras casi menor que las balas disparadas por el cañón de su winchester, el hombre cuya mirada ella había rehuido el primer día como evitando la profanación de ese futuro que su pasado ya había estipulado, el hombre cuyo nombre todos ignoraban, se había parado frente a su hijo y le decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo me llamo Demetrio también como mi padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*  *  *&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando ese día salieron de la comisaría Lui&amp;shy;sa miró a Lucas que caminaba a su lado como abstraído. Le pareció que sonreía, entonces pen&amp;shy;só en lo que tenía que decir y después lo dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lucas -tuvo que repetir su nombre dos ve&amp;shy;ces más y recién él le contestó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lucas, esos hombres así como el comisario. .. son como distintos a uno.. son...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Son distintos. Son distintos a Don Eloy y a Francisco y a tu tío Oscar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo que te quiero decir es que no me gustaría que vos fueras así cuando seas grande. “Qué estoy diciendo”, tal vez pensó, “no me puede en&amp;shy;tender si yo misma no me entiendo, pero pro&amp;shy;siguió”: Los hombres así no tienen casa, viven en peligro, no pueden ser felices.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Don Eloy es feliz? -preguntó Lucas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí... a su modo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tiene todo lo que quiere tener.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y él?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿El comisario?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A la gente así no le gusta tener cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tiene un winchester.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Qué hay que tenga un winchester, mucha gente tiene un winchester, tu tío Oscar tiene uno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es distinto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-SÍ es distinto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siguieron caminando y después Luisa prosiguió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Me vas a decir quién te pegó?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No -dijo Lucas y los dos estaban ahora dentro de la casa, en el espacio familiar tal vez querido o tal vez no, limitado por las paredes vacías que lo, separaban del otro gran espacio, el enorme e ilimitado espacio de los cielos infinitos y de la tierra.            &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después se callaron, y Luisa pensó que más tarde iba a llorar, cuando estuviese sola acosta&amp;shy;da en esa cama en donde la respiración de ella y su marido se había aquietado doce años antes, luego de la momentánea agitación que la especie empeñada en subsistir imponía a sus miembros, y que estos cumplían, con esa serie de movi&amp;shy;mientos, de abrazos, de posiciones, como dos seres luchando en el borde mismo de los siglos y cuya consecuencia, ahora, el heredero y poseedor de ese símbolo de lucha, se encontraba ahí, frente a ella erguido en su rebeldía como el creyente enfrentando por primera vez la imagen de su Creador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*  *  *&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegaron de distintos lados y en distintos días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Venían de la distancia en caballos mestizos con aperos de plata y buenas armas. Surgieron ahí, después de alguna noche, o al caer de alguna tarde, o en una de esas madrugadas frías en que el pueblo entumecido demoraba su despertar, mientras las sombras débiles de las cosas se ex&amp;shy;tendían hacia el oeste sobre el sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primero que llegó, era un hombre aindia&amp;shy;do serio y enjuto casi del mismo color que el lobuno que montaba, y que dejó atado frente a la comisaría, después de bolear la pierna sobre su anca quebrando esa unidad caballo-hombre como si se hubiese separado en dos partes un juguete muy manoseado quedando una de las partes abandonada sobre el polvo mientras la otra entraba en la comisaría seguida por el tin&amp;shy;tineo de las espuelas grandes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El segundo viajaba con tropilla, y surgió un día entre la niebla sobre la escarcha y a la vista del pueblo que lo miraba. Acampó en las afue&amp;shy;ras, y ya esa tarde dejó tendido un lazo entre dos molles para que la tropilla formase tras la orden de esa voz, tan suave como los movimien&amp;shy;tos que lo llevarían esa noche a la comisaría, no por la calle principal sino por detrás de las ca&amp;shy;sas, como buscando el amparo de una sombra a una hora en que todo el pueblo era una som&amp;shy;bra, sobre la sombra del desierto oscurecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después llegó otro. Vino al galope como pre&amp;shy;ocupado por una tardanza, y dejó caer las rien&amp;shy;das y el cabresto que tocaron el suelo casi al mismo tiempo que la suela de sus botas, y en&amp;shy;tró en la comisaría con un Remignton recortado en la mano izquierda, mientras el caballo se mantenía inmóvil como dependiente de una au&amp;shy;toridad no dependiente de las riendas y el ca&amp;shy;bresto que colgaban hacia abajo, sino de ese hombre, que junto con los otros hombres, oirían del comisario las palabras:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Los mandé llamar por... y tal vez dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ... porque el pueblo ya es mío y necesito gente para los puestos claves; acá hay mucha plata va a alcanzar para todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O tal vez no dijo en absoluto esas palabras, en cambio puede ser que dijera:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ... porque yo soy el comisario y no quiero ver a ninguno de ustedes en el pueblo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero cualquiera que hayan sido sus palabras, las primeras las lógicas y esperadas palabras que su padre le había dejado como herencia junto con el pueblo de Leona Muerta, o las segundas, las lógicas y esperadas palabras que su padre le había dejado de herencia junto con el pueblo de Leona Muerta, fueron oídas por Lucas -el que sería heredero del gesto del hombre que sin saberlo también había heredado un gesto- a través de la puerta entreabierta que daba sobre el pasillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal vez uno de los hombres vio a Lucas y tra&amp;shy;tó de eliminar al testigo de sus proyectos sin saber que el comisario lo iba a defender. Tal vez ninguno vio a Lucas y simplemente contesta&amp;shy;ron con sus armas las palabras del comisario. Pero lo cierto es que un instante después, el cuarto pareció demasiado chico para el estruen&amp;shy;do de los balazos, y entonces fue el sonido, y el humo de los disparos, y los gritos de dolor y los de la furia desbordando las paredes cuyos revoques destrozados por el plomo de las balas caían sobre las vidas sobre las muertes, sobre la sangre que ya empapaba las ropas, sobre el cuchillo que uno de los hombres manoteaba in&amp;shy;fructuosamente tratando de arrancarlo del bor&amp;shy;boteo de su garganta, sobre los ojos de alguno vueltos hacia arriba ya ausentes ya invulnerables, sobre una respiración que apenas continuaba, sobre alguna mano dócil junto a un arma quie&amp;shy;ta, mientras la otra mano encrespada parecía la furia de una protesta inmovilizada junto a una herida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre el tumulto de los cuerpos extendidos ahora era la quietud, que pareció descender ha&amp;shy;cia el suelo que acogía indiferente el retorno, el fin de la lucha, de la rebeldía, de la erguida verticalidad del hombre atado a su sombra ho&amp;shy;rizontal sobre la tierra, y hasta el ronquido del comisario bajó lentamente hacia la boca que lo producía, quedando un rato demorado sobre la saliva blanca de los labios para luego entrar en ese pecho donde los latidos recién entonces se acallaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora y acá, a más de cincuenta años de ese chico, hincado, lloroso y asustado, mirando el cuerpo de un hombre entre los cuerpos, nos&amp;shy;otros los que miramos, los que somos mirados.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-5214743924741352618?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/5214743924741352618/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=5214743924741352618' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/5214743924741352618'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/5214743924741352618'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/06/cuarenta-y-cuatro-cuarenta-dalmiro.html' title='&quot;Cuarenta y cuatro cuarenta&quot; (Dalmiro Sáenz)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-6129215733558866416</id><published>2009-06-13T17:16:00.002-03:00</published><updated>2009-06-13T17:21:32.247-03:00</updated><title type='text'>"La Casa de Asterión" (Jorge Luis Borges)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.Apolodoro, Biblioteca, III,I&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;p&gt;&lt;em&gt;&lt;/p&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.&lt;br /&gt;Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: &lt;em&gt;Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca.&lt;/em&gt; A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos&lt;em&gt;.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol;. abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto.&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-6129215733558866416?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/6129215733558866416/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=6129215733558866416' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/6129215733558866416'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/6129215733558866416'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/06/la-casa-de-asterion-jorge-luis-borges.html' title='&quot;La Casa de Asterión&quot; (Jorge Luis Borges)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-7845459860165123768</id><published>2009-05-18T22:05:00.001-03:00</published><updated>2009-05-18T22:07:25.888-03:00</updated><title type='text'>"Corazonada" (Mario Benedetti)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:arial;"&gt;Apreté dos veces el timbre y en seguida supe que me iba a quedar. Heredé de mi padre, que en paz descanse, estas corazonadas. La puerta tenía un gran barrote de bronce y pensé que iba a ser bravo sacarle lustre. Después abrieron y me atendió la ex, la que se iba. Tenía cara de caballo y cofia y delantal. "Vengo por el aviso", dije. "Ya lo sé", gruñó ella y me dejó en el zaguán, mirando las baldosas. Estudié las paredes y los zócalos, la araña de ocho bombitas y una especie de cancel. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;br /&gt;Después vino la señora, impresionante. Sonrió como una Virgen, pero sólo como. "Buenos días." "¿Su nombre?" "Celia." "¿Celia qué?" "Celia Ramos." Me barrió de una mirada. La pipeta. "¿Referencias?" Dije tartamudeando la primera estrofa: "Familia Suárez, Maldonado 1346, teléfono 90948. Familia Borrello, Gabriel Pereira 3252, teléfono 413723. Escribano Perrone, Larraíaga 3362, sin teléfono." Ningún gesto. "¿Motivos del cese?" Segunda estrofa, más tranquila: "En el primer caso, mala comida. En el segundo, el hijo mayor. En el tercero, trabajo de mula." "Aquí", dijo ella, "hay bastante que hacer". "Me lo imagino." " Pero hay otra muchacha, y además mi hija y yo ayudamos. " "Sí, señora." Me estudió de nuevo. Por primera vez me di cuenta que de tanto en tanto parpadeo. "¿Edad?" "Diecinueve." "¿Tenés novio?" "Tenía." Subió las cejas. Aclaré por las dudas: "Un atrevido. Nos peleamos por eso." La Vieja sonrió sin entregarse. "Así me gusta. Quiero mucho juicio. Tengo un hijo mozo, así que nada de sonrisitas ni de mover el trasero." Mucho juicio, mi especialidad. Sí, señora. "En casa y fuera de casa. No tolero porquerías. Y nada de hijos naturales, ¿estamos?" "Sí, señora." ¡Ula Marula! Después de los tres primeros días me resigné a soportarla. Con todo, bastaba una miradita de sus ojos saltones para que se me pusieran los nervios de punta. Es que la vieja parecía verle a una hasta el hígado. No así la hija, Estercita, veinticuatro años, una pituca de ocai y rumi que me trataba como a otro mueble y estaba muy poco en la casa. Y menos todavía el patrón, don Celso, un bagre con lentes, más callado que el cine mudo, con cara de malandra y ropas de Yriart, a quien alguna vez encontré mirándome los senos por encima de Acción. En cambio el joven Tito, de veinte, no precisaba la excusa del diario para investigarme como cosa suya. Juro que obedecí a la Señora en eso de no mover el trasero con malas intenciones. Reconozco que el mío ha andado un poco dislocado, pero la verdad es que se mueve de moto propia. Me han dicho que en Buenos Aires hay un doctor japonés que arregla eso, pero mientras tanto no es posible sofocar mi naturaleza. O sea que el muchacho se impresionó. Primero se le iban los ojos, después me atropellaba en el corredor del fondo. De modo que por obediencia a la Señora, y también, no voy a negarlo, pormigo misma, lo tuve que frenar unas diecisiete veces, pero cuidándome de no parecer demasiado asquerosa. Yo me entiendo. En cuanto al trabajo, la gran siete. "Hay otra muchacha" había dicho la Vieja. Es decir, había. A mediados de mes ya estaba solita para todo rubro. "Yo y mi hija ayudamos", había agregado. A ensuciar los platos, cómo no. A quién va a ayudar la vieja, vamos, con esa bruta panza de tres papadas y esa metida con los episodios. Que a mí me gustase Isolina o la Burgueño, vaya y pase y ni así, pero que a ella, que se las tira de avispada y lee Selecciones y Lifenespañol, no me lo explico ni me lo explicaré. A quién va a ayudar la niña Estercita, que se pasa reventándose los granos, jugando al tenis en Carrasco y desparramando fichas en el Parque Hotel. Yo salgo a mi padre en las corazonadas, de modo que cuando el tres de junio (fue San Cono bendito) cayó en mis manos esa foto en que Estercita se está bañando en cueros con el menor de los Gómez Taibo en no sé qué arroyo ni a mí qué me importa, en seguida la guardé porque nunca se sabe. ¡A quién van ayudar! Todo el trabajo para mí y aguantate piola. ¿Qué tiene entonces de raro que cuando Tito (el joven Tito, bah) se puso de ojos vidriosos y cada día más ligero de manos, yo le haya aplicado el sosegate y que habláramos claro? Le dije con todas las letras que yo con ésas no iba, que el único tesoro que tenemos los pobres es la honradez y basta. Él se rió muy canchero y había empezado a decirme: "Ya verás, putita", cuando apareció la señora y nos miró como a cadáveres. El idiota bajó los ojos y mutis por el foro. La Vieja puso entonces cara de al fin solos y me encajó bruta trompada en la oreja, en tanto que me trataba de comunista y de ramera. Yo le dije: "Usted a mí no me pega, ¿sabe?" y allí nomás demostró lo contrario. Peor para ella. Fue ese segundo golpe el que cambió mi vida. Me callé la boca pero se la guardé. A la noche le dije que a fin de mes me iba. Estábamos a veintitrés y yo precisaba como el pan esos siete días. Sabía que don Celso tenía guardado un papel gris en el cajón del medio de su escritorio. Yo lo había leído, porque nunca se sabe. El veintiocho a las dos de la tarde, sólo quedamos en la casa la niña Estercita y yo. Ella se fue a sestear y yo a buscar el papel gris. Era una carta de un tal Urquiza en la que le decía a mi patrón frases como ésta: "Xx xxx x xx xxxx xxx xx xxxxx".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La guardé en el mismo sobre que la foto y el treinta me fui a una pensión decente y barata de la calle Washington. A nadie le di mis señas, pero a un amigo de Tito no pude negárselas. La espera duró tres días. Tito apareció una noche y yo lo recibí delante de doña Cata, que desde hace unos años dirige la pensión. Él se disculpó, trajo bombones y pidió autorización para volver. No se la di. En lo que estuve bien porque desde entonces no faltó una noche. Fuimos a menudo al cine y hasta me quiso arrastrar al Parque, pero yo le apliqué el tratamiento del pudor. Una tarde quiso averiguar directamente qué era lo que yo pretendía. Allí tuve una corazonada: "No pretendo nada, porque lo que yo querría no puedo pretenderlo".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como ésta era la primera cosa amable que oía de mis labios se conmovió bastante, lo suficiente para meter la pata. "¿Por qué?", dijo a gritos, "si ése es el motivo, te prometo que..." Entonces como si él hubiera dicho lo que no dijo, le pregunté: "Vos sí... pero, ¿y tu familia?" "Mi familia soy yo", dijo el pobrecito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de esa compadrada siguió viniendo y con él llegaban flores, caramelos, revistas. Pero yo no cambié. Y él lo sabía. Una tarde entró tan pálido que hasta doña Cata hizo un comentario. No era para menos. Se lo había dicho al padre. Don Celso había contestado: "Lo que faltaba." Pero después se ablandó. Un tipo pierna. Estercita se rió como dos años, pero a mí qué me importa. En cambio la Vieja se puso verde. A Tito lo trató de idiota, a don Celso de cero a la izquierda, a Estercita de inmoral y tarada. Después dijo que nunca, nunca, nunca. Estuvo como tres horas diciendo nunca. "Está como loca", dijo el Tito, "no sé qué hacer". Pero yo sí sabía. Los sábados la Vieja está siempre sola, porque don Celso se va a Punta del Este, Estercita juega al tenis y Tito sale con su barrita de La Vascongada. O sea que a las siete me fui a un monedero y llamé al nueve siete cero tres ocho. "Hola", dijo ella. La misma voz gangosa, impresionante. Estaría con su salto de cama verde, la cara embadurnada, la toalla como turbante en la cabeza. "Habla Celia", y antes de que colgara: "No corte, señora, le interesa." Del otro lado no dijeron ni mu. Pero escuchaban. Entonces le pregunté si estaba enterada de una carta de papel gris que don Celso guardaba en su escritorio. Silencio. "Bueno, la tengo yo." Después le pregunté si conocía una foto en que la niña Estercita aparecía bañándose con el menor de los Gómez Taibo. Un minuto de silencio. "Bueno, también la tengo yo." Esperé por las dudas, pero nada. Entonces dije: "Piénselo, señora" y corté. Fui yo la que corté, no ella. Se habrá quedado mascando su bronca con la cara embadurnada y la toalla en la cabeza. Bien hecho. A la semana llegó el Tito radiante, y desde la puerta gritó: "¡La vieja afloja! ¡La vieja afloja!" Claro que afloja. Estuve por dar los hurras, pero con la emoción dejé que me besara. "No se opone pero exige que no vengas a casa." ¿Exige? ¡Las cosas que hay que oír! Bueno, el veinticinco nos casamos (hoy hace dos meses), sin cura pero con juez, en la mayor intimidad. Don Celso aportó un chequecito de mil y Estercita me mandó un telegrama que -está mal que lo diga- me hizo pensar a fondo: "No creas que salís ganando. Abrazos, Ester."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En realidad, todo esto me vino a la memoria, porque ayer me encontré en la tienda con la Vieja. Estuvimos codo con codo, revolviendo saldos. De pronto me miró de refilón desde abajo del velo. Yo me hice cargo. Tenía dos caminos: o ignorarme o ponerme en vereda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que prefirió el segundo y para humillarme me trató de usted. "¿Qué tal, cómo le va?" Entonces tuve una corazonada y agarrándome fuerte del paraguas de nailon, le contesté tranquila: "Yo bien, ¿y usted, mamá?"&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-7845459860165123768?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/7845459860165123768/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=7845459860165123768' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/7845459860165123768'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/7845459860165123768'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/05/corazonada-mario-benedetti.html' title='&quot;Corazonada&quot; (Mario Benedetti)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-8608103907470146836</id><published>2009-04-01T18:46:00.002-03:00</published><updated>2009-04-01T19:06:05.861-03:00</updated><title type='text'>"Wash Jones" (William Faulkner)</title><content type='html'>Sutpen se quedó de pie junto al jergón de paja donde estaban tendidas la madre y el bebé. Por entre las alabeadas tablas de la pared caía el temprano sol mañanero en largas pinceladas, listando sus piernas abiertas y la fusta de cabalgar que llevaba en la mano, y cruzando la silueta inmóvil de la madre, que lo miraba con sus quietos, inescrutables y tristes ojos. A su costado yacía el hijo envuelto en un retazo de tela deshilachada pero limpia. Atrás de ellos, una vieja negra estaba sentada en cuclillas junto a la tosca chimenea donde se consumía una exigua fogata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, Milly -dijo Sutpen-. Lástima que no seas una yegua. Entonces podría darte un pesebre decente en el establo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La del jergón no se movió. Siguió, sencillamente, mirándolo sin expresión, con su cara joven, triste, inescrutable y pálida todavía por el trance reciente. Sutpen se movió, descubriendo bajo las pinceladas astilladas de sol el rostro de un hombre de sesenta años. Dijo con voz queda a la negra sentada en cuclillas:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Grisel parió esta mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Potro o potranca? -preguntó la negra..&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Un caballo. Un potro de lo más fino... ¿Qué es esto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, al hablar, señaló con la mano que empuñaba la fusta el jergón de paja..&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yegua, se me hace..&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí -insistió Sutpen-. Un potro de lo más fino. Va a ser el retrato mismo del viejo Rob Roy que monté cuando me fui para el Norte en el año 1861. ¿Recuerdas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, amo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Escucha -le dijo, echando otra mirada al jergón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie podía decir si la madre seguía mirándolos o no. Él señaló con la fusta otra vez hacia la cama.&lt;br /&gt;-Usa cuanto tenemos a mano para atender cualquier necesidad de los dos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salió, cruzando la puerta desvencijada y metiéndose por el espeso yuyal (contra el rincón del pórtico seguía todavía apoyada y poniéndose roñosa la guadaña que prestara a Wash hacía tres meses, para cortarlo), donde esperaba su caballo, que Wash sujetaba por las riendas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el coronel Sutpen se fue a pelear contra los norteños, Wash no lo acompañó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estoy atendiendo la hacienda y los negros del Coronel -decía a quien se lo preguntara y a algunos que no se lo preguntaban. Era un hombre flaco, castigado por el paludismo, de ojos interrogantes y descoloridos, que aparentaba treinta y cinco años, aunque todo el mundo sabía que no sólo tenía una hija sino también una nieta de ocho años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquello era mentira, como sabían muy bien la mayor parte de las personas a quienes se lo decía... los escasos hombres que quedaban, entre los dieciocho y los cincuenta años de edad. También había algunos que creían que él mismo se lo creía, aunque veían que había tenido el seso suficiente para no poner su dicho a prueba con la señora Sutpen ni con los esclavos de Sutpen. Según murmuraban las malas lenguas, éstos estaban bien enterados, sólo que, acaso, eran demasiado indolentes y apáticos para hacer averiguaciones; ellos sabían que la única relación de Wash con la hacienda de Sutpen era que, durante muchos años, el Coronel le había permitido usar la choza desvencijada que Sutpen construyera en sus tiempos de soltero para cabaña de pesca en un pantano del río que cruzaba la hacienda y que, desde entonces, se había ido deteriorando por falta de uso, y ahora parecía una fiera o vieja que se hubiera arrastrado, derregándose hasta allá, para llenar de agua sus fauces mientras moría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los esclavos de Sutpen se habían enterado de lo que andaba diciendo, los hizo reír. No era la primera vez que se reían de él y que a sus espaldas lo llamaban basura blanca... Pero ya se iban atreviendo a preguntarle, cuando iban en grupo y se lo encontraban en la solitaria vereda que llevaba al pantano y al antiguo pescadero:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué no estás en la guerra, hombre blanco?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él se detenía, miraba el coro de caras negras y blancos ojos y dientes, tras los cuales se adivinaba la burla, y decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Porque tengo una hija y una familia a quien cuidar. ¡Fuera de mi camino, negros!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Negros? -repetían ellos-. ¿Negros? -volvían a decir, riéndose ya descaradamente-. ¿Quién es él para llamarnos negros?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, yo no tengo negros para que cuiden a los míos si me voy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ni otra cosa que esa cabaña donde el Coronel no nos deja vivir a nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él entonces los injuriaba; a veces los perseguía con algún palo que agarraba del suelo poniéndolos en fuga, pero sin lograr que no volvieran a rodearlo de nuevo con aquellas risotadas negras, burlonas, huidizas, inevitables, que lo dejaban jadeante, impotente y furioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cierta vez, ocurrió en el mismo patio trasero de la casona. Fue después de haberse recibido noticias desastrosas de las monatñas de Tenesí y de Vicksburg, cuando Sherman atravesó la plantación y la mayor parte de los negros lo siguieron. Casi todos los demás, se lo llevaron también las tropas federales, y la señora Sutpen mandó decir a Wash que podía comerse los racimos de uva chinche que maduraban en la parra del patio trasero. Ahora se trataba de una sirvienta de la casa, una de las pocas negras que se quedaron. Tuvo que huir por la escalera que subía a la cocina, pero desde ahí ella se dio vuelta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Quieto ahí, hombre blanco. No dé un paso más. Nunca ha entrado hasta acá cuando estaba el Coronel, y ahora no lo va a hacer tampoco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y era verdad. Pero por su propio orgullo: jamás lo había intentado; aunque estaba convencido de que si lo hubiese hecho, Sutpen se lo habría permitido y lo habría recibido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Pero no voy a consentir que una negra inmunda me diga que no puedo pasar donde me da la gana”, pensó. “Ni voy a dar siquiera al Coronel ocasión para tener que maldecir a una negra por algo que yo haga”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y eso, a pesar de que él y Sutpen habían pasado más de una tarde juntos, los escasos domingos en que no había gente en la casa. Acaso, en el fondo de su mente, sabía que aquello se debía a que Sutpen no tenía otra cosa que hacer, porque era un hombre que aguantaba siquiera su propia compañía. Sin embargo, seguía en pie el hecho de que los dos se pasaban tardes enteras bajo la parra, Sutpen acostado en la hamaca y Wash en cuclillas contra un poste. Entre ellos había un balde de agua y empinaban la misma damajuana para echarse un trago tras otro. Y, en los días de semana, contemplaba Wash la figura de aquel hombre montado sobre un arrogante potro negro, galopando por la hacienda. Los dos eran de la misma edad, casi exactamente, aunque ninguno de ellos lo creyó nunca, quizás porque Wash tenía un nieto y el hijo de Sutpen era un joven que seguía yendo a la escuela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando contemplaba aquella escena del galope, se le sosegaba el corazón y se sentía orgulloso. Acaso se le antojaba que aquel mundo de los negros, quienes, según la Biblia, habían sido creados y maldecidos por Dios para ser como bestias y esclavos al servicio de todos los hombres de piel blanca, y que vivían mejor y tenían mejor casa y hasta mejor ropa que él y los suyos; aquel mundo en el que siempre escuchaba el eco de las carcajadas negras burlándose de él, no era más que un sueño y una ilusión, y que el verdadero mundo era éste a través del cual su apoteosis solitaria parecía galopar a lomos de aquel potro pura raza, pensando cómo el Libro decía también que todos los hombres estaban creados a imagen de Dios y, por lo tanto, todos llevaban la misma imagen, a los ojos de Dios por lo menos; de tal manera que podía decir, como si hablara consigo mismo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Qué hombre tan arrogante y tan bien plantado. Si el mismo Dios bajase la tierra y cabalgase sobre ella, así es como sería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sutpen regresó en 1865, montando el caballo negro. Parecía haber envejecido diez años. Su hijo había perecido en el frente el mismo invierno en que falleciera su esposa. Regresó (después de haber recibido de manos del General Lee un diploma en que se acreditaba su valor) a la arruinada hacienda, donde su hija llevaba ya un año viviendo casi a expensas de la menguada generosidad del hombre a quien quince años antes, diera permiso para habitar la miserable choza del pescadero, de la que ni siquiera se acordaba ya. Allí estaba Wash esperando, con el mismo aspecto de siempre; enjuto todavía, sin que los años pasaran por él, con su mirada descolorida e interrogante, con su aire desconfiado, entre servil y familiar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, Coronel -lo saludó Wash-. Nos mataron pero no nos derrotaron todavía ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A eso, más o menos, se redujeron sus conversaciones durante los cinco años siguientes. El whisky que bebían ahora del mismo jarro de barro era de inferior calidad, y ya no se reunían bajo la parra. Ahora era en los fondos del tenducho que consiguió instalar Sutpen al costado de la carretera: una despensa cuadrada, con anaqueles, donde vendía, ayudado por Wash (que le servía de mozo y empleado), petróleo, productos alimenticios corrientes, golosinas rancias de colores y abalorios baratos y cintas a los negros o los blancos pobres como el mismo Wash, quienes llegaban a pie o en mulas escuálidas y regateaban hasta el aburrimiento unas cuantas monedas de diez o de veinticinco centavos con el hombre a quien vieran en otros tiempos galopar (el caballo negro vivía todavía; la caballeriza que ocupaba su celosa cría estaba en mejores condiciones que la casa en que habitaba su mismo amo) más de dieciséis kilómetros sin salir de sus fértiles terrenos, y que había tenido a sus órdenes tropas valerosas en la guerra; hasta que Sutpen, furioso, mandaba salir a todo el mundo del tenducho, cerraba las puertas y las atrancaba por dentro. Entonces se metían los dos en la parte de atrás y empezaban a beber. Pero ya la conversación no era tranquila, como cuando Sutpen se tumbaba en la hamaca, pronunciando un monólogo ampuloso, mientras Wash se mataba de risa sentado en cuclillas contra su poste. Ahora también se sentaban los dos, pero Sutpen ocupaba la única silla mientras Wash echaba mano de cualquier cajón o cacharro, y eso por poco tiempo; porque enseguida empezaba Sutpen a subirse por las paredes en un ataque de furia, impotente, levantándose como un desaforado y volviéndose a sentar, para declarar una vez más que iba a agarrar su pistola y a ensillar su caballo negro y y a salir galopando hasta Washington y matar a Lincoln, que ya entonces estaba muerto, y a Sherman quien entonces era un civil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Voy a matarlos -vociferaba-. ¡Voy a acribillarlos a tiros, como a perros, que es lo que son...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, Coronel; sí, Coronel -decía entonces Wash, sujetándolo antes de que se cayera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después mandaba a parar la primera diligencia que pasara, y si no había ninguna, caminaba mil seiscientos metros hasta la casa más cercana y pedía prestado un carruaje con el que regresaba y se llevaba a Sutpen. Ahora ya entraba en la casa. Lo había venido haciendo desde mucho antes llevándose a Sutpen en el primer carruaje que pudiera conseguir prestado animándolo a que se moviera con murmullos halagadores, como si fuera un caballo o un potro. La hija salía a su encuentro y les abría la puerta sin decir palabra. Cargaba él entonces con su fardo a través de la entrada que en otros tiempos estaba reservada a muy pocos, antes blanca y todavía rematada por un abanico de cristales importados pieza por pieza de Europa, aunque faltaba uno de ellos y se había tapado su hueco con una tabla clavada. Luego seguía adentro, pasando la alfombra de terciopelo, sin peto ninguno ya, y subía la suntuosa escalinata que ahora no era más que un espectro desvencijado y descolorido de tarimas desnudas entre dos franjas de pintura desvaída, hasta llegar a la alcoba. Ya había oscurecido mientras tanto; dejaba su carga despatarrada en la cama, lo desnudaba y se sentaba en silencio a su lado en una silla. Al poco tiempo, se asomaba la hija a la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya se arregló todo -solía decirle él-. No se preocupe, señorita Judith.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego oscurecía y, al cabo de un rato, se tendía en el suelo junto a la cama, aunque no se quedaba dormido, porque no tardaba el de la cama en agitarse -a veces antes de la media noche-, emitir un gruñido y luego preguntar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Wash?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquí estoy, Coronel. Vuélvase a dormir. Todavía no nos han derrotado, ¿verdad? Con usted y conmigo no hay quien pueda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por aquellas fechas, ya había visto Wash la cinta que llevaba su nieta en la cintura. Tenía quince años y era mujer, según ocurría un tanto prematuramente a las muchachas como ella. Sabía la procedencia de aquella cinta; se la había venido viendo con todo lo demás diariamente desde hacía tres años; y de nada le hubiese valido mentirle sobre dónde la había conseguido, cosa que a ella no se le ocurrió, porque se sentía, al mismo tiempo, orgullosa, mohína y temerosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No está mal -le dijo su abuelo-. Si el Coronel quiso regalártela, supongo que le habrás dado las gracias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se alarmó ni cuando vio el vestido y observó la expresión misteriosa, desafiante y atemorizada que había en su rostro mientras le decía que la señorita Judith la había ayudado a hacérselo. Pero se puso muy serio al acercarse a Sutpen aquella tarde cuando cerraron la tienda y se fueron al fondo del local.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tráete el jarro -le mandó Sutpen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Espere -contestole Wash-. Es sólo un momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sutpen no le negó lo del vestido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué tiene de particular? -le preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Wash resistió su mirada fija y arrogante y le habló quedamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo conozco a usted desde hace veinte años. Nunca me he opuesto a hacer lo que usted me ordena. Y ya voy para los sesenta... Y ella es una niña que no pasa de los quince años de edad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Estás insinuando que le he hecho algún mal? ¿Yo que soy tan viejo como tú?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si fuera usted otro hombre, yo diría que estaba tan viejo como yo. Pero, viejo o no viejo, no la dejaría quedarse con ese vestido ni nada que no viniese de la mano de usted. Pero usted es distinto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿En qué consiste la diferencia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Wash se limitó a clavarle los ojos descoloridos, inquisitivos y sobrios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Entonces es por eso por lo que me tiene miedo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya la mirada de Wash dejó de ser interrogante. Era tranquila y serena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo no tengo miedo. Porque usted es valiente. No es porque fue valiente en un minuto o en un día de su vida, y pueda lucir un papel que le dio el general Lee para demostrarlo. No, usted es valiente, lo mismo que vive y respira, en eso consiste la diferencia. No hace falta escritura de nadie que me lo venga a decir. Y me consta que lo que maneje o toque usted, lo mismo un regimiento de hombres que una muchacha ignorante o un perro de presa, usted sabe lo que hace.&lt;br /&gt;Ahora fue Sutpen el que apartó de él la vista, y con un movimiento brusco y repentino le dijo sin más:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tráete el jarro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cómo no, Coronel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como íbamos diciendo, al amanecer de aquel domingo, dos años más tarde, su corazón siguió tranquilo, aunque preocupado, después de observar a la partera negra, a la que había ido a buscar tras una caminata de cuatro kilómetros, penetrar por la puerta desvencijada, del otro lado de la cual yacía su nieta quejándose. Sabían lo que todos habían venido diciendo... los negros de las cabañas de la hacienda y los blancos que rondaban todo el día por los alrededores de la hacienda, espiando en silencio a los tres, a Sutpen, a él y a su nieta, con aire provocativo y ligeramente retador a medida que su estado se iba haciendo cada día más visible y palmario. Eran como tres actores que entrasen y saliesen de escena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Ya sé lo que están chismorreándose al oído”, pensó. “Casi me parece oírlo: Wash Jones se ha amarrado, por fin, al viejo Sutpen... Le ha llevado veinte años, pero por fin se salió con la suya”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dentro de poco amanecería, pero todavía no. Desde el interior de la casa, donde la lámpara macilenta brillaba tenuemente más allá del marco torcido de la puerta, salía periódicamente, como al compás de algún reloj, la voz de su hija. Su pensamiento se deslizaba lento y aterrador, con dificultad, como si se mezclase a cierto rumor de cascos galopantes, hasta que, de repente, emergió a galope corto la silueta enhiesta del hombre a lomos de su caballo arrogante; y luego se destacó también con contornos claros lo que estaba perturbando su pensamiento; pero no como justificación ni explicación siquiera, sino como una apoteosis, solitaria, explicable, por encima del contacto grosero de los hombres:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es más grande que todos esos norteños que mataron a su hijo y a su esposa y se llevaron a sus negros y arruinaron su plantación; más grande que esta maldita tierra en la cual encajaba a la medida y que le ha negado hasta una tienducha en el campo; más grande que la negativa que sintió en los labios tan amarga como la copa del Libro. ¿Cómo podía yo haber vivido tan cerca de él veinte años sin que me hubiese cambiado y tocado? Acaso no sea tan grande como él o no he galopado como él. Pero he sabido llevarle la corriente. Entre él y yo sabemos hacerlo, sólo con que me diga qué es lo que quiere.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Amaneció. De repente distinguió la casa y la vieja negra que lo miraba desde la puerta. Luego notó que la voz de su nieta se había callado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es una niña -le dijo la negra-. Puede ir a contárselo a él si quiere.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, con esto, volvió a entrar en la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Una niña -repetía Wash-. Una niña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En su estupor, casi no oyó los cascos galopantes, ni la silueta arrogante que volvió a emerger. Se quedó observándola, como si la viese pasar al galope a través de acontecimientos que marcasen la acumulación de los años, del tiempo, hasta el momento sublime en que cabalgaba bajo el sable que blandía y una bandera desgarradora, precipitándose furiosamente contra un cielo del color del azufre explosivo. Era la primera vez en su vida que pensaba que acaso Sutpen fuese un hombre y un viejo como él mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Ha tenido una niña”, reflexionaba en medio de aquel aturdimiento, con la sorpresa alborozada de un niño: “Sí, señor. Parece mentira pero he llegado a ser bisabuelo”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entró en la Casa. Avanzaba a pasos torpes de puntillas, como si ya no viviese allí, como si el bebé que acababa de tomar su primer aliento y de llorar a la luz lo hubiese desposeído, aunque fuese de su misma sangre. Pero, sobre el camastro de paja, apenas divisaba otra cosa que la mancha difusa del rostro demacrado de la nieta. La negra, sentada en cuclillas junto al hogar, habló:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Será mejor que se lo diga, si va a decírselo... Ya es de día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no hacía falta. Apenas torció la esquina del pórtico donde estaba apoyada la guadaña que pidió prestada a su amo tres meses antes, para segar las malezas que estaba pisando, cuando se presentó Sutpen a caballo. No se puso a pensar cómo se había enterado. Supuso sin más que era eso lo que había traído al otro a horas tan tempranas de la madrugada del domingo, y se quedó plantado hasta que desmontó, quitándole después las riendas de la mano. En su cara apergaminada había una expresión casi de imbecilidad, mientras le decía con cierto aire cansado de triunfo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es niña, Coronel. Porque... usted es tan viejo como yo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sutpen lo dejó con la palabra en la boca, pasó por delante de él y penetró en la casa. Él se quedó con la brida en la mano oyendo los pasos de Sutpen que se acercaban al camastro. Oyó lo que dijo, y algo pareció morir en él antes de hacer el menor movimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya había subido el sol, ese sol rápido de las latitudes del Misisipí, y se le ocurrió que estaba bajo un cielo desconocido, ante un escenario extraño, que sólo le resultaba familiar como las cosas que se ven en sueños... como el que sueña que se cae de una altura cuando jamás ha ascendido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“No es posible que haya oído lo que creo que he oído”, pensó sin abrir la boca. “Sé que no puede ser”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, la voz, aquella voz familiar que pronunciara las palabras, seguía todavía hablando, contándole a la vieja negra no sé qué de un perro recién parido aquella madrugada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Por eso se ha levantado tan temprano”, pensó. “Eso es. Ni por mí ni por mi gente. Ni siquiera lo que es suyo le ha hecho levantarse de la cama”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sutpen salió. Se metió por la maleza, andando a pasos lentos y pesados que habrían sido rápidos cuando era más joven. Todavía no había mirado cara a cara a Wash. Pero fue diciéndole:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Va a quedarse Dicey a atenderla. Será mejor que tú...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces pareció advertir que Wash se le estaba poniendo por delante y se detuvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué? -inquirió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dijo usted... -El mismo Wash se oía la voz como si sonase a hueco o a graznido, como la de un sordo-. Dijo usted que si fuese una yegua, podría darle un buen pesebre en la cuadra...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y qué? -le preguntó Sutpen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Wash empezó a avanzar hacia él, con los hombros ligeramente caídos, se le abrieron y cerraron los ojos, como puños que se crispan y relajan. Por un momento Sutpen se quedó clavado en el suelo asombrado, observando a aquel hombre a quien, durante veinte años, no había visto hacer movimiento alguno sino a su mando, como el caballo que montaba. De nuevo se entornaron y se abrieron sus ojos. Aunque no se movió, le pareció que empezaba a retroceder de repente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Atrás! -le dijo brusca y destempladamente-. No me toques.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Voy a tocarlo a usted, Coronel -le contestó Wash, sin dejar de avanzar, con aquella voz queda, tranquila y casi dulce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sutpen levantó la mano en que empuñaba la fusta; la vieja negra espió por la puerta derrengada con su cara de gárgola o de gnomo decrépito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Atrás, Wash -repitió Sutpen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y sacudió un fustazo. La vieja negra pegó un salto hacia la maleza con la agilidad de una cabra y se perdió de vista. Sutpen zurció de nuevo la cara de Wash con el látigo, haciéndolo caer de rodillas. Cuando se levantó, empuñaba en sus manos la guadaña que le prestara Sutpen tres meses antes y que ya no le iba a hacer falta para nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Wash entró en la casa, su nieta se agitó en el jergón y lo llamó con miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué fue eso? -le preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué fue qué, hija?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ese alboroto ahí fuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No fue nada-contestó él suavemente, arrodillándose a su lado y tocándole la frente con mano torpe-. ¿Quieres alguna cosa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Un trago de agua- murmuró ella con voz quejumbrosa-. Llevo ya mucho tiempo con ganas de tomar un trago de agua, pero no hay nadie que me haga caso ni a quien yo le importe nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora mismo -le dijo él cariñosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se levantó con movimiento tiesos, le trajo el cubo de agua, le levantó la cabeza para que pudiese beber y luego se la apoyó otra vez en el camastro, observando cómo se daba vuelta con cara de piedra hacia su criatura. Pero un momento después vio que estaba llorando en silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vaya, vaya -le dijo, aplacándola-. No debes hacer eso. La vieja dice y asegura que es una nena muy bonita. Ya pasó todo. Ya pasó todo. No hay por qué llorar ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ella siguió vertiendo lágrimas silenciosas, melancólicamente, y él se levantó de nuevo y estuvo junto al camastro, inquieto, algún tiempo, posando lo mismo que cuando pasara por aquel trance su esposa primero y luego su hija:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Estas mujeres... Son un misterio para mí. Parece que los quieren tener, pero cuando los tienen, se ponen a llorar. Son un misterio para mí. Para cualquier hombre”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se apartó del camastro, arrimó una silla a la ventana y se sentó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estuvo así toda aquella larga, luminosa y soleada mañana, esperando junto a la ventana. De cuando en cuando, se levantaba y se aproximaba de puntas de pie al jergón. Pero ya su nieta se había quedado dormida, con la cara triste, tranquila y cansada, y la nena en el hueco de sus brazos. Luego volvió a la silla, se sentó una vez más, esperó y se extrañó de cómo tardaban tanto, hasta que recordó que era domingo. Estaba tan tranquilo, en la misma postura, a media tarde, cuando dio la vuelta a la esquina de la casa un muchacho blanco y, al toparse con el cadáver, lanzó un grito ahogado, levantó los ojos y miró como hipnotizado, un momento, a Wash, quien seguía en la ventana, terminando por volverse y escapar a toda carrera. Luego Wash se levantó y se acercó de puntas de pie, como antes, al jergón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su nieta se había despertado, acaso al oír el pequeño grito del muchacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Milly -le preguntó el abuelo-, ¿tienes hambre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella no contestó y volvió la cara para otro lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Wash encendió una fogata en el hogar y se puso a preparar la comida que había llevado el día anterior: era un pedazo de mantequilla y pan frío de borona; echó agua en el pote rancio del café y la calentó. Pero ella no quiso probar nada cuando le llevó su ración; así que él comió solo y en silencio, dejando los platos como estaban, después de lo cual se volvió a la ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora le pareció sentir, casi tocar, a los hombres que deberían estarse reuniendo con caballos, escopetas y perros... Aquel grupo de curiosos y vengativos hombres de la calaña de Sutpen, quienes se sentaran con él a la mesa en aquellos tiempos en que Wash no podía acercarse a la casa más que hasta la parra, hombres que además habían enseñado a los inferiores cómo había que jugarse la vida en la batalla y tenían, acaso, también papeles firmados por los generales, atestiguando que estaban entre los valientes de primera fila, que galoparon arrogantes y ufanos, como Sutpen, en aquellos viejos tiempos, por las feraces plantaciones a lomos de caballos finos... símbolos, por lo tanto, de admiración y de esperanza, al mismo tiempo que instrumentos de desesperación y luto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ellos esperaban que huyera. Pero a él le parecía que tenía más de qué huir en relación a otras cosas que huir de esta gente. Si emprendía la fuga, todo se limitaría a volver la espalda a una gavilla de desalmados y fanfarrones para toparse con otros iguales a ellos, pero todos los de esa ralea eran de la misma clase, por lo menos en la tierra que él conocía... Y era viejo, demasiado viejo hasta para huir, si es que lo fuera a hacer. Jamás lograría escapar, por mucho que corriera y por muy lejos que fuera: un hombre con cerca de sesenta años de edad no podía ir muy lejos. No lo suficientemente lejos para rebasar las fronteras de la tierra en que vivían hombres como aquellos, que imponían el orden a su antojo y dictaban las normas de vida. Le pareció comprender ahora por primera vez, al cabo de cinco años, cómo fue que los norteños o cualquier otro tipo de ejército viviente había logrado derrotarlos: a ellos, los valientes, los pundonorosos, los bravos, los que tenían acreditado su honor, su nobleza y su hidalguía, y los escogidos como dechados de todos. Acaso si él hubiese ido a la guerra con ellos, lo hubiese descubierto antes. Pero si los hubiese descubierto antes, ¿qué habría sido de su vida después?, ¿cómo habría podido recordar durar cinco años su vida anterior?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya estaba acercándose el sol hacia su ocaso. La criatura había estado llorando; cuando se aproximó al camastro, vio a su nieta amamantándola con su misma cara amada, inescrutable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No tienes hambre todavía? -le dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No quiero nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tienes que comer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella ya no contestó y miró a su bebé. Wash volvió a su silla y vio que se había puesto el sol.&lt;br /&gt;“Ya no pueden tardar mucho”, pensó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le parecía sentirlos ya muy cerca, al grupo de los curiosos y vengativos. Hasta se imaginaba que los estaba oyendo, que entendía lo que decían de él, lo que pensaban después de haberse sobrepuesto al primer arrebato de furia: “Ese viejo Wash Jones ha dado por fin un tropezón. Creyó tener atrapado a Sutpen, pero éste lo engañó. Creyó haber comprometido al Coronel a casarse con la muchacha o a pagar. Y el Coronel rehusó”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pero si yo nunca pensé en eso, Coronel! -exclamó en voz alta, sorprendiéndole el eco de su propia voz y volviendo enseguida la cabeza para encontrarse con los ojos de su nieta que lo miraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Con quién estabas hablando? -le preguntó ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No era nada. Pensaba, por lo visto, y se me escapó alguna palabra sin querer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De nuevo su cara se fue desdibujando... ya él no la veía más que como una mancha lívida a la luz del crepúsculo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya decía yo... me parece que tienes que gritar más fuerte para que él te oiga, para que te oiga desde afuera de la casa. Y creo que vas a tener que hacer algo más que gritar para que él se presente aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro, claro -replicó Wash-. Pero no te apures ya. -Le costaba trabajo pensar, pero fue expresándose poco a poco-: Ya sabes que yo nunca... Ya sabes que yo nunca he esperado, ni pedido nada a nadie, sino lo que he esperado de ti... Y nunca le pedí tal cosa... No creí que fuese a hacer falta. Yo dije: “No hace falta. ¿Qué necesidad tiene un hombre como Wash Jones de sospechar o dudar de otro a quien el general Lee en persona da fe en un papel escrito de su puño y letra de que es un valiente?” Valiente -se quedó pensando-. Mejor sería que ninguno de ellos hubiese vuelto a casa en 1865. -Pero en realidad, pensaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Mejor sería que ni él ni yo, ni los suyos ni los míos hubiésemos nacido en esta tierra. Mejor sería que cuantos quedamos de nosotros fuésemos arrojados a tiros de la faz de la tierra, antes que otro Wash Jones vea su vida entera arrancada a tiras, arrugándose y retorciéndose como un manojo seco arrojado al fuego”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejó de pensar y se quedó inmóvil. Oyó los caballos, de repente, sin lugar a dudas; poco después vio el reflejo de la linterna y las siluetas de hombres que se movían y percibió los relucientes caños de las escopetas, su inquieto fulgor. Pero no se movió Ya era casi noche cerrada. Oyó las voces y el rumor de los arbustos, según iban rodeando la casa. Apareció de lleno la linterna; sus reflejos iluminaron el cuerpo inerte que yacía entre los matorrales y se detuvo, proyectando altas sombras de caballos y jinetes. Un hombre desmontó y se agachó a la luz del farol sobre el cadáver. Empuñaba una pistola. Cuando se incorporó miró a la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Jones -dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquí estoy -contestó tranquilamente Wash desde la ventana-. ¿Es usted, mayor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Salga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora mismo -contestó sin levantar la voz-. Espere que atienda primero a mi nieta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nosotros la atenderemos. Salga, vamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora mismo, mayor. Un momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Háganos una señal con la luz. Encienda su lámpara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora mismo. En un momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oyeron cómo se perdía su voz en el interior de la casa, aunque no pudieron ver cómo se acercaba rápidamente a la grieta de la chimenea donde guardaba su cuchillo de caza: lo único de valor que había en su vida y en su hogar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se enorgullecía de él por lo agudo de su filo. Se fue hacia el camastro, desde el cual salió la voz de su nieta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quién es? Enciende la lámpara, abuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No va a hacer falta luz, hija. Sólo me va a llevar un momento -le contestó, arrodillándose, andando a tientas hacia el lugar desde donde saliera su voz y preguntándole en un susuro-. ¿Dónde estás?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquí mismo -contestó ella con voz medrosa-. ¿Dónde quieres que esté? ¿Qué es lo que...? -la mano de él le tocó la cara-. ¿Qué es...? ¡Abuelo! ¡Abue...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Jones -repitió el otro-. ¡Salga afuera!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Un momento nada más, mayor -replicó él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces se levantó y empezó a moverse rápidamente. Sabía a oscuras dónde estaba la lata de petróleo, y le constaba que estaba llena puesto que, no hacía dos días, la había llenado en la tienda y la tuvo guardada allí hasta que se la llevó a caballo a casa, porque pesaban mucho diecinueve litros. Todavía quedaban algunas brasas en el hogar; además, la destartalada casucha era como yesca: las brasas, la chimenea y las paredes explotaron en una sola llamarada azul.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recortándose contra ella, los hombres que esperaban lo vieron abalanzarse hacia afuera, en un instante frenético, guadaña en mano, mientras los caballos retrocedían y corcoveaban aterrados. Los frenaron y lograron volverlos hacia el resplandor. La magra figura seguía destacándose fiera y serenamente, avanzando contra ellos y blandiendo la guadaña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- iJones! -le gritó el jefe-. ¡Alto! ¡Alto o disparo! iJones! iJones!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La espectral y furiosa figura continuaba proyectándose contra el fondo encendido de las llamaradas crepitantes. Con la guadaña en alto arremetió contra ellos, contra los ojos desorbitados y empavorecidos de los caballos y los relampagueantes caños de las escopetas, sin un grito, sin una palabra.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-8608103907470146836?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/8608103907470146836/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=8608103907470146836' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/8608103907470146836'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/8608103907470146836'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/04/wash-jones-william-faulkner.html' title='&quot;Wash Jones&quot; (William Faulkner)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-1037000894688599877</id><published>2009-03-27T19:30:00.000-03:00</published><updated>2009-03-27T19:32:04.201-03:00</updated><title type='text'>"El capitan Kidd: Pirata" (Marcel Schwob)</title><content type='html'>No hay acuerdo acerca de por qué razón se le puso a este pirata el nombre del cabrito (Kidd). El acta por la cual Guillermo III, rey de Inglaterra, lo invistió del mando de la galera La Aventura, en 1695, comienza por estas palabras: "A nuestro leal y bienamado Capitán William Kidd, comandante, etc. Salve". Pero es seguro que ya entonces era un nombre de guerra. Unos dicen que acostumbraba, elegante y refinado como era, calzar siempre, tanto en combate como en maniobra, delicados guantes de cabritilla con vueltas de encaje de Flandes; otros aseguran que durante sus peores matanzas exclamaba: "Yo que soy suave y bueno como un cabrito recién nacido"; otros aun, pretenden que metía el oro y las alhajas en sacos muy flexibles, hechos de cuero de cabra joven, y que se le ocurrió usarlos el día que saqueó un navío cargado de azogue con el cual llenó mil bolsones de cuero que todavía están enterrados en el flanco de una pequeña colina en las islas Barbados. Basta con saber que su pabellón de seda negra llevaba bordados una cabeza de muerto y una cabeza de cabrito, lo mismo que llevaba grabado en su sello. Los que buscan los muchos tesoros que ocultó en las costas de los continentes de Asia y de América, llevan delante de ellos un pequeño cabrito negro que debe gemir en el lugar donde el capitán enterró su botín; pero ninguno ha logrado nada. El mismo Barbanegra, quien había sido aleccionado por un antiguo marinero de Kidd, Gabriel Loff, sólo encontró en las dunas sobre las cuales se levanta hoy Fort Providence, gotas dispersas de azogue que rezumaban de la arena. Y todas sus excavaciones son inútiles, porque el capitán Kidd declaró que sus escondites serían eternamente ignorados debido al "hombre del balde sangriento". Kidd, en efecto, fue acosado por ese hombre durante toda su vida, y los tesoros de Kidd son acosados y defendidos por aquél desde que éste murió. Lord Bellamont, gobernador de las Barbados, irritado por el enorme botín cobrado por los piratas en las Indias Occidentales, equipó la galera La Aventura y obtuvo del rey, para el capitán Kidd, la comisión del mando. Hacía mucho tiempo que Kidd sentía celos del famoso Ireland, que saqueaba todos los convoyes. Le prometió a lord Bellamont que tomaría su chalupa y que lo traería con sus compañeros para hacerlos ejecutar. La Aventura llevaba treinta cañones y ciento cincuenta hombres. En primer término Kidd tocó Madeira y se aprovisionó de vino; después Bonavist, para cargar sal; por fin Saint Lago, donde completó el aprovisionamiento. Y de ahí se hizo a la mar hacia la entrada del Mar Rojo donde, en el Golfo Pérsico, hay un lugar en una pequeña isla que se llama la Clef de Bab.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue allí donde el capitán Kidd reunió a sus compañeros y les hizo izar el pabellón negro con la cabeza de muerto. Juraron todos, sobre el hacha, obediencia absoluta al reglamento de los piratas. Cada hombre tenía derecho a votar e igual opción para provisiones frescas y licores fuertes. Los juegos de naipes y de dados estaban prohibidos. Las luces y candelas debían estar apagadas a las ocho de la noche. Si un hombre quería beber después de esa hora, bebía en el puente, en la oscuridad, a cielo abierto. La compañía no recibía mujeres ni muchachos. Aquel que los introdujera disfrazados sería castigado con la muerte. Los cañones, las pistolas y los machetes debían mantenerse bien cuidados y relucientes. Las querellas se ventilarían en tierra, con sable o con pistola. El capitán y el segundo tendrían derecho a dos partes; el maestre, el contramaestre y el cañonero, a una y media; los otros oficiales a una y un cuarto. Reposo para los músicos el día del Sabbat.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer navío que encontraron era holandés, al mando del Schipper Mitchel. Kidd izó el pabellón y le dio caza. El navío mostró enseguida los colores franceses, entonces el pirata lo interpeló en francés. El Schipper llevaba un francés a bordo, el que respondió. Kidd le preguntó si tenía un pasaporte. El francés dijo que sí. "Y bien, por Dúos -respondió Kidd-, en virtud de su pasaporte lo apreso como capitán de este navío". Y en seguida lo hizo colgar de la verga. Después hizo que viniesen los holandeses uno por uno. Los interrogó y, haciendo como que no entendía nada de flamenco, ordenó para cada prisionero: "¡Francés; la tabla!". Se fijó una tabla hacia afuera de la borda. Todos los holandeses corrieron por ella, desnudos, delante de la punta del machete del contramaestre y saltaron al mar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento, el cañonero del capitán Kidd, Moor, alzó la voz:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Capitán, ¿por qué mata a esos hombres? -gritó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Moor estaba ebrio. El capitán se volvió, tomó un balde y le dio con él en la cabeza. Moor cayó con el cráneo partido. El capitán Kidd hizo que lavaran el balde, pues habían quedado cabellos pegados con sangre coagulada. Ningún hombre de la tripulación quiso volver a usarlo para mojar el lampazo. Dejaron el balde atado a la borda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde ese día el capitán Kidd fue acosado por el hombre del balde. Cuando apresó al navío moro Queda, tripulado por hindúes y armenios, con diez mil libras de oro, al hacer el reparto del botín el hombre del balde sangriento estaba sentado en los ducados. Kidd lo vio claramente y echó un juramento. Bajó a su cabina y vació una taza de bombú. Luego, ya de vuelta en el puente, hizo arrojar el viejo balde al mar. En el abordaje del rico buque mercante Moceo no encontraron con qué medir las partes de oro en polvo del capitán. "Un balde lleno", dijo una voz a espaldas de KM. Este cortó el aire con su machete y enjugó sus labios, que echaban espuma. Después hizo colgar a los armenios. Los hombres de la tripulación parecían no haber entendido nada. Cuando Kidd atacó al Hirondelle, se acostó en su litera después del reparto. Cuando despertó se sintió empapado de sudor y llamó a un marinero para pedirle con qué lavarse. El hombre le llevó agua en una cubeta de estaño. Kidd lo miró fijamente y aulló:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Es así como se comporta un caballero de fortuna? ¡Miserable! ¡Me traes un balde lleno de sangre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El marinero huyó. Kidd lo hizo desembarcar y lo dejó "cimarrón", con un fusil, una botella de pólvora y una botella de agua. No tuvo otra razón para enterrar su botín en diferentes lugares solitarios, en las arenas, que la convicción de que todas las noches el cañonero asesinado iba a vaciar el pañol del oro con su balde para arrojar las riquezas al mar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Kidd se dejó prender a la altura de Nueva York. Lord Bellamont lo envió a Londres. Fue condenado a la horca. Lo colgaron en el muelle de la Exécution, con su casaca roja y sus guantes. En el momento en que el verdugo le calaba hasta los ojos el gorro negro, el capitán Kidd se debatió y gritó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Me cago en Diez! ¡Yo sabía muy bien que me metería su balde en la cabeza!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cadáver ennegrecido permaneció enganchado en las cadenas por más de veinte años.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-1037000894688599877?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/1037000894688599877/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=1037000894688599877' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/1037000894688599877'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/1037000894688599877'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/03/el-capitan-kidd-pirata-marcel-schwob.html' title='&quot;El capitan Kidd: Pirata&quot; (Marcel Schwob)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-3385601813247315901</id><published>2009-03-22T19:50:00.000-03:00</published><updated>2009-03-22T19:52:27.593-03:00</updated><title type='text'>"El olvido de los Reyes Magos" (Matías Stiep)</title><content type='html'>Un cielo plomo se desangraba en lluvia aquella tarde de Enero cuando se conocieron. Ella, presencia delicada de labios afilados, su rostro pálido disfrazado de inocencia; él, pomponcito de terciopelo, apenas meses en el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Enceguecida por otro más de sus caprichos, ella se enamoró enseguida del niño que recién abría sus alitas, ese que la esperaba sin saberlo, como ajeno a su destino. Entonces desenvainó sus intenciones y las clavó, muy despacio, en los padres del chiquito. Lo quiero para mí, dijo en un susurro, con una media luna polar engarzada en la boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No, ella nunca acepto negativas, pero decidieron enfrentarla. Había un truco capaz de burlar su arrogancia inacabable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de ahí, ellos desgranaron por todos lados esa agonía que les retorcía el alma, buscando en los demás un conjuro para las infinitas noches sin dormir. Reventaron sus manos contra mil puertas que se cerraron infaliblemente, y el eco de una risita cruel quedaba flotando en el aire. Fueron peregrinos descalzos en la nieve, pero sólo ella los vio pasar, muy divertida con los tropezones, bailando graciosa entre los charcos rojos que pintarrajearon sus caídas. La voz se les hizo jirones, vanos porque no hubo ruego que pudiera con la sordera mientras ella, feliz, tarareaba canciones de cuna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No. Nadie quiso oírlos y tiritaron de soledad, como flores que se desarman bajo la tormenta. Ni a él, nido del dolor que sentía venir ese perfume dulce y venenoso; ni a sus padres, asfixiados por el abrazo congelado de la indiferencia...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta que ella no quiso esperar más y fue por él. Los padres lloraron por su hijo muerto y por ese órgano que nunca llegó.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-3385601813247315901?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/3385601813247315901/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=3385601813247315901' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/3385601813247315901'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/3385601813247315901'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/03/el-olvido-de-los-reyes-magos-matias_22.html' title='&quot;El olvido de los Reyes Magos&quot; (Matías Stiep)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-3009679112356449208</id><published>2009-03-17T00:53:00.001-03:00</published><updated>2009-03-17T00:57:20.838-03:00</updated><title type='text'>"El olvido de los Reyes Magos" (Matías Stiep)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:arial;"&gt;Un cielo plomo se desangraba en lluvia aquella tarde de Enero cuando se conocieron. Ella, presencia delicada de labios afilados, su rostro pálido disfrazado de inocencia; él, pomponcito de terciopelo, apenas meses en el mundo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;br /&gt;Enceguecida por otro más de sus caprichos, ella se enamoró enseguida del niño que recién abría sus alitas, ese que la esperaba sin saberlo, como ajeno a su destino. Entonces desenvainó sus intenciones y las clavó, muy despacio, en los padres del chiquito. Lo quiero para mí, dijo en un susurro, con una media luna polar engarzada en la boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No, ella nunca acepto negativas, pero decidieron enfrentarla. Había un truco capaz de burlar su arrogancia inacabable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de ahí, ellos desgranaron por todos lados esa agonía que les retorcía el alma, buscando en los demás un conjuro para las infinitas noches sin dormir. Reventaron sus manos contra mil puertas que se cerraron infaliblemente, y el eco de una risita cruel quedaba flotando en el aire. Fueron peregrinos descalzos en la nieve, pero sólo ella los vio pasar, muy divertida con los tropezones, bailando graciosa entre los charcos rojos que pintarrajearon sus caídas. La voz se les hizo jirones, vanos porque no hubo ruego que pudiera con la sordera mientras ella, feliz, tarareaba canciones de cuna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No. Nadie quiso oírlos y tiritaron de soledad, como flores que se desarman bajo la tormenta. Ni a él, nido del dolor que sentía venir ese perfume dulce y venenoso; ni a sus padres, asfixiados por el abrazo congelado de la indiferencia...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta que ella no quiso esperar más y fue por él. Los padres lloraron por su hijo muerto y por ese órgano que nunca llegó.&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-3009679112356449208?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/3009679112356449208/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=3009679112356449208' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/3009679112356449208'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/3009679112356449208'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/03/el-olvido-de-los-reyes-magos-matias.html' title='&quot;El olvido de los Reyes Magos&quot; (Matías Stiep)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-3354551381251032756</id><published>2009-02-28T14:58:00.002-02:00</published><updated>2009-02-28T15:03:55.512-02:00</updated><title type='text'>"Casa tomada" (Julio Cortázar)</title><content type='html'>Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Estás seguro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Asentí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No está aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:&lt;br /&gt;-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-3354551381251032756?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/3354551381251032756/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=3354551381251032756' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/3354551381251032756'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/3354551381251032756'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/02/casa-tomada-julio-cortazar.html' title='&quot;Casa tomada&quot; (Julio Cortázar)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-6904416211944051773</id><published>2009-02-27T17:04:00.011-02:00</published><updated>2009-02-28T14:52:08.986-02:00</updated><title type='text'>"Cortázar: Ahora dicen que escribía mal" (Jorge Lanata)</title><content type='html'>Ahora resulta que escribía cuentos malos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel tipo demasiado alto, con los ojos que García Márquez describió "tan separados como los de un novillo", aquel tipo que volvió a la Argentina del `83 con guayabera celeste y fumando Gitanes, el tipo que nos hizo buscar a La Maga o estirar el café en el London para saber de una vez si allí empiezan o terminan &lt;em&gt;Los premios&lt;/em&gt;, ahora resulta que ese tipo escribía cuentos malos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Y por qué vamos a publicar justo ahora algo sobre Cortáar? ¿Por qué, eh? ¿Qué se cumple? - pregunta un editor con lógica de cotillón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No, no se cumple nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Ves? Si vos me dijeras: a cinco años de, a seis días de, a dos horas y tres minutos de, todavía. O todavía mejor: a numeros redondos de, a diez años de, en las bodas de plata de.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No. No se cumple nada redondo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Encima vos sabes de sobra que ahora todo el mundo discute a Cortázar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- (Gesto de asombro, interjección de asombro) ¿Lo qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Que lo discuten, no te hagas el boludo. La generación nueva lo discute.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Dispuesto a interpretar la realidad, el periodismo imita la imagen del científico: sólo que en este caso lo que se ve no es un "grupo de entomólogos investigando una colonia de insectos", sino "grupo de insectos analizando a un entomólogo".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Primera observación de la colonia de insectos: el concepto "generación nueva" alude, en general, a ya no tan chicos de más de treinta. En Argentina, la Juventud Comunista bordea los cincuenta años, la pintura joven supera los treinta y cinco y la literatura bien, gracias.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Y qué dice la generación nueva?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Que Cortázar era ingenuo, casi o del todo cursi y que, por el otro lado, no escribía para nada bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ah.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Dicen que es un escritor para adolescentes. Como Vasconcelos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la muerte de Joseph Conrad, Ernest Hemingway escribió en la &lt;em&gt;Ontario Review&lt;/em&gt;:"¿Qué se puede escribir sobre él si ya está muerto?. Ahora los críticos se fascinan con Eliot y aseguran que Conrad escribía cuentos malos. Si alguien me dijera que triturando al señor Eliot hasta reducirlo a polvo fino y seco, y espolvoreando con él la tumba de Conrad, éste se levantaría y volvería a escribir, correría ya mismo hacia Londres con una máquina de picar carne". Para Hemingway los libros de Conrad se imponían de un tirón, y eran por eso de difícil relectura; volver a ellos significaba repetir, en vano, un acto de amor perfecto. De todos modos Hemingway siempre llevaba sus libros de Conrad en el equipaje, por motivos casi farmacéuticos; cuando estaba harto de la literatura impostada, releía a Conrad como se toma un vaso de agua fresca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para decirlo de otro modo: un grupo de argentinos ya no tan jóvenes cuya mayor transgresión fue fumar marihuana en el baño del Nacional Buenos Aires sostiene que Julio Cortázar escribía malos cuentos. Los ya no tan jóvenes censores son cooltos. A primera, segunda y tercera vista están mucho más cerca de los críticos que de los escritores, aunque siempre especulan con su "carrera", escriben calculadamente bien y no tienen nada que decir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Y por qué Cortázar? Dale, decime... ¿Qué se cumple?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No se cumple nada. Tengo toneladas de correspondencia que encontró Jaime Correas en Mendoza. Usé solo algunas cartas para escribir un cuento en &lt;em&gt;Polaroids&lt;/em&gt;, y podríamos publicar el resto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Frente a una colección de cartas cualquier mediocre se siente Dios: es fascinante observar como se dirigen los hombres hacia su destino, con la tensa seguridad de un acróbata, ignorando el siguiente paso, pero sintiéndose condenados a darlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En estas cartas Julio Cortázar vegeta en su escritorio de la Cámara del Libro, al final de los años cuarenta. Le escribe al Oso, a Sergio Sergi, el grabadista que conoció en Mendoza mientras enseñaba literatura:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"No se imagina lo cansado que estoy - le dice en mayo de 1948 - y cómo vivo. ¿Se acuerda de aquel proyecto de convertirme en traductor público? La cosa cuajó espléndidamente, pero tengo que recibirme en julio y eso significa meterme en el coco cinco materias de derecho antes de julio, amén de trabajos prácticos y examen final de idioma. Ahora estudio noche y día, y entre pedazos de estudio me trago mi pedazo de Cámara del Libro. Es horrible, pero en plena temporada musical no voy ni a un solo concierto. No me quedo jamás en el centro. Cuelgo el tubo apenas oigo un "Hola" en tono femenino menor. Tomo tónicos mentales, vitaminas, cerveza malteada. No leo novelas policiales. No escribo una línea. (...) Pero si me recibo antes de julio, dentro de un año seré mi propio patrón y tal vez entonces la vida adquiera un sentido menos repugnante que hasta ahora. En cuanto a la docencia, no quiero ni siquiera oír hablar de ella. El mes pasado rechacé una oferta para ir a Estados Unidos a enseñar literatura española. Eran cinco mil dólares anuales. Si me lo hubieran propuesto en enero o febrero, hubiese ido y ahora ya estaría bajo las miradas del presidente Truman. Pero ya no me convienen, prefiero atenerme a mi plan de acción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquí van los cuentos que le devuelvo a Gladys. Pídale perdón por mi demora que me cubre de vergüenza. Ojalá pronto pueda hacerle llegar las historias en un buen volumen, pronto empezarán las tareas concernientes a la impresión, y tal vez en julio aparezcan".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cortázar llevaba, en una valija prestada del Oso Sergi, los originales de &lt;em&gt;Bestiario&lt;/em&gt;, que recién aparecería en 1951, editado por Sudamericana. Gladys, la mujer de Sergi, pasó aquellos cuentos a máquina en su casa de Mendoza. La familia aún conserva el manuscrito original del libro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie sabe en este país sin biografías si Cortázar cargó aquellos cuentos desde Chivilcoy, donde fue maestro normal. Las historias de &lt;em&gt;Bestiario &lt;/em&gt;llegaron con su autor a Mendoza, donde fueron corregidas y donde el olvido le tendió una trampa. El propio Cortázar le dijo a Borges en París, años después, que "Casa tomada" fue su primer cuento publicado. Borges lo repite en un prólogo, en el que se presenta como el primer editor de Cortázar: "Casa tomada" se publicó en la revista &lt;em&gt;Anales de Buenos Aires&lt;/em&gt;, con ilustraciones de su hermana Norah. Pero no fue así: la primera publicación de Cortázar fue en la revista &lt;em&gt;Egloga&lt;/em&gt;, de Mendoza, dirigida por Américo Cali. En enero de 1945 se presentó "Estación de la mano". En &lt;em&gt;Egloga&lt;/em&gt; se publicó también su primera entrevista: la firma al pie del cuento decía Julio A. Cortázar y no Julio Florencio Cortázar, como firmaba en aquellos años y como firmó su sofisticado ensayo sobre "La urna griega en la poesía de John Keats", publicado por la Universidad Nacional de Cuyo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Me alegro de que le haya gustado otra vez el cuento - le escribe a Sergi, refiriéndose a la publicación en &lt;em&gt;Anales&lt;/em&gt; de "Casa tomada" - ¿Tan malos son los dibujos de Norah Borges? Me gusta el de los hermanos; el otro - la casa - no es lo que puse yo en el cuento. La casa es muy distinta, pero la imagen de los hermanos bajo la lámpara me parece bien".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La historia de aquellos años fue una constante despedida: salió de Mendoza bajo las presiones del gobierno peronista a la Universidad, y también dejó Buenos Aires camino a París.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"De lo que está ocurriendo en la Universidad - escribió al Oso en junio de 1946 - prefiero no decir nada pues conozco a medias la situación, y los informes de los diarios no son muy ilustrativos. Veo que la purga es y ha sido mayúscula, pero su alcance y su significado no me parecen enteramente claros. Más que nunca me alegro de haber rajado de ahí justo a tiempo, pues no creo que hubiera tolerado algunas cosas. Por ejemplo: me parece bien que hayan expedido a Villaverde y Blanco González, pero no me parece nada bien que los reemplacen con jóvenes tomistas. Admito la higiene, y creo que esos dos señores eran unos tartufos de la docencia, pero si se los fleta para reemplazarlos por caballeros ungidos por el Papa... ahí empieza mi oposición. Prefiero, cobardemente pero con una gran paz de espíritu, estar a 1140 kilometros del lugar donde ocurren tales cosas. (...) Aquí estuvo Vigo haciendo una exposición en Amauta. Fui a la inauguración ¡y encontré a toda la "inteligencia" de izquierda, claro! Mirando los grabados de Vigo se descubre dolorosamente que un artista no da todo de sí si no agrega la ciencia a la intuición pura. A veces una torpeza de dibujo malogra algo que podría ser magnífico. Pero cuando se dedica más tiempo a leer la biografía del padrecito Stalin que a mirar grabados de Durero, las consecuencias saltan a la vista."&lt;br /&gt;&lt;p&gt;- Sé cuando un cuento me gusta, porque tengo la necesidad de conocer al que lo escribió - decía J.D. Salinger en &lt;em&gt;El cazador oculto&lt;/em&gt;.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Enumerar desenumerar&lt;/p&gt;&lt;p&gt;citar en desorden los motivos que me hicieron querer a Cortázar&lt;/p&gt;&lt;p&gt;en desorden, como en una carta:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;· porque La Maga existe (¿cómo no evitar, si no, la compulsión a buscarla?)&lt;/p&gt;&lt;p&gt;· porque mi recuerdo dice que leí &lt;em&gt;Rayuela &lt;/em&gt;de punta a punta en una tarde, sentado en un umbral de Sarandí, y cualquiera sabe que es imposible leer &lt;em&gt;Rayuela&lt;/em&gt; en una sola tarde, aunque podría jurar que aquella fue solamente una extensa y soleada tarde leyendo ese libro que me habían prestado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;· porque en diciembre de 1983 Julio Cortázar, parado en la puerta de su departamento de Villa del Parque, giró la cabeza hacia la cocina para preguntar: "Mamita, ¿el señor puede pasar al living?Viene a hacerme una nota". "Sí, Julio, cómo no, que pase, que pase", le respondió la anciana de noventa y pico al larguísimo y azulado señor de 69. El otro, el comedido "señor" que esperaba en el pasillo era yo mismo a los 23 años, olvidándome todas las preguntas de aquel primer reportaje que iba a ser el último.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;· por "Casa tomada", y porque creo a ciegas en la científica posibilidad de que me salgan conejitos por la boca; porque deben evitarse los velorios y porque cualquier idiota sabe que regalarle un reloj a una persona no es sólo eso sino todo lo contrario: es regalarle una persona al reloj, regalarle al reloj un cautivo del tiempo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;· también por aquellas palabras de W.H. Auden en "Retrato de un gran hombre":&lt;/p&gt;&lt;p&gt;"A veces escribía cartas extensas y memorables.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero no aguardaba ninguna."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-6904416211944051773?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/6904416211944051773/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=6904416211944051773' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/6904416211944051773'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/6904416211944051773'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/02/cortazar-ahora-dicen-que-escribia-mal.html' title='&quot;Cortázar: Ahora dicen que escribía mal&quot; (Jorge Lanata)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-4968967740994517946</id><published>2009-02-20T16:49:00.002-02:00</published><updated>2009-02-20T17:07:53.589-02:00</updated><title type='text'>"Patriotismo" (Yukio Mishima)</title><content type='html'>I&lt;br /&gt;El veintiocho de febrero de 1936, al tercer día del incidente del 26 de febrero, el teniente Shinji Takeyama, del batallón de transportes, profundamente perturbado al saber que sus colegas más cercanos estaban en connivencia con los amotinados, e indignado ante la inminente perspectiva del ataque de las tropas imperiales contra tropas imperiales, tomó su espada de oficial y ceremoniosamente se vació las entrañas en la habitación de ocho tatami de su residencia privada en la sexta manzana de Aoba-cho, en el distrito Yotsuya. Su esposa, Reiko, lo siguió clavándose un puñal hasta morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La nota de despedida del teniente consistía en una sola frase: "¡Vivan las Fuerzas Imperiales!" La de su esposa, luego de implorar el perdón de sus padres por precederlos en el camino a la tumba, concluía: "Ha llegado el día para la mujer de un soldado". Los últimos momentos de esta heroica y abnegada pareja hubieran hecho llorar a los dioses. Es menester destacar que la edad del teniente era de treinta y un años; la de su esposa, veintitrés.&lt;br /&gt;Hacía sólo dieciocho meses que se habían casado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;Los que contemplaron el retrato conmemorativo del novio y de la novia no dejaron de admirar, quizás tanto como quienes habían asistido a la boda, el elegante porte de la pareja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente, de pie junto a su esposa, estaba majestuoso en su uniforme militar. Su mano derecha descansaba sobre el puño de la espada y con la izquierda sostenía la gorra de oficial. Su expresión severa traducía claramente la integridad de su juventud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cuanto a la belleza de la novia, envuelta en sus blancas vestiduras, sería difícil encontrar las palabras adecuadas para describirla. Había sensualidad y refinamiento en sus ojos, en las finas cejas y en los labios llenos. Una mano, tímidamente asomada a la manga del vestido, sostenía un abanico, y las puntas de los dedos, agrupados delicadamente, eran como el capullo de una flor de luna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de consumado el suicidio, muchos tomaron la fotografía y se entregaron a tristes reflexiones acerca de las maldiciones que suelen recaer sobre las uniones sin tacha. Quizás fuera sólo efecto de la imaginación, pero, al observar el retrato, parecía casi que los dos jóvenes, ante el biombo dorado, contemplaran, con absoluta claridad, la muerte que los aguardaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gracias a los buenos oficios de su mediador, el teniente general Ozeki, habían podido instalarse en su nuevo hogar de Aoba-cho, en Yotsuya. En realidad aquel nuevo hogar no era sino una vieja casona alquilada, de tres dormitorios y con un pequeño jardín detrás. Utilizaban la habitación del piso superior, de ocho tatami, como dormitorio y habitación de huésped, pues el resto de la casa no recibía la luz del sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tenían sirvientes y Reiko cuidaba del hogar en ausencia de su marido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viaje de boda quedó postergado por coincidir con una época de emergencia nacional. El teniente y su esposa pasaron la primera noche de casados en la vieja casa. Muy tieso, sentado sobre el piso y con su espada frente a él, Shinji había hecho escuchar a su esposa un discurso de corte militar antes de llevarla al lecho nupcial. Una mujer que contraía matrimonio con un soldado debía saber y aceptar sin vacilaciones el hecho de que la muerte de su marido podría llegar en cualquier momento. Quizás al día siguiente. No importaba cuándo. ¿Estaba ella conforme con aceptarlo? Reiko se puso de pie y, abriendo la vitrina, tomó de ella su más preciado bien, un puñal regalado por su madre. Se comprendieron perfectamente sin necesidad de palabras y el teniente no puso nunca más a prueba la resolución de su mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante los primeros meses que siguieron a la boda, la belleza de Reiko se hizo cada día más radiante. Brillaba, serena, como la luna después de la lluvia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como ambos estaban dotados de cuerpos sanos y vigorosos, su relación era apasionada y no se limitaba a las horas de la noche. En más de una ocasión, al volver a su hogar directamente del campo de maniobras, y aún con el uniforme salpicado de barro, el teniente había poseído a su mujer en el suelo, apenas abierta la puerta de la casa. Reiko le correspondía con el mismo ardor. En aproximadamente un mes, contando con la noche de bodas, Reiko conoció la absoluta felicidad, y el teniente, al comprobarlo, se sintió también muy feliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cuerpo de Reiko era blanco y puro, y de sus pechos turgentes emanaba un rechazo firme y casto que, cuando gozaba, se mudaba en la mas íntima y acogedora tibieza. Aun en los momentos de mayor intimidad se mantenían extraordinariamente serios. Conservaban sus corazones sobrios y austeros en medio de las más embriagadoras demostraciones de pasión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente recordaba a su mujer durante el día en los cortos periodos de descanso entre su entrenamiento y su retorno al hogar, y Reiko no olvidaba a su marido en ningún momento. Cuando estaban separados, les bastaba con mirar solamente la fotografía de su casamiento para ratificar una vez más su felicidad. A Reiko no le sorprendía en lo mas mínimo que un hombre que había sido un extraño hasta algunos meses atrás se hubiese convertido en el sol alrededor del cual giraban su vida y su mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta relación tenía una base moral y seguía fielmente el mandato de los Principios de la Educación en los que se estipula que "la armonía reinará entre el marido y la mujer". Reiko no encontró jamás la ocasión de contradecir a su marido, y el teniente no tuvo motivo alguno para reñir a su mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el nicho, debajo de la escalera, junto a la tablilla del Gran Santuario Ise, habían colocado fotografías de sus Majestades Imperiales, y cada mañana, antes de partir hacia sus obligaciones, el teniente y su mujer se detenían frente a ese lugar santificado y juntos se inclinaban en una profunda reverencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ofrenda de agua se renovaba cada mañana y la rama sagrada de sakasi estaba siempre verde y fresca. Sus vidas se deslizaban bajo la solemne protección de los dioses y estaban colmadas de una felicidad intensa que hacía vibrar cada fibra de sus cuerpos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;Aun cuando la casa de Saito, Señor del Sello Privado, se hallaba en la vecindad, nadie escuchó allí el tiroteo de la mañana del 26 de febrero. Aquel fue un ruidoso toque de atención en el amanecer nevado e interrumpió bruscamente el sueño del teniente. Saltó inmediatamente de la cama y, sin pronunciar palabra, vistió el uniforme, se ajustó la espada que le tendía su mujer y se precipitó hacia la calle cubierta de nieve en el oscuro amanecer. No regresó a su hogar hasta la noche del día veintiocho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algo más tarde, Reiko escuchó por la radio las noticias sobre aquella súbita erupción de violencia. Vivió los dos días siguientes en completa y tranquila soledad tras las puertas cerradas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko había leído la presencia de la muerte en el rostro de su marido al marcharse a toda prisa bajo la nieve. Si Shinji no regresaba, su propia decisión era también muy firme. Moriría con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dedicó, entonces, a ordenar sus pertenencias personales. Eligió su mejor conjunto de kimonos como recuerdo para sus amigas de colegio y escribió un nombre y una dirección sobre el rígido papel en el que los había doblado uno por uno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como su marido le recordaba constantemente que no hay que pensar en el mañana, Reiko ni siquiera había escrito un diario, y se encontraba, ahora, en la imposibilidad de releer los pasajes en los que hubiera dado testimonio de su felicidad. Sobre la radio se destacaban un perrito de porcelana, un conejo, una ardilla, un oso y un zorro. Tampoco faltaban allí un jarrón y un recipiente para el agua. Estos objetos constituían la única colección de Reiko. Sin embargo, de nada serviría regalarlos como recuerdos. Tampoco sería apropiado pedir específicamente que fueran incluidos en su ataúd. Mientras estos objetos desfilaban por su mente, Reiko tuvo la sensación de que los animalitos parecían cada vez más tristes y desamparados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomó la ardilla en su mano y la observó. Fue entonces cuando, con sus pensamientos puestos en un reino mucho más alejado que estos afectos infantiles, vio en la lontananza los principios, vitales como el sol, que personificaba su marido. Estaba pronta y feliz de terminar sus días en compañía de aquel hombre deslumbrante, pero en ese momento de soledad se permitió refugiarse con el inocente afecto por aquellas bagatelas. Ya había pasado el tiempo en que realmente las había amado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora solamente acariciaba su recuerdo y el lugar que ocuparan en su corazón se había colmado definitivamente con pasiones más intensas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko jamás había supuesto que las turbadoras emociones de la carne fueran sólo un placer. La baja temperatura de febrero y el contacto con la gélida porcelana de la ardilla habían entumecido sus dedos. Sin embargo, bajo los dibujos simétricos de su acicalado kimono meisen podía sentir, cuando recordaba los poderosos brazos del teniente, una cálida humedad que, desde su piel, desafiaba al frío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No experimentaba absolutamente ningún temor por la muerte que rondaba en la cercanía. Mientras esperaba sola en su casa, Reiko no dudaba que la angustia y la congoja que estaría experimentando su marido en aquellos momentos la llevarían, con tanta certeza como su intensa pasión, a una muerte agradable. Sentía en lo más hondo que su cuerpo podría disolverse con facilidad y convertirse en una sola cosa con el pensamiento de su marido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A través de las informaciones de la radio, escuchó los nombres de varios colegas de su marido mencionados entre los insurgentes. Éstas eran noticias de muerte. Se preguntaba ansiosamente, a medida que la situación se hacía más difícil, por qué no se emitía una Ordenanza Imperial. El movimiento, que en un principio había parecido ser un intento de restaurar el honor nacional, se había convertido gradualmente en algo llamado motín. El regimiento no había dado ningún comunicado y se suponía que, en cualquier momento, podría comenzar la lucha en las calles aún cubiertas de nieve.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El veintiocho, a la caída del sol, furiosos golpes estremecieron a Reiko. Bajó precipitadamente las escaleras, y mientras, con dedos inexpertos, tiraba del pasador, la silueta apenas delineada tras los vidrios cubiertos de escarcha, no emitía sonido alguno. Sin embargo, no dudó de la presencia de su marido. Nunca antes había tenido tanta dificultad en abrir la puerta .Cuando finalmente pudo lograrlo, se encontró frente al teniente enfundado en un capote color kaki y con las botas de campaña salpicadas de barro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko no comprendió por qué Shinji cerró la puerta y corrió nuevamente el pasador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bienvenido a casa -la joven ejecuta una profunda reverencia a la cual su marido no responde. Se había quitado la espada y comenzaba a desembarazarse del capote. Ella quiso ayudarlo. La chaqueta, que estaba fría y húmeda y había perdido el olor a estiércol que tenía normalmente cuando se la exponía al sol, le pesaba en el brazo. La colgó de una percha y sosteniendo la espada y el cinturón de cuero entre sus mangas, esperó a que su marido se quitase las botas. Luego, lo siguió hasta el cuarto de estar: la habitación de seis tatami.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajo la clara luz de la lámpara, el rostro barbudo y agotado de su marido era casi irreconocible. Las mejillas hundidas habían perdido su brillo y elasticidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En circunstancias normales hubiera cambiado su ropa por otra de casa, y la hubiera urgido a servir la comida de inmediato. En cambio, aquella noche se sentó frente a la mesa vistiendo el uniforme y con la cabeza hundida sobre el pecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko se abstuvo de preguntar si debía preparar la comida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo no sabía nada -dijo el hombre al cabo de un silencio-. No me pidieron que me uniera a ellos .Quizás no lo hicieron al saberme recién casado. Kano, Homma y, también, Yamaguchi.&lt;br /&gt;Reiko evocó los rostros de los alegres oficiales jóvenes, amigos de su marido, que habían ido a aquella casa en calidad de invitados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Quizás mañana se publique una Ordenanza Imperial. Supongo que serán juzgados como rebeldes. Estaré a cargo de la unidad con órdenes de atacarlos... No puedo hacerlo. Sería simplemente imposible -guardó un corto silencio-. Me han dispensado de las guardias y estoy autorizado para volver a casa por una noche. Mañana, a primera hora, deberé unirme al ataque sin proferir una réplica. No puedo hacerlo, Reiko...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko estaba sentada, muy tiesa, con los ojos bajos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comprendía muy claramente que su marido hablaba en términos de muerte. El teniente estaba resuelto y, aun cuando todavía planteaba el dilema, en su mente ya no cabían vacilaciones.&lt;br /&gt;Sin embargo, en el silencio que se estableció entre ambos, todo quedó claro con la misma transparencia de un cauce alimentado por el deshielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en su casa después de la larga prueba de dos días y contemplando el rostro de su hermosa mujer, el teniente experimentó, por primera vez, una verdadera paz interior. Había intuido de inmediato que su mujer conocía la resolución que ocultaban sus palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, entonces... -el teniente abrió, grandes, los ojos. Pese al cansancio, su mirada era fuerte y transparente y no la apartó de su esposa-. Esta noche me abriré el estómago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko no vaciló.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estoy preparada -dijo-, permíteme acompañarte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente se sintió casi hipnotizado por la mirada implorante de su esposa. Sus palabras comenzaron a fluir rápida y fácilmente, como expresadas en delirio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otorgó su aprobación a aquella empresa vital en una forma descuidada y negligente que parecía escapar a su entendimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien. Nos iremos juntos. Pero, antes, quiero que seas testigo de mi muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya de acuerdo, sus corazones se vieron inundados por una repentina felicidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko estaba profundamente conmovida por la confianza que depositaba en ella su marido. Era vital para el teniente que no se cometieran irregularidades en su muerte. Por esta razón era necesario un testigo. Y el haber elegido para tal fin a su mujer, demostraba una profunda y absoluta confianza. En segundo lugar, y esto era aun más importante, aunque había rogado a Reiko que muriera con él, ni siquiera intentaba matar a su esposa primero, sino que dejaba aquel momento librado al criterio de ella, para cuando él ya no estuviera allí, verificándolo todo. Si el teniente hubiera abrigado la menor sospecha, cumpliendo el pacto de los suicidas, hubiera preferido matarla primero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Reiko dijo: "Permíteme acompañarte", el teniente apreció en estas palabras el fruto final de las enseñanzas impartidas a su mujer desde la noche del casamiento. La había educado en forma tal que, llegado el momento, respondía en los exactos términos que correspondían. Era éste un halago a la confianza en sí mismo que alimentaba Shinji... No era ni tan romántico ni tan presuntuoso como para creer que esas palabras eran dichas espontáneamente, sólo por amor.&lt;br /&gt;Sus corazones estaban tan inundados de felicidad, que no podían dejar de sonreír. Reiko se sentía nuevamente en la noche de bodas. Ante sus ojos no existían ni el dolor ni la muerte. Sólo creía ver un ilimitado espacio abierto hacia vastos horizontes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-El agua está caliente. ¿Te darás un baño ahora?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, por supuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y la comida...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las palabras fueron pronunciadas en un tono tan tranquilo y doméstico, que, por una fracción de segundo, el teniente creyó haber sido juguete de una alucinación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No creo que sea necesario. ¿Podrás calentar un poco de sake?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Como quieras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko se levantó y al tomar del ropero un vestido tanzan para después del baño, atrajo deliberadamente la atención de su marido sobre los cajones vacíos. El teniente observó el interior del mueble. Leyó las direcciones sobre los regalos recordatorios. No hubo pena en él frente a la heroica determinación de Reiko. Como un marido a quien su joven esposa enseña con orgullo sus compras pueriles, el teniente, inundado de afecto, abrazó a su mujer cariñosamente por la espalda y le besó el cuello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko sintió la aspereza de aquel rostro sin afeitar. Esta sensación encerraba para ella toda la alegría del mundo, y ahora -sintiendo que iba a perderla para siempre- contenía una frescura mas allá de toda experiencia. Cada momento parecía contener una infinita fuerza vital. Los sentidos se despertaron en todo su cuerpo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aceptando las caricias de Shinji, Reiko se alzó sobre la punta de los pies y dejó que aquella vitalidad atravesara su cuerpo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Primero, el baño, y luego, después de tomar sake... Prepara las camas arriba, ¿quieres?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente susurró algo en el oído de su mujer, y ella asintió silenciosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente se quitó apresuradamente el uniforme y se dirigió al baño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al escuchar el suave rugido del agua, Reiko llevó carbón hasta el cuarto de estar y empezó a calentar el sake.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomó el tanzen, un fajín y su ropa interior. Se dirigió al baño para controlar el calor del agua. En medio de una nube de vapor, el teniente se afeitaba con las piernas cruzadas en el suelo. Ella pudo distinguir los músculos de su fuerte espalda húmeda que respondían a los movimientos de sus brazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada sugería algún acontecimiento anormal. Reiko se ocupaba diligentemente de sus tareas y preparaba platos improvisados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus manos no temblaban y se mostraba más eficiente y desenvuelta que de costumbre. De tanto en tanto sentía extrañas palpitaciones en el centro del pecho, pero eran como luces distantes. Tenían un momento de gran intensidad y luego se desvanecían sin dejar huellas. Omitiendo esto, no parecía ocurrir nada fuera de lo habitual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras se afeitaba en el baño, el teniente sintió que su cuerpo tibio se libraba milagrosamente de la desesperada fatiga de aquellos días de incertidumbre y se llenaba de una agradable expectativa pese a la muerte que lo aguardaba. Podía oír vagamente los ruidos habituales con que su mujer cumplía sus quehaceres, y un saludable deseo físico, postergado durante dos días, se presentó nuevamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente confiaba en que no había habido impureza en el goce experimentado mientras resolvían morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ambos habían sentido en aquel momento, aun cuando no de una manera clara y consciente, que esos placeres permisibles estaban nuevamente bajo la protección del Bien y del Poder Divino. Los protegía una moralidad total e intachable. Al mirarse a los ojos descubrieron en su interior una muerte honorable, estaban de nuevo a salvo tras las paredes de acero que nadie podría destruir, enfundados en la impenetrable coraza de la Belleza y la Verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente podía entonces considerar su patriotismo y las urgencias de su carne como un todo.&lt;br /&gt;Acercó más aun la cara al oscuro y agrietado espejo de pared y se afeitó cuidadosamente. Aquel era el rostro que presentaría a la muerte y era importante que no tuviera imperfecciones. Sus mejillas, recién afeitadas, irradiaban nuevamente el brillo de la juventud y parecían iluminar la opacidad del espejo. Sintió que había cierta elegancia en la asociación de la muerte con aquella cara sana y radiante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sería su rostro de difunto. En realidad ya había dejado a medias de pertenecerle para convertirse en el busto de un soldado muerto. A título de experimento, cerró fuertemente los ojos y todo quedó envuelto en la oscuridad. Ya no era una criatura viviente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al salir del baño, con un tenue reflejo azulado bajo la tersa piel de las mejillas, se sentó junto al brasero de carbón. Advirtió que, pese a hallarse ocupada, Reiko había encontrado el tiempo necesario para retocar su cara. Su rostro estaba fresco y sus labios húmedos. Era imposible encontrar en ella el menor rastro de tristeza, y al observar aquella demostración de la personalidad apasionada de su mujer, el teniente pensó que había elegido la esposa que le correspondía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tan pronto como hubo vaciado su taza de sake, se la ofreció a Reiko, quien nunca lo había probado. La joven bebió un sorbo, tímidamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ven aquí-dijo el teniente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko se acercó a su marido, y mientras él la abrazaba ella se sintió profundamente conmovida, como si la tristeza, la alegría y el poderoso sake se mezclaran dentro de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente contemplo las facciones de su esposa. Era el último rostro que vería en este mundo. Lo estudió minuciosamente con los ojos de un viajero despidiéndose de espléndidos paisajes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko tenía una cara de rasgos regulares, sin ser fríos, y de labios suaves. El teniente, que no se cansaba de contemplarla, la besó en la boca. Y repentinamente, sin que se alterara su belleza por el llanto, las lágrimas comenzaron a brotar lentamente bajo las largas pestañas y corrieron como hilos brillantes por sus mejillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego Shinji quiso subir al dormitorio, pero ella le suplicó que le diera tiempo a tomar su baño. El teniente subió, pues, solo, y se acostó con los brazos y las piernas abiertas en la habitación entibiada por la estufa de gas. El tiempo que transcurrió esperando a su mujer no fue más largo de lo habitual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Colocó las manos bajo la cabeza y observó las vigas del techo. ¿Esperaba la muerte? ¿Un salvaje éxtasis de los sentidos? Ambas cosas parecían sobreponerse, como si el objeto del deseo físico fuera la muerte propia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente nunca había gozado de una libertad tan absoluta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un coche frenó y pudo escuchar el chirrido de las ruedas patinando sobre la nieve apilada en los bordes de la calle. La bocina repercutió en las paredes cercanas. Al percibir esos ruidos, Shinji pensó que aquella casa se levantaba como una isla solitaria en el océano de una sociedad ocupada incansablemente en los mismos asuntos de siempre. A su alrededor se extendía desordenadamente el país por el cual estaba sufriendo y a punto de dar la vida. No sabía ni le importaba si aquella gran nación reconocería su sacrificio. En su campo de batalla no existía la gloria. Era la trinchera del espíritu.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los pasos de Reiko resonaron en la escalera. Crujían los empinados escalones de la antigua morada y estos sonidos inundaron al teniente de gratos recuerdos. En cuantas ocasiones los había escuchado desde la cama. Al reflexionar en que ya no volvería a percibirlos, se concentró en ellos tratando de que cada rincón de aquel tiempo precioso se colmara con el ruido de las suaves pisadas de la vieja escalera. Tales instantes parecieron transformarse en joyas rutilantes de luz interior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko tenia un fajín sobre el yukata y su rojo estaba atenuado por la media luz. El teniente quiso asirla y la mano de Reiko corrió en su ayuda. El fajín cayó al suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella estaba de pie frente a él, vistiendo su yukata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre hundió las manos en las aberturas laterales bajo las mangas y la abrazó intensamente. El roce de sus dedos sobre la piel desnuda, sentir que las axilas se cerraban suavemente sobre sus manos, encendió aun más su pasión y, pocos instantes más tarde, ambos yacían desnudos frente al brillante fuego de la estufa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pronunciaron palabra alguna, pero sus cuerpos y sus corazones se inflamaron al saber que aquel sería el último encuentro. Era como si las palabras "ÚLTIMA VEZ" hubieran sido estampadas con pinceladas invisibles sobre cada centímetro de sus cuerpos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente atrajo a su mujer y la besó con vehemencia. Sus lenguas exploraron las bocas, adentrándose en su interior suave y húmedo, y fue como si las aún desconocidas agonías de la muerte templaran sus sentidos como el acero al rojo vivo. Los lejanos dolores finales habían refinado su percepción amorosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es la ultima vez que voy a verte -murmuró el teniente-. Déjame mirar... -y tomando la lámpara en su mano, dirigió un haz de luz sobre el cuerpo extendido de Reiko.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella había cerrado los ojos. La luz de la lámpara destacaba la majestuosidad de su carne blanca. El teniente con un dejo de egocentrismo, se alegró pensando en que jamás vería esa belleza derrumbándose frente a la muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente contempló sin apuro aquel inolvidable espectáculo. Acariciaba la sedosa cabellera, palmeaba suavemente el bello rostro y besaba todos los puntos donde se detenía su mirada. La frente alta tenía una serena frescura, los ojos cerrados se orlaban de largas pestañas bajo las cejas finamente dibujadas y el brillo de los dientes se entreveía por los labios llenos y regulares... Todo ello configuraba en la mente del teniente la visión de una máscara mortuoria verdaderamente radiante y una y otra vez apretó sus labios contra la blanca garganta donde la mano de Reiko no tardaría en descargar su certero golpe. El cuello enrojeció bajo los besos y volviendo suavemente a los labios de su amada, apoyó su boca sobre ellos con el fluctuante movimiento de un pequeño bote. Cerrando los ojos, el mundo se convertirá, así, en una mecedora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La boca del teniente seguía fielmente el recorrido de sus ojos. Los pechos altos y turgentes, terminados como capullos de cerezo silvestre, se endurecían al contacto de sus labios. Los brazos emergían malsanamente a ambos lados, afinándose hacia las muñecas, pero sin perder su redondez ni simetría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dedos delicados eran aquellos que habían sostenido el abanico durante la ceremonia nupcial. A medida que el teniente los besaba, se retraían como avergonzados. El hueco natural de esa curva entre el pecho y el estómago tenía en sus líneas no sólo la sugestión de la tersura, sino la fuerza de la elasticidad y anunciaba las ricas curvas que se extendían hasta las caderas. La riqueza y la blancura del vientre y las caderas eran como la leche contenida en un recipiente amplio. El hoyo sombreado del ombligo podía haber sido la huella de una gota de agua recién caída allí. Donde las sombras se hacían más intensas, el vello crecía apretado, dulce y sensible, y a medida que la excitación aumentaba en aquel cuerpo que había dejado de mostrarse pasivo, un aroma de flores ardientes se hacia cada vez más penetrante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko habló, por fin, con voz trémula:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muéstrame... Déjame mirar por última vez...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Shinji no había escuchado nunca de labios de su mujer un ruego tan firme y definido. Era como si su modestia ya no podía ocultar algo que, ahora, se libraba de las trabas que la oprimían. El teniente se recostó sumisamente para someterse a los requerimientos de su mujer. Ella alzó ágilmente su cuerpo blanco y tembloroso y ardiendo en un inocente deseo de devolverle todo cuanto había hecho por ella, puso los dedos sobre los ojos de Shinji y los cerró suavemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Repentinamente inundada de ternura, con las mejillas encendidas por el vértigo de la emoción, Reiko abrazó la cabeza rapada del teniente y el pelo afeitado lastimó su pecho. Aflojando el abrazo, contempló luego el rostro varonil de su marido. Las cejas severas, los ojos cerrados, el espléndido puente de la nariz, los labios bien dibujados y firmes. Reiko comenzó a besarlos, se detuvo en la ancha base del cuello, en los hombros fuertes y erguidos, en el pecho poderoso con sus círculos gemelos semejantes a escudos de ásperos pezones. Un olor dulce y melancólico se desprendía de las axilas profundamente sombreadas por la carne abundante del pecho y de los hombros. En cierto modo, la esencia de la muerte joven estaba contenida en aquella dulzura. La piel desnuda del teniente relucía como un campo de cebada y podía observar los músculos en relieve convergiendo sobre el abdomen alrededor del ombligo pequeño y modesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al mirar el estómago firme y joven, púdicamente cubierto por un vello vigoroso, Reiko pensó que pronto iba a ser cruelmente lacerado por la espada y, reclinando la cabeza, rompió en sollozos y lo cubrió con sus besos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al sentir las lágrimas de su mujer, el teniente se sintió capaz de afrontar valerosamente las más crueles agonías del suicidio. Resulta fácil imaginar a qué éxtasis llegaron después de aquellos tiernos intercambios. El teniente se incorporó y rodeó con un potente abrazo a su mujer, cuyo cuerpo estaba exhausto luego de tantas lágrimas y aflicciones. Juntaron sus caras apasionadamente, restregando las mejillas. El cuerpo de Reiko temblaba. Sus pechos húmedos estaban fuertemente apretados y cada milímetro de aquellos cuerpos jóvenes y hermosos se habían compenetrado tanto con el otro que parecía imposible que se separaran jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko gritó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde las altura se sumergieron en el abismo, y, de allí, una vez más hasta embriagantes alturas. El teniente jadeaba como el portador de un estandarte...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al terminarse su ciclo, surgía inmediatamente una nueva ola de placer y, juntos, sin muestras de fatiga, se elevaron nuevamente hasta la cima misma de un nuevo movimiento jadeante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;Cuando Shinji se volvió finalmente no fue por cansancio. No quería agotar la considerable fuerza física que necesitaría para llevar a cabo el suicidio. Ademas, hubiera lamentado enturbiar la dulzura de aquellos últimos momentos abusando de esos goces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko, con su habitual complacencia, siguió el ejemplo de su marido. Los dos yacían desnudos, con los dedos entrelazados, mirando fijamente el oscuro cielo raso. La habitación estaba caldeada por la estufa y en la noche silenciosa no se escuchaba el trafico callejero. Ni siquiera llegaba hasta ellos el fragor de los trenes y autobuses de la estación Yotsuya, que se perdía en el parque densamente arbolado frente a la ancha carretera que bordea el Palacio Akasaka. Resultaba difícil pensar en la tensión existente en el barrio donde las dos facciones del Ejercito Imperial se preparaban para la lucha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Deleitándose en su propio calor, los jóvenes rememoraron en silencio los éxtasis recientes. Revivieron cada momento de la pasada experiencia, recordaron el gusto de los besos nunca agotados, el contacto de la piel desnuda, tanta embriagante felicidad .Pero ya entonces, el rostro de la muerte acechaba desde las vigas del techo. Aquellos habían sido los últimos placeres de los que sus cuerpos no disfrutarían nunca más. Ambos pensaron que, aun cuando vivieran hasta una edad avanzada, no volverían a disfrutar de un goce tan intenso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También se desprenderían sus dedos entrelazados. Hasta los dibujos de las oscuras vetas de la madera, desaparecerían pronto. Era posible detectar el avance de la muerte. En aquel momento ya no cabían dudas. Era menester tener el coraje necesario, salirle al encuentro y atraparla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Podemos prepararnos -dijo el teniente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La determinación que encerraban sus palabras era inconfundible, pero tampoco había habido nunca tan cálidas y tiernas inflexiones en su voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varias tareas los aguardaban. El teniente, que no había ayudado nunca a guardar las camas, empujó la puerta corrediza del armario, alzó el colchón y lo depositó dentro de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko apagó la estufa y la luz. En ausencia del teniente lo había aseado todo cuidadosamente, y ahora aquella habitación de ocho tatami presentaba la apariencia de una sala lista para recibir a importantes invitados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquí bebieron Kano y Homma y Noguchi...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, eran todos grandes bebedores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nos reuniremos pronto con ellos en el otro mundo. Se burlarán de nosotros cuando adviertan que te llevo conmigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al bajar la escalera, el teniente se volvió para contemplar la limpia y tranquila habitación iluminada por la lámpara. En su mente flotaba el recuerdo de los jóvenes oficiales que allí habían bebido y bromeado inocentemente. Nunca había imaginado, entonces, que en aquella habitación se abriría el estómago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El matrimonio se ocupó despacio y serenamente de sus respectivos preparativos en las dos habitaciones de la planta baja. El teniente fue primero al retrete, y luego, al baño a lavarse. Mientras tanto, Reiko doblaba y guardaba la bata acolchada de su marido; ordenaba la túnica del uniforme, los pantalones y un taparrabos blanco recién cortado; disponía unas hojas de papel sobre la mesa del comedor para las notas de despedida. Luego, tomó la caja que contenía los instrumentos para escribir, y comenzó a raspar la tableta para hacer tinta. Ya había decidido el contenido de su última misiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dedos de Reiko apretaron fuertemente las frías letras doradas de la tableta y el agua del tintero se tiñó inmediatamente como si una oscura nube hubiera pasado sobre él. Todo aquello no era sino una solemne preparación para la muerte. La rutina doméstica o una forma de pasar el tiempo hasta que llegara el momento del enfrentamiento definitivo. Una inexplicable oscuridad brotaba del olor de la tinta al espesarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente salió del baño. Vestía el uniforme sobre la piel. Sin pronunciar una palabra, tomó asiento frente a la mesa y, empuñando el pincel, permaneció indeciso frente al papel que tenía delante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko tomó un kimono de seda blanca y, a su vez, entró en el baño. Cuando reapareció en la habitación, ligeramente maquillada, la misiva ya estaba terminada. El teniente la había colocado bajo la lámpara. Las gruesas pinceladas solo decían:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"¡Vivan las fuerzas imperiales! - Teniente del ejército, Takeyama Shinji."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente observó en silencio los controlados movimientos con que los dedos de su mujer manejaban el pincel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con sus respectivas esquelas en la mano -la espada del teniente ajustada sobre su costado y la pequeña daga de Reiko dentro de la faja de su kimono blanco-, ambos permanecieron frente al santuario, rezando en silencio. Luego, apagaron todas las luces de la planta baja. Mientras subían, el teniente volvió la cabeza y observó la llamativa silueta de su mujer que, toda vestida de blanco y los ojos bajos, iba tras él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acomodaron las notas de despedida una junto a la otra en la alcoba de la planta baja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un momento pensaron en descolgar el pergamino, pero como había sido escrito por su mediador el teniente general Ozzeki y consistía en dos caracteres chinos que significaban "Sinceridad", lo dejaron donde estaba. Pensaron que, aunque se manchara con sangre, el teniente general no se ofendería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Shinji tomó asiento de espaldas a la habitación y, muy erguido, colocó su espada frente a él. Reiko se sentó frente a él, a un tatami de distancia. El toque de pintura en sus labios parecía aun más seductor sobre el severo fondo blanco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se miraron intensamente a los ojos a través de la distancia de un tatami que los separaba. La espada del teniente casi tocaba sus rodillas. Al verla, Reiko recordó la primera noche de casada, y se sintió abrumada de tristeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, el teniente habló con voz ronca:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Como no voy a tener quién me ayude, me haré un corte profundo. Puede que sea desagradable. Por favor, no te asustes. La muerte es algo horrible de presenciar, en cualquier circunstancia. No debes dejarte atemorizar, ¿comprendes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko asintió con una profunda inclinación de cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al mirar la figura esbelta de su mujer, el teniente experimentó una extraña excitación. Estaba por llevar a cabo un acto que requería toda su capacidad de soldado, algo que exigía una resolución similar al coraje que se necesita para entrar en combate. Sería una muerte no menos importante ni de menor calidad que si hubiera muerto en el frente de batalla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por unos instantes el pensamiento llevó al teniente a elaborar una rara fantasía. Una muerte solitaria en el campo de lucha, una muerte frente a los ojos de su hermosa esposa... Una dulzura sin límites lo invadió al experimentar la sensación de que iba a morir en aquellas dos dimensiones, conjugando la imposible unión de ambas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Este debe ser el pináculo de la buena fortuna", pensó. El hecho de que aquellos hermosos ojos observaran cada minuto de su muerte, equivaldría a ser llevado al más allá en alas de una brisa fragante y sutil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Presentía en aquella circunstancia una suerte de merced especial, vedada a los demás, a él solo dispensada. El teniente creyó ver en su radiante esposa, ataviada como una novia, el compendio de todo lo amado por lo cual iba, ahora, a entregar la vida. La Casa Imperial, la Nación, la bandera del Ejército. Todas ellas eran presencias que, como su esposa, lo observaban atentamente con ojos transparentes y firmes. Reiko también contemplaba a su marido que tan pronto habría de morir, pensando que jamás había visto algo tan maravilloso en el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El uniforme siempre le sentaba bien, pero ahora, mientras se enfrentaba a la muerte con cejas severas y labios firmemente apretados, irradiaba lo que podría llamarse una esplendorosa belleza varonil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es hora de partir -dijo, por fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko dobló su cuerpo hasta el suelo en una profunda reverencia. No podía alzar el rostro. No quería arruinar su maquillaje con las lágrimas que le resultaban imposibles de contener.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando finalmente alzó la mirada, vio borrosamente, a través de las lágrimas, que su marido había enroscado una venda blanca alrededor de su espada ahora desenvainada; sólo dejaba en la punta doce o quince centímetros de acero al desnudo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apoyando la espada en el tatami que tenía frente a él, el teniente se alzó sobre las rodillas, se sentó nuevamente con las piernas cruzadas y desabrochó el cuello del uniforme. Sus ojos no verían ya a su mujer. Lentamente, se desprendió uno por uno los botones chatos de metal. Observó primero su pecho oscuro y, luego, su estómago. Desató el cinturón y se desabrochó los pantalones. Tomó el taparrabos con ambas manos y lo tiró hacia abajo para dejar más libre al estómago. Luego empuñó la espada con la venda blanca en su filo, mientras que, con la mano izquierda, masajeaba su abdomen. Conservaba la mirada baja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para verificar el filo, el teniente abrió la parte izquierda del pantalón, dejando parte del muslo a la vista, y deslizó el filo sobre la piel. La sangre brotó inmediatamente de la herida y varias gotas brillaron a la luz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era la primera vez que Reiko veía la sangre de su marido y experimentó violentas palpitaciones en el pecho. Observó el rostro del teniente y vio que estudiaba con calma su propia sangre. Pese a que aquel era un consuelo superficial, Reiko sintió cierto alivio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los ojos del hombre se fijaron en ella con una mirada penetrante como la de un halcón. Colocando la espada frente a él, se alzó ligeramente sobre sus músculos e inclinó la parte superior del cuerpo sobre la punta de la espada. La excesiva tensión que presentaba la tela del uniforme, indicaba a las claras que estaba reuniendo todas sus fuerzas. Se proponía asestar un profundo golpe en la parte izquierda del estómago y su grito agudo traspasó el silencio de la habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pese al esfuerzo, el teniente tuvo la sensación de que era otro quien había golpeado su estómago como con una gruesa barra de hierro. Durante algunos segundos su cabeza giró vertiginosamente y no recordó cuánto había sucedido. Los doce o quince centímetros de punta desnuda habían desaparecido completamente en su carne, y el vendaje blanco, fuertemente sujeto por su puño cerrado, le presionaba directamente el estómago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuperó la conciencia. Pensó que el filo debía haber atravesado las paredes del abdomen. Su respiración era dificultosa, el pecho le palpitaba violentamente y en alguna zona remota, aparentemente desligada de su persona, un dolor terrible e insoportable se alzaba en forma avasalladora como si la tierra se abriera para vomitar un cauce de rocas hirvientes. El dolor se acercó, de pronto, a una velocidad vertiginosa. El teniente se mordió el labio inferior y sofocó un lamento instintivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"¿Es esto el seppuku?", pensó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Experimentaba una sensación de caos total, como si el cielo se hubiera desplomado sobre él y todo el universo girara como bajo el efecto de una enorme borrachera. Su fuerza de voluntad y coraje, que tan fuertes se manifestaran antes de la incisión, se habían reducido, ahora, a una fibra de acero del grosor de un cabello. Lo asaltó la incómoda sensación de que tendría que avanzar asido a esa fibra con toda su desesperación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algo humedecía su puño y, bajando la mirada, vio que, tanto su mano como el paño que envolvía la hoja, estaban empapados en sangre. También su taparrabos estaba teñido de un rojo intenso. Le pareció increíble que en medio de aquella agonía, las cosas visibles pudieran ser todavía vistas y las cosas existentes, existir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko luchó por no correr al lado de su esposo al observar la mortal palidez que invadía sus rasgos después de clavarse la espada. Sucediera lo que sucediera, su misión era la de observar. Ser testigo. Tal era la obligación contraída con el hombre amado. Frente a ella, a un tatami de distancia, podía ver cómo su marido se mordía los labios para ahogar el dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko no contaba con ningún medio para rescatarlo a él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La transpiración brillaba en su frente. Shinji cerró los ojos para abrirlos luego, nuevamente, como quien hace un experimento. Su mirada había perdido todo brillo y los suyos parecían los ojos inocentes y vacíos de un animalito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La agonía que se desarrollaba frente a Reiko la quemaba como un implacable sol de verano, pero era algo totalmente alejado de la pena que parecía estar partiéndola en dos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dolor crecía con regularidad. Reiko sentía que su marido se había convertido en un ser de un mundo aparte, en un hombre íntegramente disuelto en el dolor, en un prisionero en una jaula de sufrimiento, y mientras pensaba, comenzó a sentir como si alguien hubiera levantado una cruel muralla de cristal entre ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde su matrimonio, la existencia de su marido se había convertido en la suya propia, y cada respiración de Shinji parecía pertenecer a Reiko. En cambio, ahora, mientras que la existencia de su marido en el dolor era una realidad viviente, Reiko no podía encontrar en su pena ninguna prueba concluyente de su propia existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Usando solamente la mano derecha, el teniente comenzó a cortarse el vientre de un lado a otro. Pero a medida que la hoja se enredaba en las entrañas, era rechazada hacia fuera por la blanda resistencia que encontraba allí. El teniente comprendió que sería menester usar ambas manos para mantener la punta profundamente hundida en su cuerpo. Tiró hacia un costado, pero el corte no se produjo con la facilidad que había esperado. Concentró toda la energía de su cuerpo en la mano derecha y tiró nuevamente. El corte se agrandó ocho o diez centímetros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dolor se extendió como una campana que sonara en forma salvaje. O como mil campanas tocando al unísono con cada respiración y con cada latido, estremeciendo todo su ser. El teniente no podía contener los gemidos. Pero la hoja ya se había abierto camino hasta debajo del ombligo. Al advertirlo, Shinji sintió un renovado coraje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El volumen de la sangre no había dejado de aumentar y ahora manaba por la herida como originado por el latir del pulso. La estera estaba empapada de sangre que seguía renovándose con aquella que chorreaba de los pliegues del pantalón kaki del teniente. Una salpicadura, semejante a un pájaro, voló hacia Reiko y manchó la falda de su kimono de seda blanca. Cuando el teniente pudo, por fin, desplazar la espada hacia el costado derecho, ésta ya cortaba superficialmente y era posible contemplar su punta desnuda resbalándose de sangre y grasa. Atacado súbitamente por terribles vómitos, el teniente gritó roncamente. Los vómitos volvieron aun más horrendo el dolor, y el estómago, que hasta aquel momento se había mantenido firme y compacto, explotó de repente, dejando que las entrañas reventaran por la herida abierta. Ignorantes del sufrimiento de su dueño, las entrañas de Shinji causaban una impresión de salud y desagradable vitalidad que las hacía escurrirse blandamente y desparramándose sobre la estera. La cabeza del hombre se abatió, sus hombros se estremecieron y un fino hilo de saliva goteó de su boca. Las insignias doradas brillaban a la luz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo estaba lleno de sangre. El teniente estaba empapado de ella hasta las rodillas, y ahora se sentaba en una posición encogida y desamparada con una mano en el piso. Un olor acre inundaba la habitación. La cabeza del hombre colgaba en el vacío y su cuerpo se sacudía en interminables arcadas. La hoja de la espada, expulsada de sus entrañas, estaba totalmente expuesta y aun sostenida por la mano derecha del teniente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sería difícil imaginar una visión más heroica que la del teniente reuniendo sus fuerzas y echando la cabeza hacia atrás. La violencia del movimiento hizo que la cabeza del teniente chocara contra uno de los pilares de la alcoba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta aquel momento, Reiko había permanecido sentada con la mirada baja, como encandilada por el flujo de la sangre que avanzaba hacia sus rodillas, pero el golpe la sorprendió y tuvo que alzar la vista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rostro del teniente no era el del hombre con vida. Los ojos estaban vacíos, la piel lívida, las mejillas y los labios tenían el color de la tierra seca. Sólo la mano derecha se movía aun sosteniendo laboriosamente la espada. Se agitó convulsamente en el aire, como la mano de un títere, y luchó por dirigir la punta de la espada hasta la base del cuello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko contempló cómo su marido intentaba este último, conmovedor y fútil esfuerzo. Brillando de sangre y grasa, la punta se descargaba una y otra vez sobre la garganta. Siempre fallaba. No le quedaban fuerzas para guiarla y sólo chocaba contra las insignias del cuello del uniforme que se había cerrado nuevamente y protegía la garganta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko no soportó aquella visión por más tiempo. Intentó ir en ayuda de Shinji, pero le resultaba imposible ponerse en pie. Se arrastró de rodillas y su falda se tiñó de un rojo intenso. Se colocó detrás de su marido y lo ayudó abriendo solamente el cuello del uniforme. La hoja vacilante tomó finalmente contacto con la piel desnuda de la garganta. Reiko tuvo la sensación de haber empujado a su marido hacia adelante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No fue así. El teniente había dado una última demostración de fortaleza. Echó su cuerpo violentamente contra la hoja y el filo perforó su cuello, apareciendo luego por la nuca. El teniente permaneció inmóvil mientras un tremendo chorro de sangre lo inundaba todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;Reiko descendió lentamente la escalera. Sus medias estaban resbalosas de sangre. En la habitación superior reinaba ahora la más absoluta calma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Encendió las luces de la planta baja, verificó los quemadores y la llave principal del gas. Echó agua sobre el carbón humeante y semiapagado del brasero. Se detuvo frente al espejo de la habitación de cuatro tatami, y medio alzó su falda. Las manchas de sangre parecían un alegre dibujo estampado en la parte inferior de su kimono blanco. Al instalarse frente al espejo, sintió la fría humedad de la sangre de su marido en los muslos y tuvo un estremecimiento. Se entretuvo largamente en el baño. Aplicó una generosa capa de rouge sobre sus mejillas y también abundante pintura en los labios. Este maquillaje ya no estaba destinado a agradar a su marido. Se maquillaba para el mundo que estaba a punto de abandonar. Había algo espectacular y magnífico en los toques de su pincel. Al levantarse, advirtió que la sangre había mojado la estera dispuesta frente al espejo. Reiko no lo tuvo ya en cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La joven se detuvo al pisar el corredor de cemento que llevaba a la galería. Su marido había cerrado el pestillo de la puerta la noche anterior en un acto de preparación a la muerte, y durante un instante se sumió en la consideración de un simple problema, ¿dejaría el cerrojo echado? De hacerlo así, podrían transcurrir varios días antes de que los vecinos advirtieran el suicidio. A Reiko no le agradó la idea de dos cadáveres descomponiéndose antes de ser descubiertos. Después de todo, sería mejor dejar la puerta abierta...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió el cerrojo y dejó la puerta de vidrios escarchados ligeramente entreabierta. El viento helado se coló de inmediato en la habitación. Nadie pasaba por la calle, era medianoche y las estrellas resplandecían tan frías como el hielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko dejó la puerta entornada y subió las escaleras. Durante varios minutos caminó de un lado a otro. La sangre ya se había secado en sus medias. De pronto, un olor peculiar llegó hasta ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teniente yacía, boca abajo, en un mar de sangre. La punta de la espada, que sobresalía de su nuca, parecía haberse hecho más prominente aún. Reiko anduvo negligentemente entre la sangre y se sentó al lado del cadáver de su marido. Lo observó atentamente. Tenía la mejilla apoyada en la alfombra, los ojos estaban muy abiertos, como si algo hubiera despertado su atención. Ella alzó la cabeza, la apoyó sobre su manga y, limpiándose la sangre de los labios, lo besó por última vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego tomó del armario una bata blanca y un cordón. Para evitar que su falda se desordenara, envolvió la manta alrededor de su cintura y la sujetó firmemente con el cordón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko se sentó muy cerca de Shinji. Extrajo la daga de su faja, examinó el brillo opaco de la hoja y la acercó a su lengua. El gusto del acero bruñido era ligeramente dulce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko no perdió tiempo. Pensó que el dolor que la había separado de su marido moribundo iba a formar ahora parte de su propia experiencia. Sólo vislumbró ante sí el gozo de penetrar en un reino que el amado Shinji ya había hecho suyo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había percibido algo inexplicable en la fisonomía agonizante de su marido. Algo nuevo. Le sería dado, pues, resolver el enigma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reiko sintió que, por fin, también podría participar de la verdadera y amarga dulzura del gran principio moral en que había creído el teniente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empujó entonces la punta de la daga contra la base de su garganta. La empujó fuertemente. La herida resultó poco profunda. Le ardía la cabeza y sus manos temblaban de forma incontrolable. Forzó la hoja hacia un costado y una sustancia caliente le anudó la boca. Todo se tiñó de rojo frente a sus ojos como el fluir de un río de sangre. Reunió todas sus fuerzas y hundió aun más profundamente la daga en su garganta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-4968967740994517946?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/4968967740994517946/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=4968967740994517946' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/4968967740994517946'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/4968967740994517946'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/02/patriotismo-yukio-mishima.html' title='&quot;Patriotismo&quot; (Yukio Mishima)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-4308567608811970317</id><published>2009-02-11T02:37:00.001-02:00</published><updated>2009-02-11T02:40:03.895-02:00</updated><title type='text'>"Séptima: Encantadora" (Marcel Schwob)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:arial;"&gt;Séptima fue esclava bajo el sol africano, en la ciudad de Hadrumeto. Y su madre Amoena fue esclava, y la madre de ésta fue esclava, y todas fueron bellas y obscuras, y los dioses infernales les revelaron filtros de amor y de muerte. La ciudad de Hadrumeto era blanca y las piedras de la casa donde vivía Séptima eran de un rosa trémulo. Y la arena de la playa estaba sembrada de conchitas que arrastra el mar tibio desde la tierra de Egipto, en el lugar donde las siete bocas del Nilo derraman siete limos de diversos colores. En la casa marítima donde vivía Séptima, se oía morir la franja de plata del Mediterráneo y, a sus pies, un abanico de líneas azules resplandecientes se desplegaba hasta al ras del cielo. Las palmas de las manos de Séptima estaban enrojecidas por el oro, y las puntas de sus dedos pintadas; sus labios olían a mirra y sus párpados ungidos se estremecían suavemente. Así iba por los caminos de las afueras, llevando a la casa de los sirvientes una cesta de panes tiernos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;br /&gt;Séptima se enamoró de un joven libre, Sextilio, hijo de Dionisia. Pero no les está permitido ser amadas a aquellas que conocen los misterios subterráneos, ya que están sometidas al adversario del amor, que se llama Anteros. Y así como Eros gobierna el centelleo de los ojos y aguza las puntas de las flechas, Anteros desvía las miradas y atenúa la acritud de los dardos. Es un dios bienhechor que mora en medio de los muertos. No es cruel, como el otro. Posee el nepentas que da el olvido. Y porque sabe que el amor es el peor de los dolores terrestres, odia y cura el amor. Sin embargo, no tiene el poder de echar a Eros de un corazón ocupado. Entonces toma el otro corazón. Así Anteros lucha contra Eros. Por esto fue que Sextilio no pudo amar a Séptima. Tan pronto como Eros hubo llevado su antorcha al seno de la iniciada, Anteros, irritado, se apoderó de aquel a quien ella quería amar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Séptima supo del poder de Anteros en la mirada baja de Sextilio. Y cuando el temblor púrpura aferró al aire de la tarde, salió por el camino que va desde Hadrumeto hasta el mar. Es un camino apacible donde los enamorados beben vino de dátiles recostados en las murallas pulidas de las tumbas. La brisa oriental sopla su perfume sobre la necrópolis. La joven luna, todavía velada, va allí a vagabundear, incierta. Muchos muertos embalsamados alardean alrededor de Hadrumeto en sus sepulturas. Y allí dormía Foinisa, hermana de Séptima, esclava como ella, muerta a los dieciséis años, antes de que ningún hombre hubiese respirado su olor. La tumba de Foinisa era estrecha como su cuerpo. La piedra abrazaba sus senos oprimidos por vendas. Muy cerca de su frente baja una larga losa cortaba su mirada vacía. De sus labios ennegrecidos se elevaba todavía el vapor de los aromas en que la habían empapado. En su mano quieta brillaba un anillo de oro verde con dos rubíes pálidos y turbios incrustados. Soñaba eternamente en su sueño estéril con las cosas que no había conocido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajo la blancura virgen de la luna nueva, Séptima se tendió junto a la tumba estrecha de su hermana, contra la buena tierra. Lloró y pegó su rostro a la guirnalda esculpida. Acercó su boca al conducto por donde se vierten las libaciones y su pasión brotó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oh, hermana mía, apártate de tu sueño para escucharme. La pequeña lámpara que ilumina las primeras horas de los muertos se apagó. Has dejado deslizar de tus dedos la ampolla de vidrio coloreada que te habíamos dado. El hilo de tu collar se rompió y los granos de oro se derramaron alrededor de tu cuello. Ya nada de nosotros es tuyo y ahora aquel que tiene un halcón en la cabeza te posee. Escúchame, pues tú tienes el poder de llevar mis palabras. Ve a la celda que tú sabes y suplícale a Anteros. Suplícale a la diosa Hator. Suplícale a aquel cuyo cadáver despedazado fue llevado por el mar en un cofre hasta Biblos. Hermana mía, ten piedad de un dolor desconocido. Por las siete estrellas de los magos de Caldea, yo te conjuro. Por las potencias infernales que se invocan en Cartago, Jao, Abriao, Salbaal y Batbaal, recibe mi encantamiento. Haz que Sextilio, hijo de Dionisia, se consuma de amor por mí, Séptima, hija de nuestra madre Amoena. Que arda en la noche; que me busque junto a tu tumba. ¡Oh, Foinisa! O llévanos a los dos a la morada tenebrosa, poderosa. Ruega a Anteros que enfríe nuestros alientos si le niega a Eros que los encienda. Muerta perfumada, acoge la libación de mi voz. ¡Ashrammachalada!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inmediatamente, la virgen vendada se levantó y penetró en la tierra mostrando los dientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y Séptima, avergonzada, corrió por entre los sarcófagos. Hasta la segunda noche permaneció en compañía de los muertos. Espió a la luna fugitiva. Ofreció su garganta a la mordedura salada del viento marino. Fue acariciada por el primer oro del día. Después volvió a Hadrumeto y su larga camisa azul flotaba detrás de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tanto, Foinisia, rígida, erraba por los circuitos infernales. Y aquel que tiene un halcón en la cabeza no escuchó su ruego. Y la diosa Hator permaneció tendida en su funda pintada. Y Foinisia no pudo encontrar a Anteros, pues ella no conocía el deseo. Pero en su corazón mustio sintió la piedad que los muertos tienen para con los vivos. Entonces, a la segunda noche, a la hora en que los cadáveres se liberan para consumar los encantamientos, hizo que sus pies atados se movieran por las calles de Hadrumeto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sextilio temblaba acompasadamente, agitado por los suspiros del sueño, con el rostro vuelto hacia el techo de su habitación surcado de rombos. Y Foinisia, muerta, envuelta en las vendas olorosas, se sentó a su lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ella no tenía ni cerebro ni vísceras; pero su corazón desecado había sido puesto de nuevo en su pecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y en ese momento Eros luchó contra Anteros, y se apoderó del corazón embalsamado de Foinisia. En seguida deseó el cuerpo de Sextilio, para que estuviese acostado entre ella y su hermana Séptima en la casa de las tinieblas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Foinisia posó sus labios tintados en la boca viva de Sextilio y la vida escapó de él como una burbuja. Después se encaminó a la celda de esclava de Séptima y la tomó de la mano. Y Séptima, dormida, se dejó llevar por la mano de la hermana. Y el beso de Foinisia y el abrazo de Foinisia hicieron morir, casi a la misma hora de la noche, a Séptima y a Sextilio. Tal fue el desenlace fúnebre de la lucha de Eros contra Anteros; y las potencias infernales recibieron una esclava y un hombre libre al mismo tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sextilio está acostado en la necrópolis de Hadrumeto, entre Séptima, la encantadora, y su hermana virgen Foinisia. El texto del encantamiento está inscripto en la placa de plomo, enrollada y perforada por un clavo, que la encantadora deslizó por el conducto de las libaciones en la tumba de su hermana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-4308567608811970317?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/4308567608811970317/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=4308567608811970317' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/4308567608811970317'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/4308567608811970317'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/02/septima-encantadora-marcel-schwob.html' title='&quot;Séptima: Encantadora&quot; (Marcel Schwob)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-6849170343822780389</id><published>2009-01-23T17:43:00.006-02:00</published><updated>2009-01-23T19:19:07.396-02:00</updated><title type='text'>"La Doncella Bienaventurada" (Dante Gabriel Rossetti)</title><content type='html'>La Doncella Bienaventurada se inclinó&lt;br /&gt;sobre la baranda de oro del Cielo;&lt;br /&gt;sus ojos eran más profundos que la hondura&lt;br /&gt;de aguas aquietadas al atardecer;&lt;br /&gt;tenía tres lirios en la mano,&lt;br /&gt;y las estrellas de su pelo eran siete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A su vestido, suelto desde el broche del dobladillo,&lt;br /&gt;no lo adornaba ninguna flor,&lt;br /&gt;excepto una rosa blanca, regalo de María,&lt;br /&gt;llevada convenientemente para el oficio&lt;br /&gt;su cabello, que caía a lo largo de su espalda&lt;br /&gt;era amarillo como el trigo maduro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A ella le parecía haber pasado apenas un día&lt;br /&gt;de que era una de las coristas de Dios;&lt;br /&gt;todavía no se había ido del todo el asombro&lt;br /&gt;de su tranquila mirada,&lt;br /&gt;para aquellos a quienes ella había dejado, su día&lt;br /&gt;había sido contado como diez años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Para uno, son diez años de años.&lt;br /&gt;...Y sin embargo, en este mismo lugar,&lt;br /&gt;ella se inclinó una vez sobre mí, - sus cabellos&lt;br /&gt;caían sobre mi rostro...&lt;br /&gt;Nada: la caída otoñal de las hojas.&lt;br /&gt;El año entero pasa veloz.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre la muralla de la casa de Dios&lt;br /&gt;ella estaba de pie;&lt;br /&gt;edificada por Dios sobre la profundidad vertical&lt;br /&gt;donde empieza el Espacio;&lt;br /&gt;tan alta, que mirando desde allí hacia abajo&lt;br /&gt;ella apenas podía ver el sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[La casa] está en el Cielo, más allá del torrente&lt;br /&gt;de éter, como un puente.&lt;br /&gt;Abajo, las mareas del día y de la noche&lt;br /&gt;con llamas y oscuridad forman&lt;br /&gt;el vacío, que llega hasta el fondo donde este mundo&lt;br /&gt;gira como un mosquito irritado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A su alrededor, amantes reencontrados&lt;br /&gt;entre las aclamaciones inmortales del amor,&lt;br /&gt;pronunciaban entre sí,&lt;br /&gt;sus nombres recordados en el corazón;&lt;br /&gt;y las almas, que iban subiendo hacia Dios&lt;br /&gt;pasaban a su lado como delgadas llamas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ella seguía inclinándose, y observando&lt;br /&gt;hacia abajo desde aquel balcón;&lt;br /&gt;hasta que su pecho debió&lt;br /&gt;entibiar el metal de la baranda,&lt;br /&gt;y los lirios quedaron como dormidos&lt;br /&gt;a lo largo de su brazo doblado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde ese lugar fijo en el Cielo ella vio&lt;br /&gt;que el tiempo se agitaba como un pulso intenso&lt;br /&gt;a traves de todos los mundos. Su mirada se esforzaba,&lt;br /&gt;por alcanzar a través de ese gran abismo&lt;br /&gt;su camino; y luego ella habló una vez como&lt;br /&gt;cuando las estrellas cantaron en sus esferas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sol se había ido ahora; la rizada luna&lt;br /&gt;era como una pequeña pluma&lt;br /&gt;revoloteando en el abismo; y ahora&lt;br /&gt;ella habló a través del aire inquieto.&lt;br /&gt;Su voz era como la voz que tenían las estrellas&lt;br /&gt;cuando cantaron juntas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(¡Ah, cuán dulce! Incluso ahora, en esa canción de pajaro,&lt;br /&gt;¿no intentaban acaso sus palabras,&lt;br /&gt;alcanzar la lejanía? Cuando esas campanillas&lt;br /&gt;poseyeron el aire del mediodía,&lt;br /&gt;¿no intentaron acaso sus pasos llegar a mi lado&lt;br /&gt;bajando aquella resonante escalera?)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;´Deseo que él venga a mí,&lt;br /&gt;porque él vendrá`, dijo ella.&lt;br /&gt;´¿Acaso no he rezado al Cielo?-en la tierra,&lt;br /&gt;Señor, Señor, ¿acaso él no ha rezado?&lt;br /&gt;¿No son dos ruegos una perfecta fuerza?&lt;br /&gt;¿Y debo sentir miedo?`&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;´Cuando la aureola rodee su cabeza,&lt;br /&gt;y él esté vestido de blanco,&lt;br /&gt;yo lo tomaré de la mano y lo llevaré&lt;br /&gt;a los hondos pozos de luz;&lt;br /&gt;y bajaremos hasta la corriente,&lt;br /&gt;y nos bañaremos a la vista de Dios`&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;´Estaremos de pie al lado de ese santuario,&lt;br /&gt;oculto, alejado, no hollado,&lt;br /&gt;cuyas lámparas están agitadas continuamente&lt;br /&gt;con las plegarias que suben hacia Dios;&lt;br /&gt;y veremos nuestras viejas plegarias cumplirse y disolverse&lt;br /&gt;como si fuesen nubecitas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y dormiremos a la sombra&lt;br /&gt;de ese mítico árbol viviente&lt;br /&gt;en cuyo secreto ramaje&lt;br /&gt;se siente que a veces está la Paloma,&lt;br /&gt;y cada hoja que tocan Sus plumas&lt;br /&gt;dice audiblemente Su nombre.`&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;´Y yo misma le enseñaré,&lt;br /&gt;yo misma, yaciendo así,&lt;br /&gt;las canciones que canto aquí, en las que su voz&lt;br /&gt;se detendrá en murmullos, lentamente;&lt;br /&gt;y él encontrará sabiduría en cada pausa,&lt;br /&gt;y algo nuevo para aprender.`&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;´(¡Ay! ¡Nosotros dos, nosotros dos, dices tú!&lt;br /&gt;Si tú eras una conmigo&lt;br /&gt;en el pasado. ¿Pero acaso elevará Dios&lt;br /&gt;hacia la unidad eterna&lt;br /&gt;al alma cuya similitud con la tuya&lt;br /&gt;consistía en su amor hacia tí?)`&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dos, dijo ella, buscaremos el bosquecillo&lt;br /&gt;donde está María,&lt;br /&gt;con sus cinco doncellas, cuyos nombres&lt;br /&gt;son cinco dulces sinfonías,&lt;br /&gt;Cecilia, Gertrudis, Magdalena,&lt;br /&gt;Margarita y Rosalía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En círculo sentadas, con sus rizados cabellos&lt;br /&gt;y sus frentes adornados con guirnaldas;&lt;br /&gt;en fina tela, blanca como la llama,&lt;br /&gt;bordando el hilo dorado&lt;br /&gt;para hacer el traje natal de aquellos&lt;br /&gt;que acaban de nacer, porque han muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;´Él temerá, feliz, y quedará callado:&lt;br /&gt;Entonces yo apoyaré mi mejilla&lt;br /&gt;en la suya, y diré acerca de nuestro amor,&lt;br /&gt;sin verguenza y sin temor:&lt;br /&gt;Y la querida Madre aprobará&lt;br /&gt;mi orgullo y me dejará hablar.`&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;´Ella nos llevará, la mano en la mano,&lt;br /&gt;hasta Aquel junto a Quien todas las almas&lt;br /&gt;se arrodillan, la fila de cabezas sinnúmero&lt;br /&gt;agachadas con sus aureolas:&lt;br /&gt;Y los angeles al encontrarse con nosotros, tocarán&lt;br /&gt;sus cítaras y cíitolas.`&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;´Allí yo le pediré a Cristo, el Señor&lt;br /&gt;sólo esto para él y para mí: -&lt;br /&gt;Vivir como una vez vivimos en la tierra&lt;br /&gt;con amor, - nada más estar&lt;br /&gt;como una vez estuvimos por un tiempo, ahora por siempre&lt;br /&gt;juntos, él y yo.´&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella miró, y escuchó, y dijo,&lt;br /&gt;su voz más apacible que triste,&lt;br /&gt;´Todo esto sucederá cuando el venga`. Ella calló.&lt;br /&gt;Y la luz la iluminó, lleno&lt;br /&gt;estaba el aire de ángeles en fuerte y parejo vuelo.&lt;br /&gt;Sus ojos rezaron, y ella sonrió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Yo vi su sonrisa.) Pero pronto su camino&lt;br /&gt;fue vago en distantes esferas:&lt;br /&gt;Y luego ella apoyó sus brazos&lt;br /&gt;sobre aquella baranda de oro,&lt;br /&gt;y dejó caer su rostro entre las manos,&lt;br /&gt;y lloró. (Yo oí sus lágrimas.)&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-6849170343822780389?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/6849170343822780389/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=6849170343822780389' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/6849170343822780389'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/6849170343822780389'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/01/la-doncella-bienaventurada-dante.html' title='&quot;La Doncella Bienaventurada&quot; (Dante Gabriel Rossetti)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-6780780899706467346</id><published>2009-01-12T23:16:00.002-02:00</published><updated>2009-01-12T23:33:01.619-02:00</updated><title type='text'>Poemas varios (Jorge Luis Borges)</title><content type='html'>&lt;a name="EL CÓMPLICE"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;EL CÓMPLICE&lt;br /&gt;Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.&lt;br /&gt;Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.&lt;br /&gt;Me engañan y yo debo ser la mentira.&lt;br /&gt;Me incendian y yo debo ser el infierno.&lt;br /&gt;Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.&lt;br /&gt;Mi alimento es todas las cosas.&lt;br /&gt;El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.&lt;br /&gt;Debo justificar lo que me hiere.&lt;br /&gt;Soy el poeta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="DESPEDIDA"&gt;&lt;/a&gt;DESPEDIDA&lt;br /&gt;Entre mi amor y yo han de levantarse&lt;br /&gt;trescientas noches como trescientas paredes&lt;br /&gt;y el mar será una magia entre nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No habrá sino recuerdos.&lt;br /&gt;¡Oh tardes merecidas por la pena!&lt;br /&gt;Noches esperanzadas de mirarte,&lt;br /&gt;campos de mi camino, firmamento&lt;br /&gt;que estoy viendo y perdiendo....&lt;br /&gt;Definitiva como un mármol&lt;br /&gt;entristecerá tu ausencia otras tardes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL MAR&lt;br /&gt;Antes que el sueño (o el terror) tejiera&lt;br /&gt;mitologías y cosmogonías,&lt;br /&gt;antes que el tiempo se acuñara en días,&lt;br /&gt;el mar, el siempre mar, ya estaba y era.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento&lt;br /&gt;y antiguo ser que roe los pilares&lt;br /&gt;de la tierra y es uno y muchos mares&lt;br /&gt;y abismo y resplandor y azar y viento?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quien lo mira lo ve por vez primera,&lt;br /&gt;siempre. Con el asombro que las cosas&lt;br /&gt;elementales dejan, las hermosas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;tardes, la luna, el fuego de una hoguera.&lt;br /&gt;¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día&lt;br /&gt;ulterior que sucede a la agonía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="EL REMORDIMIENTO"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL REMORDIMIENTO&lt;br /&gt;He cometido el peor de los pecados&lt;br /&gt;que un hombre puede cometer. No he sido&lt;br /&gt;feliz. Que los glaciares del olvido&lt;br /&gt;me arrastren y me pierdan, despiadados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis padres me engendraron para el juego&lt;br /&gt;arriesgado y hermoso de la vida,&lt;br /&gt;para la tierra, el agua, el aire, el fuego.&lt;br /&gt;Los defraudé. No fui feliz. Cumplida&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;no fue su joven voluntad. Mi mente&lt;br /&gt;se aplicó a las simétricas porfías&lt;br /&gt;del arte, que entreteje naderías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me legaron valor. No fui valiente.&lt;br /&gt;No me abandona. Siempre está a mi lado&lt;br /&gt;la sombra de haber sido un desdichado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="LAS COSAS"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LAS COSAS&lt;br /&gt;El bastón, las monedas, el llavero,&lt;br /&gt;la dócil cerradura, las tardías&lt;br /&gt;notas que no leerán los pocos días&lt;br /&gt;que me quedan, los naipes y el tablero,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;un libro y en sus páginas la ajada&lt;br /&gt;violeta, monumento de una tarde&lt;br /&gt;sin duda inolvidable y ya olvidada,&lt;br /&gt;el rojo espejo occidental en que arde&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,&lt;br /&gt;láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,&lt;br /&gt;nos sirven como tácitos esclavos,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ciegas y extrañamente sigilosas!&lt;br /&gt;Durarán más allá de nuestro olvido;&lt;br /&gt;no sabrán nunca que nos hemos ido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="1.964"&gt;&lt;/a&gt;1.964&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.&lt;br /&gt;Ya no compartirás la clara luna&lt;br /&gt;ni los lentos jardines: Ya no hay una&lt;br /&gt;luna que no sea espejo del pasado,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;cristal de soledad, sol de agonías.&lt;br /&gt;Adiós las mutuas manos y las sienes&lt;br /&gt;que acercaba el amor. Hoy sólo tienes&lt;br /&gt;la fiel memoria y los desiertos días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie pierde ( repites vanamente )&lt;br /&gt;sino lo que no tiene y no ha tenido&lt;br /&gt;nunca, pero no basta ser valiente&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;para aprender el arte del olvido.&lt;br /&gt;Un símbolo, una rosa, te desgarra&lt;br /&gt;y te puede matar una guitarra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;Ya no seré feliz. Tal vez no importa.&lt;br /&gt;Hay tantas otras cosas en el mundo;&lt;br /&gt;un instante cualquiera es más profundo&lt;br /&gt;y diverso que el mar. La vida es corta&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;y aunque las horas son tan largas, una&lt;br /&gt;oscura maravilla nos acecha,&lt;br /&gt;la muerte, ese otro mar, esa otra flecha&lt;br /&gt;que nos libra del sol y de la luna&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;y del amor. La dicha que me diste&lt;br /&gt;y me quitaste debe ser borrada;&lt;br /&gt;lo que era todo tiene que ser nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo me queda el goce de estar triste,&lt;br /&gt;esa vana costumbre que me inclina&lt;br /&gt;al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-6780780899706467346?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/6780780899706467346/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=6780780899706467346' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/6780780899706467346'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/6780780899706467346'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2009/01/poemas-varios-jorge-luis-borges.html' title='Poemas varios (Jorge Luis Borges)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-7675146728295499417</id><published>2008-12-24T16:59:00.003-02:00</published><updated>2008-12-24T17:10:15.752-02:00</updated><title type='text'>"La adoración de los Reyes Magos" (Manuel Mujica Láinez)</title><content type='html'>Hace buen rato que el pequeño sordomudo anda con sus trapos y su plumero entre las maderas del órgano: A sus pies, la nave de la iglesia de San Juan Bautista yace en penumbra. La luz del alba -el alba del día de los Reyes- titubea en las ventanas y luego, lentamente, amorosamente, comienza a bruñir el oro de los altares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cristóbal lustra las vetas del gran facistol y alinea con trabajo los libros de coro casi tan voluminosos como él. Detrás está el tapiz, pero Cristóbal prefiere no mirarlo hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De tantas cosas bellas y curiosas como exhibe el templo, ninguna le atrae y seduce como el tapiz de La Adoración de los Reyes; ni siquiera el Nazareno misterioso, ni el San Francisco de Asís de alas de plata, ni el Cristo que el Virrey Ceballos trajo de Colonia del Sacramento y que el Viernes Santo dobla la cabeza, cuando el sacristán tira de un cordel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El enorme lienzo cubre la ventana que abre sobre la calle de Potosí, y se extiende detrás del órgano al que protege del sol y de la lluvia. Cuando sopla viento y el aire se cuela por los intersticios, muévense las altas figuras que rodean al Niño Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cristóbal las ha visto moverse en el claroscuro verdoso. Y hoy no osa mirarlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pronto hará tres años que el tapiz ocupa ese lugar. Lo colgaron allí, entre el arrobado aspaviento de las capuchinas, cuando lo obsequió don Pedro Pablo Vidal, el canónigo, quien lo adquirió en pública almoneda por dieciséis onzas peluconas. Tiene el paño una historia romántica. Se sabe que uno de los corsarios argentinos que hostigaban a las embarcaciones españolas en aguas de Cádiz, lo tomó como presa bélica con el cargamento de una goleta adversaria. El señor Fernando VII enviaba el tapiz, tejido según un cartón de Rubens, a su gobernador de Filipinas, testimoniándole el real aprecio. Quiso el destino singular que en vez de adornar el palacio de Manila viniera a Buenos Aires, al templo de las monjas de Santa Clara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sordomudo, que es apenas un adolescente, se inclina en el barandal. Allá abajo, en el altar mayor, afánanse los monaguillos encendiendo las velas. Hay mucho viento en la calle. Es el viento quemante del verano, el de la abrasada llanura. Se revuelve en el ángulo de Potosí y Las Piedras y enloquece las mantillas de las devotas. Mañana no descansarán los aguateros, y las lavanderas descubrirán espejismos de incendio en el río cruel. Cristóbal no puede oír el rezongo de las ráfagas a lo largo de la nave, pero siente su tibieza en la cara y en las manos, como el aliento de un animal. No quiere darse vuelta porque el tapiz se estará moviendo y alrededor del Niño se agitarán los turbantes y las plumas de los séquitos orientales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya empezó la primera misa. El capellán abre los brazos. y relampaguea la casulla hecha con el traje de una Virreina. Asciende hacia las bóvedas la fragancia del incienso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cristóbal entrecierra los ojos. Ora sin despegar los labios. Pero a poco se yergue, porque él, que nada oye, acaba de oír un rumor a sus espaldas. Sí, un rumor, un rumor levísimo, algo que podría compararse con una ondulación ligera producida en el agua de un pozo profundo, inmóvil hace años. El sordomudo está de pie y tiembla. Aguza sus sentidos torpes, desesperadamente, para captar ese balbucir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y abajo el sacerdote se doblega sobre el Evangelio, en el esplendor de la seda y de los hilos dorados, y lee el relato de la Epifanía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son unas voces, unos cuchicheos, desatados a sus espaldas. Cristóbal ni oye ni habla desde que la enfermedad le dejó así, aislado, cinco años ha. Le parece que una brisa trémula se le ha entrado por la boca y por el caracol del oído y va despertando viejas imágenes dormidas en su interior.&lt;br /&gt;Se ha aferrado a los balaústres, el plumero en la diestra. A infinita distancia, el oficiante refiere la sorpresa de Herodes ante la llegada de los magos que guiaba la estrella divina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-&lt;em&gt;Et apertis thesaurus suis&lt;/em&gt; -canturrea el capellán- &lt;em&gt;obtulerunt ei munera, aurum, thus et myrrham&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una presión física más fuerte que su resistencia obliga al muchacho a girar sobre los talones y a enfrentarse con el gran tapiz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces en el paño se alza el Rey mago que besaba los pies del Salvador y se hace a un lado, arrastrando el oleaje del manto de armiño. Le suceden en la adoración los otros Príncipes, el del bello manto rojo que sostiene un paje caudatario, el Rey negro ataviado de azul. Oscilan las picas y las partesanas. Hiere la luz a los yelmos mitológicos entre el armonioso caracolear de los caballos marciales. Poco a poco el séquito se distribuye detrás de la Virgen María, allí donde la mula, el buey y el perro se acurrucan en medio de los arneses y las cestas de mimbre. Y Cristóbal está de hinojos escuchando esas voces delgadas que son como subterránea música.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Delante del Niño a quien los brazos maternos presentan, hay ahora un ancho espacio desnudo. Pero otras figuras avanzan por la izquierda, desde el horizonte donde se arremolina el polvo de las caravanas y cuando se aproximan se ve que son hombres del pueblo, sencillos, y que visten a usanza remota. Alguno trae una aguja en la mano; otro, un pequeño telar; éste lanas y sedas multicolores; aquél desenrosca un dibujo en el cual está el mismo paño de Bruselas diseñado prolijamente bajo una red de cuadriculadas divisiones. Caen de rodillas y brindan su trabajo de artesanos al Niño Jesús. Y luego se ubican entre la comitiva de los magos, mezcladas las ropas dispares, confundidas las armas con los instrumentos de las manufacturas flamencas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez más queda desierto el espacio frente a la Santa Familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el altar, el sacerdote reza el segundo Evangelio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y cuando Cristóbal supone que ya nada puede acontecer, que está colmado su estupor, un personaje aparece delante del establo. Es un hombre muy hermoso, muy viril, de barba rubia. Lleva un magnífico traje negro, sobre el cual fulguran el blancor del cuello de encajes y el metal de la espada. Se quita el sombrero de alas majestuosas, hace una reverencia y de hinojos adora a Dios. Cabrillea el terciopelo, evocador de festines, de vasos de cristal, de orfebrerías, de terrazas de mármol rosado. Junto a la mirra y los cofres, Rubens deja un pincel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las voces apagadas, indecisas, crecen en coro. Cristóbal se esfuerza por comprenderlas, mientras todo ese mundo milagroso vibra y espejea en torno del Niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces la Madre se vuelve hacia el azorado mozuelo y hace un imperceptible ademán, como invitándolo a sumarse a quienes rinden culto al que nació en Belén.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cristóbal escala con mil penurias el labrado facistol, pues el Niño está muy alto. Palpa, entre sus dedos, los dedos aristocráticos del gran señor que fue el último en llegar y que le ayuda a izarse para que pose los labios en los pies de Jesús. Como no tiene otra ofrenda, vacila y coloca su plumerillo al lado del pincel y de los tesoros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y cuando, de un salto peligroso, el sordomudo desciende a su apostadero de barandal, los murmullos cesan, como si el mundo hubiera muerto súbitamente. El tapiz del corsario ha recobrado su primitiva traza. Apenas ondulan sus pliegues acuáticos cuando el aire lo sacude con tenue estremecimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cristóbal recoge el plumero y los trapos. Se acaricia las yemas y la boca. Quisiera contar lo que ha visto y oído, pero no le obedece la lengua. Ha regresado a su amurallada soledad donde el asombro se levanta como una lámpara deslumbrante que transforma todo, para siempre.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-7675146728295499417?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/7675146728295499417/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=7675146728295499417' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/7675146728295499417'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/7675146728295499417'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/12/la-adoracin-de-los-reyes-magos-manuel.html' title='&quot;La adoración de los Reyes Magos&quot; (Manuel Mujica Láinez)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-6721911217836873243</id><published>2008-12-03T23:08:00.002-02:00</published><updated>2008-12-03T23:21:13.437-02:00</updated><title type='text'>"Petróleo" (Osvaldo Soriano)</title><content type='html'>Las cosas han cambiado tanto que seguramente a mi padre le gustará seguir tan muerto como está. Debe estar pitando un rubio sin filtro, escondido entre unos arbustos como lo veo todavía. Estamos en un camino de arena, en el desierto de Neuquén, y vamos hacia Plaza Huincul a ver los pozos de YPF. Salimos temprano, por primera vez juntos y a solas, cada uno en su moto. El va adelante en una Bosch flamante, y yo lo sigo en una ruidosa Tehuelche de industria nacional. Es el otoño del 62 y está despidiéndose para siempre de la Patagonia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi viejo va a cumplir cincuenta años y se ha empeñado hasta la cabeza para comprarse algo que le permita moverse por sus propios medios. Los últimos pesos me los ha prestado a mí para completar el anticipo de la Tehuelche que hace un barullo de infierno y derrapa en las huellas de los camiones. No hay nada en el horizonte, como no sean las nubes tontas que resbalan en el cielo. Algunos arbustos secos y altos como escobas, entre los que mi padre se detiene cada tanto a orinar porque ya tiene males de vejiga y esa tos de fumador. Anda de buen carácter porque el joven Frondizi anunció hace tiempo que "hemos ganado la batalla del petróleo". Quiere ver con sus propios ojos, tal vez porque intuye que no volverá nunca más a esas tierras baldías a las que les ha puesto agua corriente y retratos de San Martín en todas las paredes. Un soñador, mi viejo: acelera con el pucho en los labios y la gorra encasquetada hasta las orejas mientras me hace seña de que lo alcance y le pase una botella de agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Tehuelche brama, se retuerce en los huellones, y la arena se me cuela por detrás de los anteojos negros. Por un momento vamos codo a codo, dos puntos solitarios perdidos entre las bardas, y le alcanzo la botella envuelta en una arpillera mojada. En el tablero de la motoneta lleva pegada una figurita de Marlene Dietrich que tanto lo habrá hecho suspirar de joven. Yo he pegado en mi tanque de nafta una desvaída mirada de James Dean y la calcomanía del lejano San Lorenzo que sólo conozco por la radio. Justamente: ese diminuto transistor japonés que recién aparece a los ojos del mundo es la más preciada joya que arriesgamos en el desierto. La voz de Alfredo Aróstegui y los radioteatros de Laura Hidalgo nos acompañan bajo un sol que hace brotar esperpentos y alucinaciones donde sólo hay viento y lagunas de petróleo perdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi padre pilotea que es un desastre. Zigzaguea por la banquina mientras inclina la botella y se prende al gollete. Merodea el abismo de metro y medio al borde del sendero. Le grito que se aparte mientras me saluda agitando la botella y se desbarranca alegremente por un despeñadero de cardos y flores rastreras. En la rodada pierde el pucho, las provisiones que cargamos en Zapala y hasta la figurita de Marlene Dietrich que me ha robado del álbum. Freno y vuelvo a buscarlo. A lo lejos diviso las primeras torres de YPF, que para mi padre son como suyas porque todo fluye de esta tierra y Frondizi dice que por fin hemos ganado la batalla del petróleo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La motoneta está volcada con el motor en marcha y la rueda trasera gira en el vacío. Mi viejo trata de ponerse de pie antes de que yo llegue, pero lo que más se le ha herido es el orgullo. Se frota la pierna y putea por el siete abierto en el único pantalón, a la altura de la rodilla. Dice que ha sido mi culpa, que lo encerré justo en la subida, que por qué mierda me cruzo en su camino. Nunca seré buen ingeniero, agrega, y apaga el motor para enderezar el manubrio y recoger el equipaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo escucho sin contestar. Todavía hoy sigo subido a una barda, oyéndolo putear ahí abajo, mientras mi hijo juega con la espuma de las olas y grita alborozado en una playa de Mogotes. Somos muchos y uno solo, hasta donde me alcanza la memoria. A cada generación tenemos menos cosas que podamos sentir como propias. Queda el hermetismo de mi padre en la mirada del chico que corre junto al mar. A él le contaré esta tonta historia de pérdidas y caídas, la de mi padre que rueda y la mía que no supe defender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel mediodía mi viejo se aleja rengueando para orinar entre los arbustos y se queda un rato escondido para que no vea su rodilla lastimada. Levanto a Marlene Dietrich que ha dejado un surco en la arena y vuelvo la mirada hacia la torre y el péndulo. Parece un fantasma de luto recortado en la lejanía. Y el charco de petróleo que ensucia las bardas, tan ajeno al mar donde ahora juega mi hijo. Mi bisabuelo fue bandolero y asaltante de caminos en Valencia hasta que lo mató la Guardia Civil. Me lo confiesa mi viejo al atardecer, mientras cebamos mate bajo la carrocería oxidada de un Ford T. No recuerdo bien su relato pero pinta al bisabuelo de a caballo y con un trabuco a la cintura. Trata de impresionarme pero está muy derrengado para ser creíble. El pantalón roto, la corbata abierta, el ombligo al aire y pronto cincuenta años. No hay más que gigantescos fracasos entre el bisabuelo que asaltaba diligencias y ese sobrestante de Obras Sanitarias que levanta la mirada y me señala con un gesto orgulloso la insignia del petróleo argentino. Una vida tendiendo redes de agua, haciendo cálculos, inventando ilusiones. Sueña con que yo sea ingeniero. De esa ínfima epopeya le quedan a mi madre doscientos pesos de pensión y a mí algunas anécdotas sin importancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi padre lleva unos pocos billetes chicos en el bolsillo. Justo para la pensión y la nafta de la vuelta. Nunca ganó un peso sin trabajar. No sé si está conforme con su vida. Igual, no puede hacerla de nuevo. Ha vivido frente a los palos, mirando venir una pelota que nunca aterriza. Intentó zafar de la marca, correrse, poner la cabeza, pero no supo usar los codos. Caminó siempre por los peldaños de una escalera acostada. Tarzán en monopatín, Batman esperando el colectivo, San Martín soñando con las chicas de Divito. Y sin embargo, cuando fuma en silencio, parece a punto de encontrar la solución. Como aquella noche en un sucio cuarto de alquiler donde saca la regla de cálculos y diseña un oleoducto inútil, con jardines y caminos de los que ningún motociclista podría caerse. Pero de eso no queda nada: el dibujo se le extravió en otro porrazo y las torres ya son de otros más rápidos que él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Discutimos en la pensión porque yo ignoraba las matemáticas y la química y volvimos en silencio, muy lejos uno del otro. Lo dejé ir adelante y todavía veo su camisa sudada flotando en la ventolera. Yo no sabía qué hacer de mi vida y miraba para arriba a ver si bajaba la pelota. Tenía diecinueve años y me sentía solo en una cancha vacía. Todavía estoy ahí, demorado con mi padre en medio del camino. Imagino historias porque me gusta estar solo con un cigarrillo y estoy cerca de la edad que tenía mi padre cuando se tumbaba de la moto. Fueron muchas las caídas y no siempre lo levanté. Me gustaría saber qué opinión tendría de mí, que he perdido su petróleo. Quisiera que echara una ojeada a estas líneas y a otras. Que me regalara un juguete y me contara cuántas veces estuvo enamorado; que me explicara qué carajo hacíamos los dos en un camino de Neuquén rumbo a las torres de YPF, mientras en el transistor se apagaba la voz de Julio Sosa cubierta por los acordes de otra marcha militar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-6721911217836873243?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/6721911217836873243/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=6721911217836873243' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/6721911217836873243'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/6721911217836873243'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/12/petrleo-osvaldo-soriano.html' title='&quot;Petróleo&quot; (Osvaldo Soriano)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-5727330571223731750</id><published>2008-11-28T00:44:00.002-02:00</published><updated>2008-11-28T00:54:42.511-02:00</updated><title type='text'>"Treinta Treinta" (Dalmiro Sáenz)</title><content type='html'>Nadie lo vio llegar, y mucho menos Morgan, que estaba de espaldas en ese momento asegu&amp;shy;rando dos bolsas de semilla junto al asiento del carro. Pero lo cierto es que estaba ahí, montado en ese bayo encerado, sin gestos, sin sonido, sin pilchero, sin perros, como si en la mitad de la calle hubiese crecido una estatua inverosímil.&lt;br /&gt;Cuando dijo -Morgan- la palabra cayó en el polvo de ese pueblito sin nombre en el norte del Chubut, y cuando la volvió a repetir, pare&amp;shy;ció que fueran las mismas sílabas, que él levan&amp;shy;taba del suelo para volver a ofrecerlas al hom&amp;shy;bre, que unos segundos más tarde se iba a dar vuelta todavía sin la cara de terror que lo acom&amp;shy;pañaría durante los pocos segundos que siguió viviendo.&lt;br /&gt;El primer disparo le atravesó la cabeza. Mor&amp;shy;gan todavía no había caído al suelo, cuando una sucesión de balazos desmoronaron la yegua zai&amp;shy;na, entre las varas del carro y entre los aullidos de los perros, primero el Corbata y después el Limay, que alcanzados en la paleta desparrama&amp;shy;ron sus muertes junto al cadáver de su dueño.&lt;br /&gt;Ahora la calle se llenó de gente, salieron de las casas, del Almacén, del boliche, del Hotel de la esquina, sin darse mucha cuenta que esta&amp;shy;ban formando parte de un círculo cuyo centro era el hombre que ahora boleaba la pierna so&amp;shy;bre el anca de su caballo, y tocaba por primera vez el pueblo con sus botas de taco alto y sus espuelas grandes, mientras aún conservaba en su mano un Winchester Treinta Treinta con el cerrojo abierto, y en su cara esa expresión de feroz cansancio que mantuvo mientras caminaba unos pasos sin soltar el cabresto, y el círcu&amp;shy;lo se desplazaba conservando su radio en todo momento, incluso cuando el hombre se detuvo para ponerse en cuclillas y tocar las manos de su caballo concentrándose un rato en los tendo&amp;shy;nes sudados.&lt;br /&gt;El primero en intentar hablar fue el viejo Fonseca; su chacra bordeaba el mismo pueblo y sus padres y los padres de sus padres se habían inclinado sobre surcos parecidos y habían mira&amp;shy;do el mismo cielo con los ojos semicerrados; mientras ahora su hijo, cuyos hijos y los hijos de sus hijos estaban también ahí, con los demás vecinos absortos, cohibidos, abrumados, por esa fuerza que, indiferente a todo, parecía preocu&amp;shy;pada únicamente por las manos de su caballo, y cuando las palabras del viejo Fonseca, todavía pensamientos sin sonido o por lo menos no el sonido correspondiente a sus pensamientos se oyeron, los hombres -duros, fuertes, burdos, toscos, cobardes sin saberlo, porque sus vidas habían sido duras, fuertes, burdas, toscas y co&amp;shy;bardes también sin saberlo, porque esa tierra demasiado seca les había absorbido sus sueños, su hombría, sus cosechas, su dignidad, su tiem&amp;shy;po- miraron esperanzados al hombre como es&amp;shy;perando una respuesta, una aclaración que jus&amp;shy;tificara la muerte de Morgan, de su yegua zaina y de sus perros.&lt;br /&gt;Pero el hombre al que días más tarde llama&amp;shy;rían “Treinta Treinta”, no levantó la vista hasta después de un rato y cuando lo hizo, no fue para mirarlos sino consecuencia de haber le&amp;shy;vantado todo su cuerpo, que se inclinó un po&amp;shy;co al tomar el cabresto y después caminó unos pasos mirando sobre su hombro las manos del caballo.&lt;br /&gt;Ahora el círculo se siguió desplazando con él a lo largo de la calle y cuando se detuvo frente al jardincito de los Davidson fue porque el hom&amp;shy;bre había abierto la puerta de madera y hacía pasar el caballo detrás de él, y ahí en el cua&amp;shy;dradito de alfalfa y pasto ovillo fue desensillan&amp;shy;do lentamente, mientras en el vidrio de la ventana la cara indignada de Mary Davidson se des&amp;shy;componía en palabras que jamás habría dicho en presencia de sus padres, pero que tras el vidrio de la ventana admitían cierta lógica que después en la puerta de su casa, que abrió to&amp;shy;davía en el envión de su furia, se diluyeron en ese círculo del cual ella ahora también formaba parte junto con sus parientes amigos y vecinos.&lt;br /&gt;-¿Por qué? ¿Por qué lo hizo? -dijo Mar&amp;shy;y- y ¿qué hacemos acá callados todos muertos de miedo?&lt;br /&gt;Pero esto lo dijo varias horas más tarde en la reunión de vecinos que se formó en lo del viejo Fonseca, ahora algo desinhibidos de esa presen&amp;shy;cia que suponían dormida en el mejor cuarto del hotel, después de haber entrado como si fuera su casa y mirado unos instantes las cuatro puertas cerradas, eligiendo una de ellas por la cual pasó y también por la cual unos instantes después saldrían disparadas hacia afuera unas bolsas, dos maletas de viaje, un par de botas cuyo dueño en la reunión de vecinos diría in&amp;shy;dignado:&lt;br /&gt;- Si no hacemos algo ahora después va a ser tarde, se va a apropiar del pueblo como hizo con mi cuarto.&lt;br /&gt;-Y con mi jardín -dijo Mary.&lt;br /&gt;-Y con mi marido -podría haber dicho la mujer de Morgan si hubiera estado en la reu&amp;shy;nión, en vez de estar en su casa con el llanto ya seco, preocupada en calcular cuánto le cobraría su vecino Silvestre en sembrarle las dos bolsas de semillas y cuanto le costaría reemplazar la yegua zaina y unas de las varas del carro, que había quebrado al caer muerta. Porque era un pueblo de agricultores muy pobres y muy solos en la Patagonia ancha del año 94, y el tiempo lento de los años duros sólo había dado tiempo a ese tiempo y a esa dureza, impidiendo el de&amp;shy;rroche del esfuerzo, del agua, de las virtudes, de las semillas, de los defectos, de las pasiones, de los bueyes; de las mulas, de los caballos de pecho y de cualquier actitud, movimiento o pensamiento que no formase parte de esa fé&amp;shy;rrea determinación de subsistencia.&lt;br /&gt;Uno de los Vanderson fue el que habló des&amp;shy;pués, su cara parecía formar parte de algo mu&amp;shy;cho más viejo que su cuerpo, tal vez cincelada por esa eterna espera de los que nada tienen que esperar, por lo menos del suelo y de los hombres que llevaban su apellido y que habían dividido su tierra en tantas partes como hijos eran, y cada uno de ellos trabajaba esa parte como si él ya no existiese desde el día aquel, en que sus manos dejaron de cerrarse sobre las empuñaduras del arado, para apoyarse abiertas en el dolor de su cintura, de donde parecían no haberse apartado desde entonces, y mucho me&amp;shy;nos en ese momento en que sus manos no sólo encerraban su cintura sino también sus palabras cuando dijo:&lt;br /&gt;-Yo no puedo hacer nada... el reuma, sa&amp;shy;ben, el reuma... pero en casa tengo un fusil viejo y algunos de ustedes también tienen ar&amp;shy;mas... Y si nos juntamos...&lt;br /&gt;– Ninguno de nosotros sabe tirar, hace años que no tiramos un tiro y los pocos que tenemos armas ni sabemos en qué parte del galpón las tenemos guardadas, yo creo que tenemos que esperar a que se vaya. Para qué se va a quedar acá si no tenemos nada que le pueda interesar.&lt;br /&gt;– Tal vez lo están persiguiendo, tal vez algún baqueano de la policía le está siguiendo el ras&amp;shy;tro -dijo alguien- tal vez lo mejor sea esperar.&lt;br /&gt;-Y dejar mientras tanto que sea dueño del pueblo -dijo Mary indignada-, dejar que su caballo viva en mi jardín y se coma el alfa de mis pollos.&lt;br /&gt;– No -dijo una voz del fondo del grupo. Entonces todos se dieron vuelta, Mary, el vie&amp;shy;jo Fonseca, Davidson, los dos Mayer, Santos el mayor de los Faisca, las mujeres, todos se dieron vuelta, porque ese "no" formaba parte de las palabras que cualquiera de ellos querría haber dicho, y lo miraron por eso, como mirándose a sí mismos, como cuando miraban sus campos con las espigas triunfantes sobre la erosión y la seca o como cuando miraban a sus hijos en al&amp;shy;gún atardecer quién sabe cuándo. D’Acosta, que no oía muy bien, dijo a alguien:&lt;br /&gt;- ¿Quién es?&lt;br /&gt;- Forester -le dijeron.&lt;br /&gt;- ¿Cuál de los Forester?&lt;br /&gt;- El menor.&lt;br /&gt;El que hasta ese momento era considerado en la chacra como un chico, porque sus dos her&amp;shy;manos eran bastante mayores, y que ahora due&amp;shy;ño de ese "no", de las miradas, de la sonrisa que Mary le había dedicado, dueño además de las respuestas al aluvión de preguntas que después surgieron.&lt;br /&gt;- ¿Vos?&lt;br /&gt;- ¿Cómo?&lt;br /&gt;- ¿Con qué? Él tiene un Winchester treinta treinta, vos ¿qué tenés?, una escopeta vieja que ni siquiera sabés si funciona.&lt;br /&gt;Entonces el más chico de los Forester habló, y sus palabras escuchadas como no lo habían sido nunca en cerca de veinte años fueron éstas:&lt;br /&gt;– Yo lo vi al hombre cuando lo mató a Mor&amp;shy;gan, llevaba el treinta treinta cruzado sobre el recado y empezó a tirar sin llevarse siquiera el rifle a la cara, a Morgan le atravesó la cabeza, a cada perro le pegó en la paleta y a la yegua le metió cuatro balazos casi en el mismo sitio. Todos nosotros juntos con buenas armas nunca podríamos ni siquiera empezar una pelea con él y mucho menos terminarla.&lt;br /&gt;Por un instante se quedó callado, mientras pasaba la palma de sus manos por el pantalón descolorido, igual que hacía cerca de diez años en la cocina de su casa, cuando sus ojos se agrandaban de admiración ante las hazañas que el padentrano Silveyra contaba lentamente, sub&amp;shy;rayando la autenticidad de cada pelea con los tajos hondos de su cara vieja, impasible junto al fuego familiar, como lo estuvo los días sub&amp;shy;siguientes cuando ambos descalzos con cuchi&amp;shy;llos de madera con la punta tiznada trataban de alcanzarse en esas primeras lecciones de rudimentaria esgrima, que harían al más chico de los Forester decir diez años más tarde:&lt;br /&gt;- Sólo hay una forma, desafiarlo a pelear a cuchillo.&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- Sí, a cuchillo, me fijé en sus manos, no tiene los dedos tajeados, no debe ser cuchillero - &amp;shy;dijo con sencilla seguridad como lo hubiera di&amp;shy;cho el padentrano Silveyra.&lt;br /&gt;Al fin de esa noche la decisión estaba toma&amp;shy;da. Forester desafiaría al “hombre del treinta treinta” como le decían al principio -y después “treinta treinta” sólo, como le dirían más tar&amp;shy;de- a pelear a cuchillo de manera de hacerlo separarse del winchester y una vez iniciada la pelea retrocedería hasta alguna parte, donde estarían apostados algunos de los vecinos con sus horquillas de emparvar, con palos y hasta con los perros.&lt;br /&gt;Cuando amaneció, Treinta Treinta ya estaba en el jardincito de Mary, su caballo al extremo del atador se dejó acariciar nervioso y cuando él en cuclillas observaba los vasos, la mirada de Mary a través del vidrio de la ventana recorrió su nuca, su espalda y el cabo de plata que aso&amp;shy;maba sobre el borde de charol del tirador. Des&amp;shy;pués su mirada volvió a la nuca y sin darse mucha cuenta se demoró un rato en el perfil vio&amp;shy;lento y cuando sus ojos se encontraron ambos quedaron contentos de sí mismos.&lt;br /&gt;Él volvió a su caballo, ella al interior de la casa, que había construido su padre como un límite de sus sueños y que ella había aceptado durante cerca de diecinueve años, pero que aho&amp;shy;ra y ahí, con el hombre cuyo caballo todavía masticaba la alfalfa de sus pollos a pocos me&amp;shy;tros de su desconcierto, le pareció chica, mez&amp;shy;quina, agresivamente propia y tal vez ajena.&lt;br /&gt;Sus manos y sus antebrazos enharinados de&amp;shy;tuvieron su accionar unos instantes más tarde, cuando la voz de su padre invadió la cocina y desalojó sus pensamientos cuando dijo:&lt;br /&gt;- ¿Te va a alcanzar la leña?&lt;br /&gt;Y ella dijo -no- sin saberlo, como una pue&amp;shy;ril venganza a no sabía qué.&lt;br /&gt;Ahora su padre estaba dentro de la cocina y de su camiseta y de sus alpargatas y de los pan&amp;shy;talones sostenidos por la faja negra pero fuera del desasosiego de la angustia de lo que estaba afuera y que él ahora miraba por el vidrio de la ventana mientras decía:&lt;br /&gt;- Todavía está el caballo.&lt;br /&gt;- ¿Y el hombre?&lt;br /&gt;- No, el hombre no está.&lt;br /&gt;- ¿No está?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Estaba hasta recién.&lt;br /&gt;- Ahora no está. ¿Fuiste a la reunión anoche?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- ¿Qué decidieron?&lt;br /&gt;- Desafiarlo a pelear a cuchillo.&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- Desafiarlo a pelear a cuchillo - repitió el más chico de los Forester dos horas más tarde, mientras sus manos abiertas con las palmas ha&amp;shy;cia atrás colgaban sobre sus muslos y los pies un poco separados listos para aumentar la distan&amp;shy;cia si fuera necesario, como le había enseñado el padentrano Silveyra y tal vez como lo hubiera hecho si no hubiese muerto en esa roda&amp;shy;da por Río Chico para dispersarse en piches, peludos, gusanos y aguiluchos, momentáneos de&amp;shy;positarios de su carne y de su sangre.&lt;br /&gt;“Treinta Treinta” lo miró en la mitad de la calle, no muy lejos del lugar donde había muerto Morgan, y los vecinos apostados en donde habían convenido dijeron después haber visto y oído más o menos esto:&lt;br /&gt;- Como guste.&lt;br /&gt;El más joven de los Forester con la mano derecha alerta, tensa, detenida a escasos centímetros del cabo de su cuchillo, mientras las manos de “Treinta Treinta” parecían ajenas a la situa&amp;shy;ción, también ajena para su cara, para sus bra&amp;shy;zos, para el winchester que colgaba indiferente a lo largo de su cuerpo.&lt;br /&gt;- Con cuchillo -insistió Forester.&lt;br /&gt;- Si usara el rifle a esta distancia estaría loco- fue la respuesta, y Forester ya no se sintió im&amp;shy;portante, sino que era nuevamente el más chico de los tres hermanos y su mano se aferró a su única fortaleza que era el cabo de ese cuchillo, hecho para cortar el pan, desvasar su caballo, carnear capones, pero que ahora, en el aire quieto de su última tarde, se tocaría con la hoja cu&amp;shy;yo filo, contrafilo y su punta, hechos de una forma para que su forma no tuviera casi resis&amp;shy;tencia al entrar en la otra forma, empujada por el brazo, veloz, implacable, experto, que había parado los dos torpes y primeros hachazos y des&amp;shy;viado una puñalada para entrar, esa forma en la otra forma, todavía parada con ambas manos sobre el asombro de la herida como enmarcan&amp;shy;do el nacimiento de la muerte, de lo oscuro, del miedo, de la sangre que empapaba el pantalón y corrían por sus piernas duras, sosteniendo el peso del hombre que ya se sabía muerto, mien&amp;shy;tras decía con una voz infantil, asustada, lejana en el tiempo, como surgida de su infancia.&lt;br /&gt;- ¿Me voy a morir?&lt;br /&gt;- Sí -dijo Treinta Treinta, no como un mandato o una decisión, sino como un acatamiento a algo más poderoso mientras bajaba la vista hacia el suelo como esperando a ese cuerpo.&lt;br /&gt;Cuando cayó, todos se acercaron corriendo, sus dos hermanos, sus amigos, sus vecinos y el más chico de los Forester fue dado vuelta y abra&amp;shy;zado por el más chico de los Forester, pero que aún no lo sabía, y la sangre con el respaldo del corazón detenido, ya muerta ahora, quieta, sin objeto, llenando las manos impotentes del que ahora ya sabía que era el más chico de los Fo&amp;shy;rester, que miraba sus manos empapadas en esa sangre propia y ajena, que aceleraba la otra san&amp;shy;gre también propia y también ajena.&lt;br /&gt;Treinta Treinta se había dado vuelta y cami&amp;shy;naba despacio, llevando el winchester como una muleta ociosa bajo el brazo izquierdo y cuando aquél se incorporó -dejando con suave respeto en el suelo el cadáver del que le había otorgado un nombre, una violencia imperativa justiciera y el mandato perentorio de su amor y de su odio- se detuvo sin llegar a darse vuelta, pero miró un poco sobre su hombro como esperando. Forester embistió y fue ése el momento importante en ese pueblito sin nombre en el norte del Chubut, porque la órbita y el sonido que la culata del winchester produjeran ese día, per&amp;shy;duró para siempre en el recuerdo de esos hom&amp;shy;bres, que ahora de espaldas a los hechos, se ale&amp;shy;jaban vencidos del segundo de los Forester, que con la mandíbula destrozada por ese cula&amp;shy;tazo, indiferente, desdeñoso, velocísimo, aullaba de dolor en el suelo con la cara entre las manos.&lt;br /&gt;Y volvieron a sus trabajos, a sus chacras, a sus semillas, a sus arados, a sus mujeres, a sus hijos, mientras Treinta Treinta quedaba dueño de ese pueblo que parecía no interesarle en absoluto, recorriendo su única calle, viviendo y comiendo en el hotel, entrando a veces en el almacén y tomando lo que necesitaba, primero ante el estupor disimulado, llego la indigna&amp;shy;ción callada y por ultimo la indiferencia de sus dueños.&lt;br /&gt;Porque ahora aceptaban esa dependencia co&amp;shy;mo habían aceptado otras, como las secas, como la erosión, como los vientos, como los precios cada año más bajos de sus cosechas, llevadas a través de la distancia larga y pisoteada por los bueyes y por las mulas.&lt;br /&gt;Nunca hablaba con nadie, ni siquiera miraba a los que lo miraban, y aquella vez que pidió una piedra de afilar, nadie se extrañó cuando uno de los vecinos fue a buscarla a su casa y se la trajo, porque al adueñarse de las cosas se había adueñado de los poseedores de las cosas, porque las cosas en los desiertos como en las grandes ciudades justifican las vidas y las vidas dependían muchas veces de la posesión de las cosas.&lt;br /&gt;Mary Davidson era la única persona del pue&amp;shy;blo que le hacía volver la cabeza cuando sen&amp;shy;tado en los escalones de la galería del hotel la veía pasar. Un día la chistó y ella se detuvo y cuando él le hizo señas que se acercara, Mary Davidson lo hizo.&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;Él insistió en su gesto y ella se acercó más, con su dócil rebeldía distribuida entre las cejas y los ojos y algo en las palabras.&lt;br /&gt;- ¿Qué quiere?&lt;br /&gt;- El bayo le va a terminar el alfa.&lt;br /&gt;- Y... -dijo ella.&lt;br /&gt;- En el boliche tienen semilla, se podía sembrar algo detrás de la casa.&lt;br /&gt;- No alcanzaría el agua.&lt;br /&gt;- Es una lástima, por sus pollos digo yo.&lt;br /&gt;- Y, qué se le va hacer.&lt;br /&gt;Después los dos se quedaron callados un rato hasta que ella señaló con la cabeza el winches&amp;shy;ter y dijo:&lt;br /&gt;- ¿Y eso siempre lo lleva?&lt;br /&gt;- Ahá.&lt;br /&gt;- El finado Don Rosas tenía uno.&lt;br /&gt;Después el silencio nuevamente y ella dijo:&lt;br /&gt;- Me voy.&lt;br /&gt;- Hasta luego.&lt;br /&gt;Cuando llegó a su casa se miró en el espejo de la cocina y el pelo fue puesto y retirado de detrás de las orejas una y otra vez, en sucesivos y rabiosos intentos de parecerse a sí misma y cuando terminó de peinarse sonrió al mirar su propia sonrisa ocultarse tras la seriedad de su cara.&lt;br /&gt;Afuera la tarde desierta se arremolinaba de viento, nadie cruzaba la calle y si alguien lo hu&amp;shy;biera hecho sería inclinado, entrecerrando los ojos y protegiendo su cara de la tierra agresiva. Treinta Treinta desde el bar del hotel miraba hacia afuera con su cara indiferente enmarcada entre el barbijo negro de su sombrero negro, mientras su misma cara sin barbijo y sin som&amp;shy;brero, horizontal, sobre una mesa al principio y luego pasada de mano en mano, junto con las palabras: “BUSCADO” “$ 20.000 por su cabeza parecía también mirar indiferente las miradas nada indiferentes de los hombres.&lt;br /&gt;- ¿Dónde estaba?&lt;br /&gt;- Hace mucho que lo trajeron, me dijeron que lo clavara en la pared del boliche, los $ 20.000 los da el Banco de Londres de Río Gallegos. A mí la cara me pareció conocida, entonces le dije a ella, buscá entre los papeles.&lt;br /&gt;- Veinte mil pesos -dijo alguien.&lt;br /&gt;Y todos pensaron en los veinte mil pesos, que era casi el doble que el valor de sus chacras y de sus animales y de los arados y de sus herramien&amp;shy;tas y de sus carros. Y uno de los más viejos, segu&amp;shy;ramente Fonseca, dijo:&lt;br /&gt;- Si lo matamos entre todos podríamos dividirnos la plata.&lt;br /&gt;El más chico de los Forester dijo:&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;Nuevamente un Forester fue mirado por to&amp;shy;dos, porque cada uno de ellos se sintió un poco dueño de ese "no", porque Treinta Treinta ya formaba parte del pueblo y lo habían visto co&amp;shy;mer y bostezar y estirar la mano para tomar un vaso y afeitarse y lavarse y secarse la cara con la toalla junto a la bomba del patio del hotel. Por eso ahora, familiarizados con los movimien&amp;shy;tos del hombre que hasta ahora no había sido más que movimientos, la jerarquía de su terror había sido sustituida por el acatamiento a una serie de condiciones, yeso había dado a los ha&amp;shy;bitantes del pueblo, la seguridad que sienten los hombres libres cuando eligen el camino de la esclavitud. Y el miedo ya no lo tenían, como no tenían miedo a las secas, o al hambre, por&amp;shy;que sus leyes eran inexorables y no existía el elemento fundamental del terror, que es el de la posibilidad de la elección.&lt;br /&gt;–...Y el que lo mate tiene derecho a los veinte mil -terminó de decir el más chico de los Forester, y el murmullo de aprobación que siguió a sus palabras se prolongó horas después en las casas respectivas, ante bocas entreabiertas de asombro ante la magnitud de la cifra y ojos abiertos ahora nuevamente de miedo ante la idea de ser ellos los autores de esa muerte, an&amp;shy;te la idea de afrontar nuevamente la posibilidad de la elección.&lt;br /&gt;- Veinte mil. Te das cuenta, veinte mil.&lt;br /&gt;- Pero ¿cómo?&lt;br /&gt;- No sé cómo, pero tiene que haber alguna forma.&lt;br /&gt;- Con veneno -era la tesis defendida en al&amp;shy;guna casa.&lt;br /&gt;- A la noche, cuando esté dormido -decían en otra.&lt;br /&gt;- Un tiro por la espalda desde una ventana.&lt;br /&gt;Eran ideas, eran proyectos, eran sueños, eran hombres nuevamente con miedo, eran hombres nuevamente libres, eran hombres; y era Mary, y era Treinta Treinta, abrazados junto a un mo&amp;shy;lle en las afueras del pueblo, apretados uno contra el otro mientras sus bocas aplastaban los besos y el winchester ahora extendido en el suelo, paralelo a las sombras que la luna acos&amp;shy;taba sobre el polvo.&lt;br /&gt;No hablaron por un rato largo, como con miedo a esa primera palabra y la cintura de ella dando forma a esas manos, que a su vez daban forma al arco de su cuerpo, tan junto al otro cuerpo que la noche parecía quedar fuera.&lt;br /&gt;Hacia arriba las distancias se interrumpían una a una en cada estrella y hacia abajo la tie&amp;shy;rra estaba quieta como esperando.&lt;br /&gt;El vestido se apelotonó junto al tirador y al cuchillo y ella sobre el poncho extendido estaba desnuda, la luz de la piel parecía iluminar la luna y las manos de él se detenían a veces en alguna parte.&lt;br /&gt;Entre los muslos se notó más la suavidad y la aspereza de ambas pieles y la rodilla al flexionarse liberó la mano de su momentánea quie&amp;shy;tud y ésta siguió entonces su ávido recorrido por el cuerpo. Cuando las piernas fueron separadas él la poseyó, y sus figuras sobre el plano del mundo parecían una sola oscuridad, convulsio&amp;shy;nada, absurda y sin motivo, y la figura del mundo, desde el plano del poncho extendido, parecía para Mary y Treinta Treinta, una sola oscuridad, convulsionada, absurda y sin motivo.&lt;br /&gt;Alguno de los dos dijo:&lt;br /&gt;- Para siempre.&lt;br /&gt;Tal vez sonreían.&lt;br /&gt;Desde esa noche el pueblo se empezó a sentir dueño de Treinta Treinta, porque los hombres son los que con sus apetitos y los sueños se nu&amp;shy;tren de esos apetitos y los habitantes del pueblo soñaban en la forma, en el momento, en el lu&amp;shy;gar en que esas manos laboriosas, toscas, cobar&amp;shy;des, avarientas, fueran dueñas de esa muerte. Por eso lo miraban, lo observaban, trataban de acercarse, mirándose recelosos unos a otros por miedo a que alguien se adelantara, porque po&amp;shy;co a poco fueron sintiéndose dueños de esa vi&amp;shy;da que ajena a todo seguía desplazándose por la calle, dentro del hotel, en el boliche, en el almacén, actuando como si fuese el poseedor de ese pueblo, cuando en realidad ahora era el poseído.&lt;br /&gt;Un lugar estratégico para disparar sobre su espalda al entrar al hotel, ubicado en una lo&amp;shy;mita oculta de duraznillo, fue disputado a gol&amp;shy;pes por dos de los vecinos. Otra vez un hombre quedó de guardia toda una noche bajo la ven&amp;shy;tana de Treinta Treinta, por sospechar que otro lo iba a atacar. Alguien otra vez le volcó un vaso de vino como por descuido, ante la sospe&amp;shy;cha de que tuviese veneno. Le cuidaban la vida, para poder tener después la exclusividad de su muerte; trataban de hacerse amigos de él y has&amp;shy;ta las mujeres se acercaban a Mary que ignora&amp;shy;ba todo, con forzada zalamería y ella con su nueva felicidad a la noche sobre el poncho ex&amp;shy;tendido le decía:&lt;br /&gt;- Están todos mucho más buenos, me quieren más que antes, hasta a vos me parece que te quieren.&lt;br /&gt;- Ahá.&lt;br /&gt;- Sí, en serio, te han perdonado, ya no te odian.&lt;br /&gt;- ¿Y vos?&lt;br /&gt;Ella se reía, lo besaba con infantil y feme&amp;shy;nino sentido de propiedad, como si fuera poseída, pero también poseedora de aquel que la poseía.&lt;br /&gt;- Sabés una cosa, hasta papá me pidió que entraras a casa a tomar un vaso de ñaco. ¿Te gusta el ñaco?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- Entonces vení mañana. Pobre, sabés, está viejo, y yo antes era mala con él. Desde que te conozco soy mucho más buena con todos.&lt;br /&gt;El vino se enturbió cuando la cuchara revol&amp;shy;vió el ñaco del fondo de los vasos. Mary excitada de orgullo y de nervios le decía a su padre:&lt;br /&gt;- Te va a gustar, vas a ver, habla poco y es distinto, pero te va a gustar.&lt;br /&gt;Distribuyó los vasos sobre una carpeta, lo mi&amp;shy;ró y le dijo:&lt;br /&gt;- Papá, tu camisa, cambiate, sé bueno ... apurate que ya va a llegar.&lt;br /&gt;Cuando el padre volvió, ya Treinta Treinta había llegado. Los hombres se estrecharon la mano en el medio del cuarto y Mary los miró feliz sintiendo que todo era distinto y cuando dijo:&lt;br /&gt;- Acá no necesitás esto -le sacó el winchester de las manos y su mirada se demoró encima, o tal vez debajo de la mirada de él, y cuando lle&amp;shy;vó el rifle al otro cuarto, no se dio cuenta que lo llevaba abrazado contra el pecho, como si esa arma fuese una parte viva del hombre que en ese momento miraba sin miedo a la escopeta de dos caños que lo apuntaba.&lt;br /&gt;Cuando Mary volvió, ya su padre había opri&amp;shy;mido la cola del disparador y el clic que se oyó, enmudeció ese grito en su garganta que quedó ahí frustrado, como el estampido que no se pro&amp;shy;dujo, como los perdigones que nunca salieron del cañón viejo de la escopeta.&lt;br /&gt;La mirada golpeó en la cara de Mary, y ella desesperada no podía hablar, su padre hincado en el suelo pedía por su vida, mientras el cu&amp;shy;chillo que pareció haber crecido en la mano de Treinta Treinta fue depositado lentamente so&amp;shy;bre la mesa, junto al ñaco ya apaciguado en el fondo de los vasos.&lt;br /&gt;Después salió, y al cerrar la puerta dejó atrás las palabras para volver a su lenguaje de mo&amp;shy;vimientos, caminó unos pasos y se detuvo, quieto, con los brazos algo separados de ese cuerpo, sin gestos, sin idioma, sin armas, sin caballo, como un Cristo dejado abandonado en la mitad de la calle.&lt;br /&gt;Al verlo desarmado se fueron acercando, lo rodearon temerosos y alejados al principio, formando un círculo cuyo radio se achicaba de codicia instante tras instante. Después fue la horquilla de emparvar del viejo Fonseca clavándose sobre su hombro y enseguida todos, Mayer, Santos el mayor de los Faisca, los dos Forester, los hombres, las mujeres, los chicos, los perros, todos precipitándose como hienas hambrientas sobre un león herido. Eran palos y cuchillos y puños y piedras, destrozando esa carne, derramando esa sangre que cada uno de ellos consideraba propia.&lt;br /&gt;Cuando el primer disparo se oyó, el círculo se abrió de asombro como si ese cuerpo lacera&amp;shy;do hubiese sido el autor del balazo, oído por todos menos por el viejo Fonseca que cayó boca abajo sobre su propia herida, y cuando apare&amp;shy;ció Mary con el winchester en la mano dispa&amp;shy;rando sobre el grupo, los que no cayeron se dispersaron aterrados.&lt;br /&gt;Ahora era Mary junto a Treinta Treinta, llo&amp;shy;rando y haciendo fuego sobre las últimas espal&amp;shy;das ya lejanas. Inclinada sobre el cuerpo abra&amp;shy;zó su cabeza y después de un rato dijo seria&amp;shy;mente:&lt;br /&gt;- No sé si estás muerto o si estás vivo, pero sé que en algún lado tenés que estar, porque los hombres como vos no desaparecen. Sé que me estás escuchando, sé que sabés ahora que yo no sabía nada cuando te saqué tu winchester.&lt;br /&gt;Entre la sangre de la cara, los ojos de Trein&amp;shy;ta Treinta estaban cerrados, el pelo empapado sobre la frente parecía una pincelada más intensa. Ella prosiguió:&lt;br /&gt;- Si estás vivo voy a curarte y vas a ser mío para siempre y si estás muerto voy a enterrarte y vas a ser mío para siempre.&lt;br /&gt;Levantó la cabeza y a través de sus lágrimas miró el desierto que aparecía entre las últimas casas ahí donde el pueblo ya se acababa, miró hacia atrás, y la cara de su padre la miraba a través del vidrio de la ventana, miró hacia el costado y en la calle vacía flotaba casi inmóvil el humo de sus propios disparos, miró hacia arriba y en el cielo sin nubes no había nada. Después inclinó su cabeza y le dijo:&lt;br /&gt;- Treinta Treinta.&lt;br /&gt;Como los párpados estaban abiertos, ella alcanzó a ver el cielo reflejado en las pupilas. No dijo: “Dios mío”, pero volvió a repetir:&lt;br /&gt;- Treinta Treinta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-5727330571223731750?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/5727330571223731750/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=5727330571223731750' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/5727330571223731750'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/5727330571223731750'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/11/treinta-treinta-dalmiro-senz_28.html' title='&quot;Treinta Treinta&quot; (Dalmiro Sáenz)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-1678751162948146532</id><published>2008-11-20T16:59:00.002-02:00</published><updated>2008-11-20T17:06:49.303-02:00</updated><title type='text'>"Heróstratos, incendiario" (Marcel Schwob)</title><content type='html'>La ciudad de Éfeso, donde nació Heróstratos, se extendía en la desembocadura del Caistro, con sus dos puertos fluviales, hasta los muelles de Panorme, desde donde se veía, sobre el mar de abundantes colores, la línea brumosa de Samos. Rebosaba de oro y tejidos, de lanas y rosas, desde que los magnesios, sus perros de guerra y sus esclavos que lanzaban venablos, fueron vendidos a orillas del Meandro, desde que la magnífica Mileto fue arruinada por los persas. Era una ciudad de molicie, donde se festejaba a las cortesanas en el templo de Afrodita Hetaira. Los efesios llevaban túnicas amórginas, transparentes, telas de lino hilado al torno de colores violeta, púrpura y cocodrilo, sarápides color amarillo manzana y blancas y rosas, paños de Egipto color jacinto, con los fulgores del fuego y los matices móviles del mar, y calasiris de Persia, de tejido apretado, ligero, todos ellos tachonados en su fondo escarlata de granos de oro en forma de copelas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre la montaña de Prión y un alto y escarpado acantilado se divisaba, a orillas del Caistro, el gran templo de Ártemis. Se habían precisado ciento veinte años para construirlo. Envaradas pinturas ornaban sus salas interiores, cuyo techo era de ébano y ciprés. Las pesadas columnas que lo sostenían fueron embadurnadas de minio. Pequeña y oval era la sala de la diosa, en cuyo centro se alzaba una prodigiosa piedra negra, cónica y reluciente, marcada por doraduras lunares, que no era otra que Ártemis. El altar triangular también estaba tallado en piedra negra. En otras mesas, hechas de losas negras, se habían perforado agujeros regulares para que por ellos fluyera la sangre de las víctimas. De las paredes colgaban anchas hojas de acero, con mangos de oro, que servían para abrir las gargantas, y el suelo pulido estaba tapizado de cintas ensangrentadas. La gran piedra oscura tenía dos tetas enérgicas y picudas. Así era la Ártemis de Éfeso. Su divinidad se perdía en la noche de las tumbas egipcias, y había que adorarla según los ritos persas. Poseía un tesoro encerrado en una especie de colmena pintada de verde, cuya puerta piramidal se hallaba erizada de clavos de bronce. Allí, entre anillos, grandes monedas y rubíes yacía el manuscrito de Heráclito, quien había proclamado el reinado del fuego. El propio filósofo lo había depositado allí, en la base de la pirámide, cuando la construían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre de Heróstratos era violenta y orgullosa. No se supo quién era su padre. Más tarde Heróstratos declaró que era hijo del fuego. Su cuerpo estaba marcado, bajo la tetilla izquierda, con una media luna que pareció encenderse cuando lo torturaron. Las que asistieron su nacimiento predijeron que estaba sometido a Ártemis. Fue colérico y permaneció virgen. Corroían su rostro unas líneas oscuras y el tinte de su piel era negruzco. Desde su infancia le gustó quedarse bajo el alto acantilado, cerca del Artemision. Miraba pasar las procesiones de ofrendas. Por el desconocimiento en que estaban de su estirpe, no pudo ser sacerdote de la diosa a la que se creía consagrado. El colegio sacerdotal hubo de prohibirle varias veces la entrada a la naos, donde esperaba apartar el precioso y pesado tejido que ocultaba a Ártemis. Por eso concibió odio y juró violar el secreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El nombre de Heróstratos no le parecía comparable a ningún otro, lo mismo que su propia persona le parecía superior a toda la humanidad. Deseaba la gloria. Primero se unió a los filósofos que enseñaban la doctrina de Heráclito; pero desconocían su parte secreta, por hallarse encerrada en la celdilla piramidal del tesoro de Ártemis. Heróstrato sólo pudo conjeturar la opinión del maestro. Se endureció despreciando las riquezas que le rodeaban. Su asco hacia el amor de las cortesanas era extremo. Creyeron que reservaba su virginidad para la diosa. Pero Ártemis no tuvo piedad de él. Pareció peligroso al colegio de la Gerusia, que vigilaba el templo. El sátrapa permitió que lo desterraran a los suburbios. Vivió en la ladera del Koressos, en una gruta excavada por los antiguos. Desde allí acechaba de noche las lámparas sagradas del Artemision. Algunos suponen que persas iniciados acudieron a conversar allí con él. Pero es más probable que su destino le fuera revelado de golpe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, en medio de la tortura confesó que había comprendido de repente el sentido de la frase de Heráclito -el camino de lo alto-, porque el filósofo había enseñado que la mejor alma es la más seca y la más enardecida. Atestiguó que, en este sentido, su alma era la más perfecta, y que había querido proclamarlo. No alegó más causa a su acción que la pasión por la gloria y la alegría de oír proferir su nombre. Dijo que sólo su reino habría sido absoluto, puesto que no se le conocía padre y que Heróstratos habría sido coronado por Heróstratos, que era hijo de sus obras, y que su obra era la esencia del mundo; que así habría sido juntamente rey, filósofo y dios, único entre los hombres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El año 365, en la noche del 21 de julio, cuando no subió al cielo la luna y el deseo de Heróstratos adquirió una fuerza inusitada, decidió violar la cámara secreta de Ártemis. Se deslizó pues por el zigzag de la montaña hasta la ribera del Caistro y subió las gradas del templo. Los guardas de los sacerdotes dormían junto a las lámparas sagradas. Heróstratos cogió una y penetró en la naos.&lt;br /&gt;Un fuerte olor a aceite de nardo la invadía. Las negras aristas del techo de ébano estaban resplandecientes. El óvalo de la cámara se hallaba dividido por la cortina tejida de hilo de oro y púrpura que ocultaba a la diosa. Su lámpara iluminó el terrible cono de tetas erectas. Heróstratos las agarró con ambas manos y besó con avidez la piedra divina. Luego dio una vuelta alrededor, y vio de pronto la pirámide verde donde estaba el tesoro. Agarró los clavos de bronce de la puertecilla, y la arrancó. Hundió sus dedos entre las joyas vírgenes. Pero sólo se apoderó del rollo de papiro donde Heráclito había inscrito sus versos. A la luz de la lámpara sagrada los leyó, y conoció todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al punto exclamó: “¡Fuego, fuego!”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tiró de la cortina de Ártemis y acercó la mecha encendida al paño inferior. La tela ardió al principio despacio; luego, por los vapores de aceite perfumado que la impregnaban, la llama subió, azulada, hacia los artesonados de ébano. El terrible cono reflejó el incendio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El fuego se enroscó en los capiteles de las columnas, reptó a lo largo de las bóvedas. Una tras otra, las placas de oro consagradas a la poderosa Ártemis cayeron desde las suspensiones a las losas con un estruendo de metal. Luego el haz fulgurante estalló en el techo e iluminó el acantilado. Las tejas de bronce se desplomaron. Heróstratos se erguía en medio del resplandor, clamando su nombre en la oscuridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo el Artemision fue un montón rojo en el corazón de las tinieblas. Los guardias cogieron al criminal. Lo amordazaron para que dejara de gritar su propio nombre. Fue arrojado en los sótanos, atado, durante el incendio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Artajerjes envió inmediatamente la orden de torturarlo. No quiso confesar otra cosa que lo que se ha dicho. Las doce ciudades de Jonia prohibieron, bajo pena de muerte, entregar el nombre de Heróstratos a las edades futuras. La noche en que Heróstratos incendió el templo de Éfeso vino al mundo Alejandro, rey de Macedonia.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-1678751162948146532?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/1678751162948146532/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=1678751162948146532' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/1678751162948146532'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/1678751162948146532'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/11/herstratos-incendiario-marcel-schwob.html' title='&quot;Heróstratos, incendiario&quot; (Marcel Schwob)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-4674898970923906254</id><published>2008-11-13T23:29:00.003-02:00</published><updated>2008-11-13T23:46:59.683-02:00</updated><title type='text'>Poemas (Juan Ramón Jiménez)</title><content type='html'>&lt;a name="LA ROSA AZUL"&gt;LA ROSA AZUL&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!&lt;br /&gt;Se me torna celeste la mano, me contagio de otra poesía&lt;br /&gt;Y las rosas de olor, que pongo como ella las ponía, exaltan su color;&lt;br /&gt;y los bellos cojínes, que pongo como ella los ponía, florecen sus jardines;&lt;br /&gt;Y si pongo mi mano -como ella la ponía- en el negro piano,&lt;br /&gt;surge como en un piano muy lejano, mas honda la diaria melodía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!&lt;br /&gt;me inclino a los cristales del balcón, con un gesto de ella&lt;br /&gt;y parece que el pobre corazón no está solo.&lt;br /&gt;Miro al jardín de la tarde, como ella,&lt;br /&gt;y el suspiro y la estrella se funden en romántica armonía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!&lt;br /&gt;Dolorido y con flores, voy, como un héroe de poesía mía.&lt;br /&gt;Por los desiertos corredores que despertaba ella con su blanco paso,&lt;br /&gt;y mis pies son de raso -¡oh! Ausencia hueca y fría!-&lt;br /&gt;y mis pisadas dejan resplandores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="IBA TOCANDO MI FLAUTA"&gt;IBA TOCANDO MI FLAUTA&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iba tocando mi flauta&lt;br /&gt;a lo largo de la orilla;&lt;br /&gt;y la orilla era un reguero&lt;br /&gt;de amarillas margaritas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El campo cristaleaba&lt;br /&gt;tras el temblor de la brisa;&lt;br /&gt;para escucharme mejor&lt;br /&gt;el agua se detenía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Notas van y notas vienen,&lt;br /&gt;la tarde fragante y lírica&lt;br /&gt;iba, a compás de mi música,&lt;br /&gt;dorando sus fantasías,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;y a mi alrededor volaba,&lt;br /&gt;en el agua y en la brisa,&lt;br /&gt;un enjambre doble de&lt;br /&gt;mariposas amarillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ladera era de miel,&lt;br /&gt;de oro encendido la viña,&lt;br /&gt;de oro vago el raso leve&lt;br /&gt;del jaral de flores níveas;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;allá donde el claro arroyo&lt;br /&gt;da en el río, se entreabría&lt;br /&gt;un ocaso de esplendores&lt;br /&gt;sobre el agua vespertina...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi flauta con sol lloraba&lt;br /&gt;a lo largo de la orilla;&lt;br /&gt;atrás quedaba un reguero&lt;br /&gt;de amarillas margaritas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="¡QUÉ TRISTEZA DE OLOR A JAZMÍN!"&gt;¡QUÉ TRISTEZA DE OLOR A JAZMÍN!&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Qué tristeza de olor de jazmín! El verano&lt;br /&gt;torna a encender las calles y a oscurecer las casas,&lt;br /&gt;y, en las noches, regueros descendidos de estrellas&lt;br /&gt;pesan sobre los ojos cargados de nostalgia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los balcones, a las altas horas, siguen&lt;br /&gt;blancas mujeres mudas, que parecen fantasmas;&lt;br /&gt;el río manda, a veces, una cansada brisa,&lt;br /&gt;el ocaso, una música imposible y romántica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La penumbra reluce de suspiros; el mundo&lt;br /&gt;se viene, en un olvido mágico, a flor de alma;&lt;br /&gt;y se cogen libélulas con las manos caídas,&lt;br /&gt;y, entre constelaciones, la alta luna se estanca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Qué tristeza de olor de jazmín! Los pianos&lt;br /&gt;están abiertos; hay en todas partes miradas&lt;br /&gt;calientes... Por el fondo de cada sombra azul,&lt;br /&gt;se esfuma una visión apasionada y lánguida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="NOSTALGIA"&gt;NOSTALGIA&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al fin nos hallaremos. Las temblorosas manos&lt;br /&gt;apretarán, suaves, la dicha conseguida,&lt;br /&gt;por un sendero solo, muy lejos de los vanos&lt;br /&gt;cuidados que ahora inquietan la fe de nuestra vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las ramas de los sauces mojados y amarillos&lt;br /&gt;nos rozarán las frentes. En la arena perlada,&lt;br /&gt;verbenas llenas de agua, de cálices sencillos,&lt;br /&gt;ornarán la indolente paz de nuestra pisada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi brazo rodeará tu mimosa cintura,&lt;br /&gt;tú dejarás caer en mi hombro tu cabeza,&lt;br /&gt;¡y el ideal vendrá entre la tarde pura,&lt;br /&gt;a envolver nuestro amor en su eterna belleza!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-4674898970923906254?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/4674898970923906254/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=4674898970923906254' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/4674898970923906254'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/4674898970923906254'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/11/poemas-juan-ramn-jimnez.html' title='Poemas (Juan Ramón Jiménez)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-8908500802334514595</id><published>2008-11-05T20:29:00.007-02:00</published><updated>2008-11-06T01:06:09.759-02:00</updated><title type='text'>"Geneviève" (Osvaldo Soriano)</title><content type='html'>En medio de la clase de física, cuando llegaba la primavera y el viento se calmaba y todos dejábamos de rechinar los dientes, el Flaco Martínez, que era el profesor más querido del colegio, tiraba la tiza sobre el escritorio descalabrado y decía: "Y ahora, a visitar la materia". Los alumnos sabíamos lo que quería decir. Los primeros aplausos y vivas venían de los bancos de atrás, de los mayores que repetían por tercera vez el año y estaban en edad de conscripción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guardábamos carpetas y libros y el Flaco Martínez levantaba las manos pidiendo silencio para que el director y el celador no nos oyeran. El director era un tipo bien trajeado que sabía manejar la sonrisa y el rigor; estaba al tanto, pero toleraba las escapadas porque temía el desgano de los mejores jugadores de fútbol en la gran final intercolegial de noviembre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era sabido que cada año apostaba su aguinaldo completo a favor de "sus muchachos". Con la llegada de la primavera florecía también su carácter jovial, tolerante, y la disciplina se relajaba y los exámenes eran menos imperativos y aquellos que nos sabíamos ya integrantes del equipo nos sentíamos con derecho a olvidar las matemáticas y la química para entrenar en la cancha vecina. Entonces salíamos caminando despacio, casi arrastrando los pies para no darles envidia a los pibes de primer año que tenían matemáticas en el aula del zaguán, la puerta entreabierta porque ya no soplaba el viento del oeste y el silencio calmaba los nervios como un puñado de aspirinas. Por entonces las calles no estaban pavimentadas y un viejo camión regador pasaba dos veces por día para aquietar el polvo. Cuando el viento callaba, como aquella tarde, el pueblo chato y gris parecía cubrirse de ruidos que no conocíamos. El Flaco Martínez caminaba adelante, el pucho entre los labios, su pálida cara de tuberculoso afrontando un sol dañino. Era, creo, tan pobre como nosotros: llevaba siempre el mismo traje azul lustroso que planchaba extendiéndolo bajo el colchón de la pensión y se ponía cualquier corbata cortita a la que nunca le deshacía el nudo. Se decía que era timbero y mujeriego y que por eso lo habían transferido de un respetable colegio de Bahía Blanca a nuestro remoto establecimiento de varones solos, adonde sólo se llegaba por castigo o por aventura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Éramos más de veinte en el curso, pero la asistencia nunca pasaba de doce o catorce; los mejores alumnos, serios y bien vestidos, y nosotros, los que teníamos el boletín lleno de amonestaciones, pero jugábamos bien al fútbol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No era fácil seguir al Flaco Martínez que tenía las piernas largas como mástiles. Subía la cuesta y encaraba por la ruta asfaltada que separaba a los malos de los buenos ciudadanos del pueblo. Al sol, su pelo largo al estilo de un bohemio pasado de moda se ponía rojo y todos nos dábamos cuenta de que la física le importaba tanto como a nosotros. Pero nadie, nunca, se animó a tutearlo. En los momentos más dramáticos de una partida de billar se le alcanzaba la tiza acompañándola de un "señor" que jamás sonó socarrón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquélla no era su tierra y estaba claro que despreciaba cada grano de arena que respiraba o se le metía en los zapatos. Pero se había resignado a ella como los hombres solos se resignan a las noches interminables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajando la cuesta, al otro lado de la ruta, se veían esparcidas las primeras casas cuadradas y el café con billares y barajas del turco Saúl Asir. A esa hora, las calles del barrio estaban desiertas y sólo los camiones cargados de manzanas pasaban dejando una polvareda que se quedaba flotando hasta que una brisa nos la apartaba del camino y el sol volvía a cocinar las acequias y los espinillos. En el bar, el Flaco Martínez se tomaba una sola ginebra y nos hacía vaciar los bolsillos. Como siempre, el Rengo Mores tenía apenas lo justo para pagarse la vuelta en ómnibus hasta Centenario, que quedaba entre las bardas, a cuarenta kilómetros. Casi todos vivíamos lejos y atravesábamos el río en colectivo, o en bicicleta, o colados en algún camión. Los que faltaban a clase se habían quedado pescando cerca del puente porque todavía no era tiempo de sacarse la ropa y tirarse a nadar. Juntábamos el primer viernes de cada mes lo que ganábamos al truco, o en trabajos de ocasión. El Flaco Martínez reunía los billetes y hasta alguna moneda, agregaba lo suyo, que no era mucho, y se iba a parlamentar con la Gorda Zulema que era nuestra virgen protectora. La Zulema era dulce y sabia, paciente y comprensiva, y amaba su profesión como jamás he visto que otra mujer la amara. No conocía el egoísmo ni las pequeñas miserias que otros toman por virtudes. Su orgullo era la heladera eléctrica, la única de ese costado maldecido de la ribera, que había hecho traer en un vagón de encomiendas desde Buenos Aires. No es que alardeara de ella, ni que la mezquinara, pero nadie tenía derecho a abrirla sin su presencia y consentimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noche de sopor en la que todos estuvimos de acuerdo en que llovería, la abrió delante de mí y del Negro Orellana. Aparte de una botella de refresco y una pechuga de pollo, había un largo collar de perlas de imitación y un paquete de cartas envueltas en una cinta rosa. Eran fantasmas del pasado y la Gorda Zulema quería que se conservaran frescos e intactos como un postre de chocolate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hubo otra noche en que yo estaba triste, un poco borracho e impotente, y ella me pasó la mano por la cabeza y me acarició los párpados y no me dijo las estúpidas palabras que tenían preparadas las otras mujeres del barrio. Me hizo sentar al borde de la cama, que era grande como una pista de baile, apoyó su cabeza contra mi espalda para que no nos viéramos las caras y me contó alguna cosa de su vida que nos hizo llorar a los dos mientras los otros clientes esperaban en el vestíbulo. Supe esa noche que se llamaba Geneviéve, que era francesa de verdad y no como otras, que arrastraban la erre para darse corte. Buscó las cartas en la heladera. Los sobres desteñidos de tinta violeta estaban escritos con una caligrafía varonil e imperativa. Un detalle añadía a la distancia un reproche velado: no conforme con escribir &lt;em&gt;Neuquén, Argentine&lt;/em&gt;, el hombre agregaba inútilmente &lt;em&gt;Patagonie, Amérique du Sud&lt;/em&gt;. El sobre traía ya una sospecha de selvas o desiertos. De fin del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Geneviéve se había ocultado detrás de Zulema en Buenos Aires, donde había pasado algunos años de gloria mientras Europa se desangraba. Su contribución al esfuerzo de guerra de sus compatriotas había sido firme y decidida: hasta la liberación de París ningún hombre de nacionalidad alemana se tendió sobre sus sábanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La decadencia y las arrugas la trajeron a nuestro pueblo y secretamente sabía que su tierra ya estaba tan lejana como su juventud. Barajó los sobres como si fuera a repartir las cartas y en ellas estuviera escrito el destino, el de ella —que soñaba en vano con volver a ver el Mediterráneo— y el mío, que alguna vez me llevaría a su Francia natal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No habló del hombre que se quedó en el puerto de Marsella: cuando la correspondencia dejó de llegar empaquetó el pasado y lo guardó en la heladera, como otras mujeres lo conservan en el rictus amargo de los labios. Pero aquella tarde de primavera en que llegamos con el Flaco Martínez, todavía no habíamos mirado la heladera por dentro ni habíamos llorado juntos. Zulema era gorda y opulenta y Federico Fellini hubiera gustado de ella. A su lado, el Flaco Martínez parecía una escoba abandonada junto a un camión cisterna. Hablaron un rato sin manosear dinero ni levantar la voz. Al otro lado de la calle nosotros esperábamos, ansiosos como si el Flaco estuviera por tirar un penal. Un movimiento de cabeza, una risa comprensiva de la Gorda Zulema y empezamos a saltar como si el Flaco hubiera hecho el gol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tirábamos los turnos a la suerte, revoleando dos monedas a la vez y el sistema era complicado porque la empresa era seria. Si alguien reclamaba prioridad por su dinero, el Flaco prometía hacerle explicar la fusión de ya no sé qué materia y el egoísta se calmaba. Después, al caer la tarde, con la lengua desatada por la emoción, íbamos a jugar al billar a lo del Turco y teníamos un hambre feroz y ni una moneda para un sandwich.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando recuerdo aquellos años, cuando reviven las imágenes del Flaco Martínez y de la Gorda Zulema imagino que el corresponsal de Marsella escribiría sus cartas temiendo que el corazón de su Geneviéve sé endureciera en aquel desierto hostil. Pues no. Es hora de que ese hombre obstinado, si vive todavía, lo sepa. Valía la pena esperarla. Aun esperarla en vano. En aquel paisaje en el que éramos extranjeros (es decir, inocentes), todo era irrealidad: no había elefantes que rodearan el valle, ni el avión negro de Perón llegó nunca. Las manzanas y las vidas florecían pero las ilusiones, como los relojes baratos que llevábamos en la muñeca, se entorpecían y luchaban por abrirse paso entre la arenisca que volaba desde el desierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace unos años, cuando fui por última vez, mis amigos de entonces me habían enterrado: corrió la noticia que me daba como descabezado en un accidente de tránsito. Fue curioso ver las caras azoradas frente a una aparición de ultratumba. Por fin, cuando hicimos el recuento de vidas y muertes, de hazañas y cobardías, de sueños realizados y matrimonios hechos y deshechos, pregunté por el Flaco Martínez. "El Flaco &lt;em&gt;también&lt;/em&gt; se murió —dijo alguien—; se fue al sur, a Santa Cruz, y lo agarró la pulmonía, pobre Flaco."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Zulema era un recuerdo que se nombraba en voz baja. Muchos se habían construido un edificio personal que los abrigaba de un pasado de pobreza y la Gorda Zulema estaba sepultada en los cimientos. ¿Qué importancia podía tener entonces aquel primer viernes de cada mes, cuando era primavera y el viento se calmaba y todos dejábamos de rechinar los dientes?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-8908500802334514595?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/8908500802334514595/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=8908500802334514595' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/8908500802334514595'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/8908500802334514595'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/11/genevive-osvaldo-soriano.html' title='&quot;Geneviève&quot; (Osvaldo Soriano)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-1883307459096888045</id><published>2008-10-26T23:08:00.001-02:00</published><updated>2008-10-26T23:10:04.043-02:00</updated><title type='text'>"Los señores Burke y Hare, asesinos" (Marcel Schwob"</title><content type='html'>El señor William Burke ascendió desde la más baja condición hasta una eterna celebridad. Nació en Irlanda y empezó como zapatero. Durante varios años ejerció este oficio en Edimburgo, donde trabó amistad con el señor Hare, sobre quien ejerció gran influencia. Dentro de la colaboración de los señores Burke y Hare, no hay duda alguna de que el poder de invención y simplificación perteneció al señor Burke. Sin embargo, sus nombres han permanecido inseparables en el arte, como los de Beaumont y Fletcher juntos vivieron, juntos trabajaron y juntos fueron presos. El señor Hare nunca protestó contra la popularidad con que particularmente se distinguió a la persona del señor Burke: desinterés tan cabal no tuvo su recompensa. Fue el señor Burke quien legó su nombre al procedimiento especial que honró a ambos colaboradores. El monosílabo Burke ha de vivir aún mucho tiempo en boca de los hombres, cuando ya la persona de Hare haya desaparecido en el olvido que injustamente se abate sobre los oscuros trabajadores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Burke parece haber otorgado a su obra la fantasía mágica de la verde isla en que nació. Su alma debió haberse impregnado de los relatos del folclor. Hay en lo que hizo algo como un lejano resabio de Las mil y una noches. Similar al califa errante a lo largo de los jardines nocturnos de Bagdad, deseó misteriosas aventuras, curioso como era de relatos desconocidos y personas extrañas. Similar al gran esclavo negro armado de una pesada cimitarra, no encontró conclusión más digna para su voluptuosidad que la muerte de los demás. Pero su originalidad anglosajona consistió en haber logrado sacar el más práctico partido de su errabunda imaginación de celta. ¿Qué hacía el esclavo negro, díganme -cumplido ya su gozo artístico-, con aquellos a los que les había cortado la cabeza? Con una barbarie muy árabe, los descuartizaba a fin de conservarlos, salados, en un sótano. ¿Qué beneficio sacaba? Ninguno. El señor Burke fue infinitamente superior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De alguna manera, el señor Hare le sirvió de Dinazarda. Al parecer, el poder de invención del señor Burke hubo de sentirse especialmente excitado por la presencia de su amigo. La ilusión de sus sueños les permitió valerse de una buhardilla para alojar en ella magníficas visiones. El señor Hare vivía en un cuartito ubicado en el sexto piso de una casa muy alta y muy poblada de Edimburgo. Un canapé, un cajón y sin duda algunos utensilios de tocador componían casi todo su mobiliario. Sobre una mesita, una botella de whisky con tres vasos. Era norma que el señor Burke no recibiera más de una persona por vez: nunca la misma. Característica suya era invitar, al caer la noche, a un transeúnte desconocido. Vagaba por las calles para examinar los rostros que suscitaban su curiosidad. A veces escogía al azar. Se dirigía al extraño con toda la cortesía que habría puesto Harún-al-Raschid. El extraño subía los seis pisos del caserón del señor Hare. Le cedían el canapé y le ofrecían whisky de Escocia. El señor Burke lo interrogaba acerca de los sucesos más sorprendentes de su existencia. ¡Qué insaciable oyente era el señor Burke! Al despuntar el día, siempre el señor Hare interrumpía el relato. La forma de interrupción del señor Hare era invariablemente la misma, y muy imperativa. Tenía el señor Hare, a fin de interrumpir el relato, la costumbre de ubicarse detrás del canapé y aplicar ambas manos sobre la boca del narrador. En ese mismo momento, el señor Burke se sentaba sobre el pecho de éste. Ambos, en esa posición, soñaban inmóviles con el final de la historia que jamás oían. De esta manera, los señores Burke y Hare concluyeron un gran número de historias que el mundo no conocerá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el cuento había sido, junto con el aliento del narrador, definitivamente detenido, los señores Burke y Hare exploraban el misterio. Desvestían al desconocido, admiraban sus joyas, contaban su dinero y leían sus cartas. Algunas correspondencias no carecían de interés. Luego ponían el cuerpo en el cajón del señor Hare, para que se enfriara. Y en este punto el señor Burke mostraba la fuerza práctica de su espíritu.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era importante que el cadáver se mantuviese fresco, pero no tibio, a fin de poder utilizar hasta el último residuo del placer de la aventura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquellos primeros años del siglo, los médicos estudiaban con pasión la anatomía, pero pasaban por muchas dificultades a causa de los principios de la religión antes de procurarse sujetos para disecar. El señor Burke, de esclarecido espíritu, había advertido esa laguna de la ciencia. No se sabe cómo se relacionó con el doctor Knox, un venerable y sabio experto que enseñaba en la Facultad de Edimburgo. Quizás el señor Burke había seguido cursos públicos, aun cuando su imaginación debió inclinarlo, más bien, hacia los gustos artísticos. Pero es seguro que le prometió al doctor Knox ayudarlo como mejor pudiera. Por su parte, el doctor Knox se comprometió a pagarle por sus esfuerzos. La tarifa disminuía desde los cuerpos de gente joven hasta los cuerpos de ancianos. Éstos le interesaban muy poco al doctor Knox -era también la opinión del señor Burke-, pues comúnmente tenían menos imaginación. El doctor Knox se hizo célebre entre todos sus colegas por virtud de su ciencia anatómica. Los señores Burke y Hare se beneficiaron con la vida como grandes apasionados. Indudablemente conviene situar en esa época el período clásico de su existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues el genio omnipotente del señor Burke muy pronto lo arrastró lejos de las normas y reglas de aquella tragedia en la que siempre había un relato y un confidente. El señor Burke evolucionó completamente solo (sería pueril invocar la influencia del señor Hare) hacia una especie de romanticismo. Como ya no le bastaba el decorado de la buhardilla del señor Hare, inventó el procedimiento nocturno en medio de la niebla. Los incontables imitadores del señor Burke han empañado un poco la originalidad de su estilo. He aquí la verdadera tradición del maestro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La fecunda imaginación del señor Burke se había hartado de los relatos eternamente parecidos de la experiencia humana. Nunca el resultado había respondido a su expectación. De allí vino a no interesarse más que en el aspecto real, para él siempre variado, de la muerte. Localizó todo el drama en el desenlace. La calidad de los actores ya no le importó. Los moldeó al azar. El único accesorio del teatro del señor Burke fue una máscara de tela empapada en resina. En las noches de bruma, el señor Burke salía con la máscara en la mano. Lo acompañaba el señor Hare. El señor Burke aguardaba al primer transeúnte y echaba a andar delante de él; luego, volviéndose, le aplicaba sobre el rostro la máscara de resina, súbita y firmemente. Al instante, los señores Burke y Hare se apoderaban, cada uno de un lado, de los brazos del actor. La máscara de tela empapada en resina ofrecía la genial simplificación de ahogar al mismo tiempo los gritos y el aliento. Además, era trágica: la niebla esfumaba los gestos del papel. Algunos actores parecían hacer la pantomima de la borrachera. Terminada la escena, los señores Burke y Hare tomaban un cabriolé y desarmaban el personaje; en tanto el señor Hare vigilaba sus ropas, el señor Burke subía un cadáver fresco y limpio a casa del doctor Knox.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquí es cuando, en desacuerdo con la mayoría de los biógrafos, he de dejar a los señores Burke y Hare en medio de su nimbo de gloria. ¿Por qué destruir un efecto artístico tan hermoso llevándolos lánguidamente hasta el final de su carrera y revelando sus desfallecimientos y sus decepciones? Sólo hay que verlos allí, con su máscara en la mano, errantes en las noches de niebla. Pues el fin de su vida fue vulgar y similar a tantos otros. Al parecer, uno de ellos fue colgado, y el doctor Knox debió alejarse de la Facultad de Edimburgo. El señor Burke no ha dejado otras obras.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-1883307459096888045?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/1883307459096888045/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=1883307459096888045' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/1883307459096888045'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/1883307459096888045'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/10/los-seores-burke-y-hare-asesinos-marcel.html' title='&quot;Los señores Burke y Hare, asesinos&quot; (Marcel Schwob&quot;'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-8865955811844897665</id><published>2008-10-14T19:33:00.006-03:00</published><updated>2008-10-15T15:51:10.407-03:00</updated><title type='text'>"La Argentina invade California" (Osvaldo Soriano)</title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt;¿Cuál fue la primera potencia del mundo que reconoció a la flamante Argentina de la Revolución? ¿Qué ansias arrastraban a los hombres de la Independencia? ¿Qué fuego delirante les inflamaba los corazones?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Franceses, ingleses, polacos, alemanes y norteamericanos corrieron en auxilio de la joven Revolución que enfrentaba al imperio de España. Todas las ideas, viejas y nuevas, venían a refundarse en estas costas: monárquicos, republicanos, católicos, liberales, anarquistas y aventureros peleaban por amor, por costumbre o por plata. Los hubo solemnes, grandiosos, generosos, chiflados, estúpidos, vanidosos y despiadados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El más conocido de ellos fue el capitán José de San Martín, de la secreta Logia Lautaro, pero entre los más chiflados y ambiciosos estaba el corsario Hipólito Bouchard. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Como Liniers y Brandsen, Bouchard era francés y como ellos murió de muerte violenta. Fue él quien compró el primer reconocimiento exterior para la Argentina, que todavía se llamaba Provincias Unidas. En su nombre invadió y destruyó la California dominada por los españoles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bouchard llegó al Río de la Plata en 1809 en un barco de corsarios franceses. El primer día de febrero de 1811 el gobierno de la Revolución lo nombra capitán del bergantín de guerra &lt;em&gt;25 de Mayo&lt;/em&gt;. Su primera batalla, la de San Nicolás, no es gloriosa: cuando el 2 de marzo oye los cañones de siete naves, Bouchard abandona a su jefe, Juan Bautista Azopardo, se tira al agua y gana la costa a nado con toda la tripulación. En el Consejo de Guerra presidido por Saavedra dirá que los marineros huyeron primero y que él fue impotente para contenerlos. Azopardo, en su diario, se queja de haber sido "&lt;em&gt;vergonzosamente abandonado&lt;/em&gt;".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tierra le va mejor: incorporado al Regimiento de Granaderos a Caballo, el 13 de febrero de 1813 contribuye al triunfo en San Lorenzo: mata de un pistoletazo al abanderado de los realistas y se queda con el pabellón enemigo; eso lo hace criollo y capitán del ejército de San Martín, que lo recomienda a la Asamblea Constituyente. Pero lo suyo es el pillaje y el saqueo, como Drake y Morgan, y pronto va a probarlo. En 1815 manda las corbetas &lt;em&gt;Halcón&lt;/em&gt; y &lt;em&gt;Uribe&lt;/em&gt; y marcha a reunirse con Brown, que comanda la &lt;em&gt;Hércules&lt;/em&gt;. El irlandés lo espera en la isla de Mocha, sobre el Pacífico, para ir a cañonear el puerto de El Callao. Los dos han cambiado: William Brown es ahora Guillermo e Hypolite se ha convertido en Hipólito, súbditos de las Provincias Unidas. En una tormenta Bouchard pierde el &lt;em&gt;Uribe&lt;/em&gt;. Brown, en cambio, captura la fragata española &lt;em&gt;Consecuencia&lt;/em&gt; y toma prisionero al brigadier Mendiburu, gobernador de Guayaquil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En febrero, Brown decide asaltar la fortaleza de Guayaquil pero Bouchard no lo acompaña porque estima la aventura demasiado riesgosa. En cambio, le propone un negocio: ofrece el &lt;em&gt;Halcón&lt;/em&gt; y diez mil pesos en efectivo a cambio de la &lt;em&gt;Consecuencia&lt;/em&gt;. Brown acepta y paga. Bouchard regresa a Buenos Aires el 18 de junio de 1816, en vísperas de la declaración de Independencia que San Martín y Belgrano piden a sablazos. El 9 de julio, "&lt;em&gt;Nace a la faz de la tierra una nueva y gloriosa nación / coronada su sien de laureles /y a sus plantas rendido un león&lt;/em&gt;". Pero el problema más urgente es conseguir que alguna potencia extranjera y soberana reconozca ese nacimiento de parto tan doloroso. Rivadavia y Belgrano han viajado a Europa y no lo han conseguido porque están en desacuerdo sobre la forma de gobierno que se darán. Belgrano quiere coronar a un cacique inca y Rivadavia vislumbra una república liberal en la que pueda ser presidente. También San Martín propone un rey. A Bouchard le da lo mismo: ahora es sargento mayor de la Marina, tiene patente de corso y necesita una bandera que sea aceptada en todos los puertos. El 9 de julio de 1817 hace que toda la tripulación de la Argentina grite "&lt;em&gt;¡Viva la patria!&lt;/em&gt;" y sale de Ensenada rumbo a Madagascar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para seguir su loca carrera es preciso tener a mano un mapamundi: en Tamatava, a la entrada del Océano índico, libera a los esclavos de cuatro barcos españoles y les canta el Himno Nacional para que el ruido llegue hasta Buenos Aires. Pasa por las costas occidentales de la India y entra en el Archipiélago del Sonda donde toca los puertos de Java, Macasar, Célebes, Borneo y Mindanao.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No le es fácil el periplo: en Java la &lt;em&gt;Argentina&lt;/em&gt; atrapa el escorbuto y el capitán tira cuarenta cadáveres al mar. En Macasar lo atacan cinco barcos piratas pero en una hora y media de combate Bouchard pone en fuga a cuatro y se queda con el quinto. La batalla le deja siete marineros muertos a los que reemplaza con los más fornidos de la nave capturada. A los otros les ordena rezar y los hunde a cañonazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fin se acerca a Manila, en las Filipinas. Bloquea la entrada al puerto de Luzón, el más importante del archipiélago, convoca a oficiales y tripulantes al pie de la bandera y les hace una arenga de argentinidad, en francés para los oficiales, en castellano para los marinos. La empresa es espectacular: la &lt;em&gt;Argentina&lt;/em&gt; saquea y hunde dieciséis buques mercantes. Bouchard captura a cuatrocientos tripulantes y un bergantín español. Al fin decide ir a China, pero la tempestad lo empuja a la Polinesia, donde va a llevarse una sorpresa mayor. Al acercarse al puerto de Karakakowa, en las islas Sandwich, le parece distinguir una nave conocida: echa ancla y reconoce a la &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt;, una de las corbetas de Brown, que fondea con el pabellón de Kameha-Meha, un reino soberano que nuclea a las incontables islas de Hawaii.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguien le dice que la tripulación de la &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt;, sublevada en Valparaíso, ha llegado extraviada a esas costas y ha vendido la nave al rey. Los criollos amotinados, hartos de mar, penando por caballos y llanura, consumen el botín de seiscientos quintales de sándalo y dos pipas de ron en las tabernas y prostíbulos de Karakakowa. Uno de ellos, por vergüenza o por nostalgia, conserva la flamante bandera de Belgrano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bouchard, que ha nacido en Saint Tropez, vislumbra un destino de medallas, honores y pampas tranquilas. En el instante mismo decide llevarse la corbeta y también el primer reconocimiento diplomático para la nación que nace.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los gauchos borrachos que encuentra en el puerto le cuentan que hay un rey gordo que está siempre rodeado de mujeres de cintura ondulante. Por respeto y sin duda por temor lo apodan "&lt;em&gt;Pedro el Grande de los Mares del Sur&lt;/em&gt;". El capitán recupera la bandera y el corazón se le hace todo fuego: averigua, pide, ruega y llega hasta el monarca. Lo que ha saqueado en cuatro mares alcanza y sobra para recuperar la &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt;. El rey de Kameha-Vleha acepta la indemnización pero confiesa no conocer la bandera que Bouchard le muestra. En inglés, en francés y en español el capitán le cuenta la gesta sudamericana, las interminables llanuras y los Andes nevados que ha cruzado San Martín. Agrega las selvas calientes del Chaco para conmover al monarca y sin vacilar lo nombra, bajo un sol de cincuenta grados, teniente coronel del ejército de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Ahí mismo le entrega uniforme, espada, charreteras y sombrero de granadero y le muestra un mapa del sur para que se ubique. El rey gordo no se emociona demasiado, pero el uniforme lo divierte y firma un tratado de "&lt;em&gt;Unión para la paz, la guerra y el comercio&lt;/em&gt;" en el que consta que Kameha-Meha es la primera potencia del mundo en reconocer a las Provincias Unidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese 20 de agosto de 1817 el pirata Bouchard empieza a entrar en la historia. Mitre llamará a ese instante de Karakakowa "&lt;em&gt;un triunfo diplomático&lt;/em&gt;". Vicente Fidel López, que tiene menos sentido del humor, califica al capitán de "&lt;em&gt;corso del latrocinio&lt;/em&gt;".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero la irrisoria hazaña de Bouchard recién empieza. En tabernas y fumaderos de Hawaii recoge a los gauchos extraviados, fusila a dos gritones como escarmiento y pone proa a la lejana California. Un delirio de fortuna y grandeza le quema el alma: antes de que a esas costas las ganen los ingleses, se dice, llegarán los argentinos. El 23 de octubre de 1817, con la &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt; recuperada y en pie de guerra, zarpa para Norteamérica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahí va Hipólito Bouchard, viento en popa y cañones limpios, a arrasar la California donde no están todavía el Hollywood del cine ni el Sillicon Valley de las computadoras. Lleva como excusa la flamante bandera argentina que ha hecho reconocer en Kameha-Meha, aunque los oficiales de su Estado Mayor se llamen Cornet, Oliver, Jhon van Burgen, Greyssa, Harris, Borgues, Douglas, Shipre y Miller.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comandante de la infantería, José María Piris, y el aspirante Tomás Espora son de los pocos criollos a bordo. Entre los marineros de la &lt;em&gt;Argentina&lt;/em&gt; y la &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt; van decenas de maleantes recogidos en los puertos del Asia, treinta hawaianos comprados al rey de Sandwich, casi un centenar de gauchos mareados y diez gatos embarcados en Karakakowa para combatir las ratas y las pestes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al terrible Bouchard, como a todos los marinos, lo preocupa la indisciplina: sabe que algunos de los desertores que habían sublevado la &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt; en Valparaíso se han refugiado en la isla de Atoy y quiere darles un escarmiento. Manda a José María Piris que se adelante a bordo de una fragata de los Estados Unidos e intime al rey que protege a los rebeldes. Antes de partir, los piratas norteamericanos, que roban cañones y los revenden, dan una fiesta a la oficialidad de las Provincias Unidas: corre el alcohol, se desatan las lenguas y un irlandés con pata de palo comenta, orgulloso, la intención argentina de bombardear la California.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El capitán de los piratas toma nota: en la bodega lleva doce cañones recién robados y si se adelanta con la noticia a Monterrey —la capital de California— podrá venderlos a cinco veces su precio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rey de Atoy no sabe dónde quedan las Provincias Unidas, nunca oyó hablar de las Provincias Unidas y teme una represalia española. Piris lo amenaza con la cólera del infierno y el rey, por las dudas, hace capturar a los sublevados entre los que se encuentra el cabecilla. El comandante duerme en la playa y cuando divisa los barcos de Bouchard se hace conducir en bote para dar la buena nueva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El francés desconfía: en la entrevista con el rey comunica la sentencia de muerte para los sublevados asilados en Atoy y trata, como en Karakakowa, de hacer reconocer a la flamante nación. El rey se insolenta y dice, muy orondo, que los prisioneros se le han escapado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"&lt;em&gt;Comprometidos así la justicia y el honor del pabellón que tremolaba en mi buque, fue necesario apelar a la fuerza&lt;/em&gt;", cuenta Bouchard en sus &lt;em&gt;Memorias&lt;/em&gt;. En realidad, basta con amagar. El rey manda a un emisario a parlamentar a la &lt;em&gt;Argentina&lt;/em&gt; y lleva a los prisioneros a la playa. Bouchard baja, arrogante y triunfal, les lee la sentencia y ahí no más fusila a un tal Griffiths, cabecilla del amotinamiento. A los otros los conduce al barco y les hace dar "&lt;em&gt;doce docenas de azotes&lt;/em&gt;".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El 22 de diciembre de 1818 llega a las costas de Monterrey sin saber que los norteamericanos han armado la fortaleza a precio vil. Bouchard traza su plan: pone doscientos hombres de refuerzo en la corbeta &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt;, le hace enarbolar una engañosa bandera de los Estados Unidos y la manda al frente a las órdenes de William (o Guillermo) Shipre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya nadie recuerda la letra del Himno Nacional y Shipre hace cantar cualquier cosa antes de ir al ataque. Están calentándose los pechos cuando advierten que cesa el viento y la &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt; queda a la deriva. Desde el fuerte les tiran diecisiete cañonazos y no falla ninguno. La &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt; empieza a naufragar en medio del desbande y los gritos de los heridos. Shipre se rinde enseguida. Escribe Bouchard: "&lt;em&gt;A los diecisiete tiros de la fortaleza tuve el dolor de ver arriar la bandera de la patria&lt;/em&gt;".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo es desolación y sangre en la &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt; pero Bouchard no quiere pasar vergüenza en Buenos Aires. Las Provincias Unidas de la Revolución han autorizado a más de sesenta buques corsarios para que recorran las aguas con pabellón celeste y blanco y las presas capturadas son más de cuatrocientas. De pronto, la joven nación está asolando los mares y las potencias empiezan a alarmarse. Todavía hoy la Constitución argentina autoriza al Congreso a otorgar patentes de corso y establecer reglamentos para las presas (art. 67, inc. 22).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los pobres españoles de California no tenían ni un solo navío para su defensa. Bouchard ordena trasladar a los sobrevivientes de la &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt; a la Argentina pero abandona a los mutilados y heridos para que con sus gritos de espanto distraigan a los españoles. Al amanecer del 24, mientras en Monterrey se festeja la victoria, Bouchard comanda el desembarco con doscientos hombres armados de fusiles y picas de abordaje. Lo acompañan oficiales que no saben para quién pelean pero esperan repartirse un botín considerable. A las ocho de la mañana, después de un tiroteo, la tropa española abandona el fuerte y retrocede hacia las poblaciones. A las diez, Bouchard captura veinte piezas de artillería y con mucha pompa hace que los gauchos y los mercenarios formen en el patio mientras hace izar la bandera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo el capitán no está contento. Quiere que en el mundo se sepa de él, que le paguen la afrenta de la &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt;. Arenga a la tropa enardecida y la lanza sobre la población aterrorizada. Los marinos de Sandwich son implacables con la lanza y la pistola; otros tiran con fusiles y los gauchos manejan el cuchillo y el fuego a discreción. Dicen los historiadores de la Marina que Bouchard respeta a la población de origen americano y es feroz con la española. Difícil saber cómo hizo la diferencia en el vértigo del asalto. La fortaleza es arrasada hasta los cimientos. También el cuartel y el presidio. Las casas son incendiadas y la Nochebuena de 1818 es un vasto y horroroso infierno de llamas y lamentos. Después del pillaje, Bouchard manda guardar dos piezas de artillería de bronce para presentar en Buenos Aires con las barras de plata que encuentra en un granero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante seis días, sobre los escombros y los cadáveres, flamea la bandera argentina. Los prisioneros liberados de la cárcel ayudan a reparar la &lt;em&gt;Chacabuco&lt;/em&gt; mientras los soldados arman juerga sobre juerga a costa de las aterradas viudas de España, episodio que las historias oficiales eluden con pudor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanto escándalo arman Bouchard y los suyos en el tjiorte que el Departamento de Estado norteamericano —cuenta el historiador Harold Peterson— "&lt;em&gt;dio instrucciones a sus agentes para que protestaran vigorosamente contra los excesos cometidos con barcos que navegaban bajo la bandera y con comisiones de Buenos Aires&lt;/em&gt;". Sin embargo, recién en 1821, con Rivadavia como ministro de guerra, los Estados Unidos obtendrían un decreto de &lt;em&gt;Revocación de las patentes de los corsarios&lt;/em&gt;: "&lt;em&gt;En su forma literal&lt;/em&gt; —dice Peterson— &lt;em&gt;este decreto representaba una entrega total a la posición por la cual los Estados Unidos habían luchado durante cinco años&lt;/em&gt;".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para entonces, Bouchard ya había quemado toda California. Después de destruir Monterrey arrasa con la misión de San Juan, con Santa Bárbara y otras poblaciones que quedan en llamas. El 25 de enero de 1819 bloquea el puerto de San Blas y ataca Acapulco de México. En Guatemala destruye Sonsonate y toma un bergantín español. En Nicaragua, por fin, se echa sobre Realejo, el principal puerto español en los mares del sur y se queda con cuatro buques cargados con añil y cacao y veintisiete prisioneros. Esa fue su última hazaña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar a Valparaíso, maltrecho por el ataque de otro pirata, Bouchard reclama la gloria pero lo espera la cárcel. Lord Cochrane, corsario al servicio de Chile, lo acusa de piratería, insubordinación y crueldad con los prisioneros capturados. Bouchard argumenta: "&lt;em&gt;Soy un teniente coronel del Ejército de los Andes, un vecino arraigado en la Capital, un corsario que de mi libre voluntad he entrado a los puertos de Chile con el preciso designio de auxiliar a sus expediciones&lt;/em&gt;". Sobre las torturas ordenadas, se defiende así: "&lt;em&gt;Que se pregunte por el trato que recibieron los tripulantes del corsario chileno Maipú u otro de Buenos Aires que, luego de apresado, entró a Cádiz con la gente colgada de los penoles&lt;/em&gt;".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasa apenas cinco meses en prisión. Al salir pone sus barcos a disposición de San Martín y le lleva granaderos a Lima. Ya en decadencia, reblandecido por dos hijas a las que apenas había conocido, se pone a las órdenes del Perú y en 1831 se retira a una hacienda. En 1843, un mulato harto de malos tratos lo degüella de un navajazo. Es una muerte en condicional: los apólogos de la Marina, que le justifican torturas y tropelías, no consignan ese indigno final.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-8865955811844897665?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/8865955811844897665/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=8865955811844897665' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/8865955811844897665'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/8865955811844897665'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/10/la-argentina-invade-california-osvaldo.html' title='&quot;La Argentina invade California&quot; (Osvaldo Soriano)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-8606466381440187352</id><published>2008-09-13T01:13:00.002-03:00</published><updated>2008-09-13T01:32:20.067-03:00</updated><title type='text'>"El rastro de tu sangre en la nieve" (G. García Márquez)</title><content type='html'>Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un grande esfuerzo para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de los Pirineos. Aunque eran dos pasaportes diplomáticos en regla, el guardia levantó la linterna para comprobar que los retratos se parecían a las caras. Nena Daconte era casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de melaza que todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer de enero, y estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de visón que no podía comprarse con el sueldo de un año de toda la guarnición fronteriza. Billy Sánchez de Ávila, su marido, que conducía el coche, era un año menor que ella, y casi tan bello, y llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Al contrario de su esposa, era alto y atlético y tenía las mandíbulas de hierro de los matones tímidos. Pero lo que revelaba mejor la condición de ambos era el automóvil platinado, cuyo interior exhalaba un aliento de bestia viva, como no se había visto otro por aquella frontera de pobres. Los asientos posteriores iban atiborrados de maletas demasiado nuevas y muchas cajas de regalos todavía sin abrir. Ahí estaba, además, el saxofón tenor que había sido la pasión dominante en la vida de Nena Daconte antes de que sucumbiera al amor contrariado de su tierno pandillero de balneario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el guardia le devolvió los pasaportes sellados, Billy Sánchez le preguntó dónde podía encontrar una farmacia para hacerle una cura en el dedo a su mujer, y el guardia le gritó contra e1 viento que preguntaran en Indaya, del lado francés. Pero los guardias de Hendaya estaban sentados a la mesa en mangas de camisa, jugando barajas mientras comían pan mojado en tazones de vino dentro de una garita de cristal cálida y bien alumbrada, y les bastó con ver el tamaño y la clase del coche para indicarles por señas que se internaran en Francia. Billy Sánchez hizo sonar varias veces la bocina, pero los guardias no entendieron que los llamaban, sino que uno de ellos abrió el cristal y les gritó con más rabia que el viento:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Merde! Allez-vous-en!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces Nena Daconte salió del automóvil envuelta con el abrigo hasta las orejas, y le preguntó al guardia en un francés perfecto dónde había una farmacia. El guardia contestó por costumbre con la boca llena de pan que eso no era asunto suyo. Y menos con semejante borrasca, y cerró la ventanilla. Pero luego se fijó con atención en la muchacha que se chupaba el dedo herido envuelta en el destello de los visones naturales, y debió confundirla con una aparición mágica en aquella noche de espantos, porque al instante cambió de humor. Explicó que la ciudad más cercana era Biarritz, pero que en pleno invierno y con aquel viento de lobos, tal vez no hubiera una farmacia abierta hasta Bayona, un poco más adelante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Es algo grave? -preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada -sonrió Nena Daconte, mostrándole el dedo con la sortija de diamantes en cuya yema era apenas perceptible la herida de la rosa-. Es sólo un pinchazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de Bayona volvió a nevar. No eran más de las siete, pero encontraron las calles desiertas y las casas cerradas por la furia de la borrasca, y al cabo de muchas vueltas sin encontrar una farmacia decidieron seguir adelante. Billy Sánchez se alegró con la decisión. Tenía una pasión insaciable por los automóviles raros y un papá con demasiados sentimientos de culpa y recursos de sobra para complacerlo, y nunca había conducido nada igual a aquel Bentley convertible de regalo de bodas. Era tanta su embriaguez en el volante, que cuanto más andaba menos cansado se sentía. Estaba dispuesto a llegar esa noche a Burdeos, donde tenían reservada la suite nupcial del hotel Splendid, y no habría vientos contrarios ni bastante nieve en el cielo para impedirlo. Nena Daconte, en cambio, estaba agotada, sobre todo por el último tramo de la carretera desde Madrid, que era una cornisa de cabras azotada por el granizo. Así que después de Bayona se enrolló un pañuelo en el anular apretándolo bien para detener la sangre que seguía fluyendo, y se durmió a fondo. Billy Sánchez no lo advirtió sino al borde de la media noche, después de que acabó de nevar y el viento se paró de pronto entre los pinos, y el cielo de las landas se llenó de estrellas glaciales. Había pasado frente a las luces dormidas de Burdeos, pero sólo se detuvo para llenar el tanque en una estación de la carretera pues aún le quedaban ánimos para llegar hasta París sin tomar aliento. Era tan feliz con su juguete grande de 25.000 libras esterlinas, que ni siquiera se preguntó si lo sería también la criatura radiante que dormía a su lado con la venda del anular empapada de sangre, y cuyo sueño de adolescente, por primera vez, estaba atravesado por ráfagas de incertidumbre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se habían casado tres días antes, a 10.000 kilómetros de allí, en Cartagena de Indias, con el asombro de los padres de él y la desilusión de los de ella, y la bendición personal del arzobispo primado. Nadie, salvo ellos mismos, entendía el fundamento real ni conoció el origen de ese amor imprevisible. Había empezado tres meses antes de la boda, un domingo de mar en que la pandilla de Billy Sánchez se tomó por asalto los vestidores de mujeres de los balnearios de Marbella. Nena Daconte había cumplido apenas dieciocho años, acababa de regresar del internado de la Châtellenie, en Saint-Blaise, Suiza, hablando cuatro idiomas sin acento y con un dominio maestro del saxofón tenor, y aquel era su primer domingo de mar desde el regreso. Se había desnudado por completo para ponerse el traje de baño cuando empezó la estampida de pánico y los gritos de abordaje en las casetas vecinas, pero no entendió lo que ocurría hasta que la aldaba de su puerta saltó en astillas y vio parado frente a ella al bandolero más hermoso que se podía concebir. Lo único que llevaba puesto era un calzoncillo lineal de falsa piel de leopardo, y tenía el cuerpo apacible y elástico y el color dorado de la gente de mar. En el puño derecho, donde tenía una esclava metálica de gladiador romano, llevaba enrollada una cadena de hierro que le servía de arma mortal, y tenía colgada del cuello una medalla sin santo que palpitaba en silencio con el susto del corazón. Habían estado juntos en la escuela primaria y habían roto muchas piñatas en las fiestas de cumpleaños, pues ambos pertenecían a la estirpe provinciana que manejaba a su arbitrio el destino de la ciudad desde los tiempos de la Colonia, pero habían dejado de verse tantos años que no se reconocieron a primera vista. Nena Daconte permaneció de pie, inmóvil, sin hacer nada por ocultar su desnudez intensa. Billy Sánchez cumplió entonces con su rito pueril: se bajó el calzoncillo de leopardo y le mostró su respetable animal erguido. Ella lo miró de frente y sin asombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Los he visto más grandes y más firmes -dijo, dominando el terror-, de modo que piensa bien lo que vas a hacer, porque conmigo te tienes que comportar mejor que un negro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En realidad, Nena Daconte no sólo era virgen sino que nunca hasta entonces había visto un hombre desnudo, pero el desafío le resultó eficaz. Lo único que se le ocurrió a Billy Sánchez fue tirar un puñetazo de rabia contra la pared con la cadena enrollada en la mano, y se astilló los huesos. Ella lo llevó en su coche al hospital, lo ayudó a sobrellevar la convalecencia, y al final aprendieron juntos a hacer el amor de la buena manera. Pasaron las tardes difíciles de junio en la terraza interior de la casa donde habían muerto seis generaciones de próceres en la familia de Nena Daconte, ella tocando canciones de moda en el saxofón, y él con la mano escayolada contemplándola desde el chinchorro con un estupor sin alivio. La casa tenía numerosas ventanas de cuerpo entero que daban al estanque de podredumbre de la bahía, y era una de las más grandes y antiguas del barrio de la Manga, y sin duda la más fea. Pero la terraza de baldosas ajedrezadas donde Nena Daconte tocaba el saxofón era un remanso en el calor de las cuatro, y daba a un patio de sombras grandes con palos de mango y matas de guineo, bajo los cuales había una tumba con una losa sin nombre, anterior a la casa y a la memoria de la familia. Aun los menos entendidos en música pensaban que el sonido del saxofón era anacrónico en una casa de tanta alcurnia. "Suena como un buque", había dicho la abuela de Nena Daconte cuando lo oyó por primera vez. Su madre había tratado en vano de que lo tocara de otro modo, y no como ella lo hacía por comodidad, con la falda recogida hasta los muslos y las rodillas separadas, y con una sensualidad que no le parecía esencial para la música. "No me importa qué instrumento toques" -le decía- "con tal de que lo toques con las piernas cerradas". Pero fueron esos aires de adioses de buques y ese encarnizamiento de amor los que le permitieron a Nena Daconte romper la cáscara amarga de Billy Sánchez. Debajo de la triste reputación de bruto que él tenía muy bien sustentada por la confluencia de dos apellidos ilustres, ella descubrió un huérfano asustado y tierno. Llegaron a conocerse tanto mientras se le soldaban los huesos de la mano, que él mismo se asombró de la fluidez con que ocurrió el amor cuando ella lo llevó a su cama de doncella una tarde de lluvias en que se quedaron solos en la casa. Todos los días a esa hora, durante casi dos semanas, retozaron desnudos bajo la mirada atónita de los retratos de guerreros civiles y abuelas insaciables que los habían precedido en el paraíso de aquella cama histórica. Aun en las pausas del amor permanecían desnudos con las ventanas abiertas respirando la brisa de escombros de barcos de la bahía, su olor a mierda, oyendo en el silencio del saxofón los ruidos cotidianos del patio, la nota única del sapo bajo las matas de guineo, la gota de agua en la tumba de nadie, los pasos naturales de la vida que antes no habían tenido tiempo de conocer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando los padres de Nena Daconte regresaron a la casa, ellos habían progresado tanto en el amor que ya no les alcanzaba el mundo para otra cosa, y lo hacían a cualquier hora y en cualquier parte, tratando de inventarlo otra vez cada vez que 1o hacían. Al principio lo hicieron como mejor podían en los carros deportivos con que el papá de Billy trataba de apaciguar sus propias culpas. Después, cuando los coches se les volvieron demasiado fáciles, se metían por la noche en las casetas desiertas de Marbella donde el destino los había enfrentado por primera vez, y hasta se metieron disfrazados durante el carnaval de noviembre en los cuartos de alquiler del antiguo barrio de esclavos de Getsemaní, al amparo de las mamasantas que hasta hacía pocos meses tenían que padecer a Billy Sánchez con su pandilla de cadeneros. Nena Daconte se entregó a los amores furtivos con la misma devoción frenética que antes malgastaba en el saxofón, hasta el punto de que su bandolero domesticado terminó por entender lo que ella quiso decirle cuando le dijo que tenía que comportarse como un negro. Billy Sánchez le correspondió siempre y bien, y con el mismo alborozo. Ya casados, cumplieron con el deber de amarse mientras las azafatas dormían en mitad del Atlántico, encerrados a duras penas y más muertos de risa que de placer en el retrete del avión. Sólo ellos sabían entonces, 24 horas después de la boda, que Nena Daconte estaba encinta desde hacía dos meses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De modo que cuando llegaron a Madrid se sentían muy lejos de ser dos amantes saciados, pero tenían bastantes reservas para comportarse como recién casados puros. Los padres de ambos lo habían previsto todo. Antes del desembarco, un funcionario de protocolo subió a la cabina de primera clase para llevarle a Nena Daconte el abrigo de visón blanco con franjas de un negro luminoso, que era el regalo de bodas de sus padres. A Billy Sánchez le llevó una chaqueta de cordero que era la novedad de aquel invierno, y las llaves sin marca de un coche de sorpresa que le esperaba en el aeropuerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La misión diplomática de su país los recibió en el salón oficial. El embajador y su esposa no sólo eran amigos desde siempre de la familia de ambos, sino que él era el médico que había asistido al nacimiento de Nena Daconte, y la esperó con un ramo de rosas tan radiantes y frescas, que hasta las gotas de rocío parecían artificiales. Ella los saludó a ambos con besos de burla, incómoda con su condición un poco prematura de recién casada, y luego recibió las rosas. Al cogerlas se pinchó el dedo con una espina del tallo, pero sorteó el percance con un recurso encantador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo hice adrede -dijo- para que se fijaran en mi anillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, la misión diplomática en pleno admiró el esplendor del anillo, calculando que debía costar una fortuna no tanto por la clase de los diamantes como por su antigüedad bien conservada. Pero nadie advirtió que el dedo empezaba a sangrar. La atención de todos derivó después hacia el coche nuevo. El embajador había tenido el buen humor de llevarlo al aeropuerto, y de hacerlo envolver en papel celofán con un enorme lazo dorado. Billy Sánchez no apreció su ingenio. Estaba tan ansioso por conocer el coche que desgarró la envoltura de un tirón y se quedó sin aliento. Era el Bentley convertible de ese año con tapicería de cuero legítimo. El cielo parecía un manto de ceniza, el Guadarrama mandaba un viento cortante y helado, y no se estaba bien a la intemperie, pero Billy Sánchez no tenía todavía la noción del frío. Mantuvo a la misión diplomática en el estacionamiento sin techo, inconsciente de que se estaban congelando por cortesía, hasta que terminó de reconocer el coche en sus detalles recónditos. Luego el embajador se sentó a su lado para guiarlo hasta la residencia oficial donde estaba previsto un almuerzo. En el trayecto le fue indicando los lugares más conocidos de la ciudad, pero él sólo parecía atento a la magia del coche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era la primera vez que salía de su tierra. Había pasado por todos los colegios privados y públicos, repitiendo siempre el mismo curso, hasta que se quedó flotando en un limbo de desamor. La primera visión de una ciudad distinta de la suya, los bloques de casas cenicientas con las luces encendidas a pleno día, los árboles pelados, el mar distante, todo le iba aumentando un sentimiento de desamparo que se esforzaba por mantener al margen del corazón. Sin embargo, poco después cayó sin darse cuenta en la primera trampa del olvido. Se habla precipitado una tormenta instantánea y silenciosa, la primera de la estación, y cuando salieron de la casa del embajador después del almuerzo para emprender el viaje hacia Francia, encontraron la ciudad cubierta de una nieve radiante. Billy Sánchez se olvidó entonces del coche, y en presencia de todos, dando gritos de júbilo y echándose puñados de polvo de nieve en la cabeza, se revolcó en mitad de la calle con el abrigo puesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nena Daconte se dio cuenta por primera vez de que el dedo estaba sangrando, cuando salieron de Madrid en una tarde que se había vuelto diáfana después de la tormenta. Se sorprendió, porque había acompañado con el saxofón a la esposa del embajador, a quien le gustaba cantar arias de ópera en italiano después de los almuerzos oficiales, y apenas si notó la molestia en el anular. Después, mientras le iba indicando a su marido las rutas más cortas hacia la frontera, se chupaba el dedo de un modo inconsciente cada vez que le sangraba, y sólo cuando llegaron a los Pirineos se le ocurrió buscar una farmacia. Luego sucumbió a los sueños atrasados de los últimos días, y cuando despertó de pronto con la impresión de pesadilla de que el coche andaba por el agua, no se acordó más durante un largo rato del pañuelo amarrado en el dedo. Vio en el reloj luminoso del tablero que eran más de las tres, hizo sus cálculos mentales, y sólo entonces comprendió que habían seguido de largo por Burdeos, y también por Angulema y Poitiers, y estaban pasando por el dique de Loira inundado por la creciente. El fulgor de la luna se filtraba a través de la neblina, y las siluetas de los castillos entre los pinos parecían de cuentos de fantasmas. Nena Daconte, que conocía la región de memoria, calculó que estaban ya a unas tres horas de París, y Billy Sánchez continuaba impávido en el volante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eres un salvaje -le dijo-. Llevas más de once horas manejando sin comer nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba todavía sostenido en vilo por la embriaguez del coche nuevo. A pesar de que en el avión había dormido poco y mal, se sentía despabilado y con fuerzas de sobra para llegar a París al amanecer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Todavía me dura el almuerzo de la embajada -dijo-. Y agregó sin ninguna lógica: Al fin y al cabo, en Cartagena están saliendo apenas del cine. Deben ser como las diez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con todo Nena Daconte temía que él se durmiera conduciendo. Abrió una caja de entre los tantos regalos que les habían hecho en Madrid y trató de meterle en la boca un pedazo de naranja azucarada. Pero él la esquivó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Los machos no comen dulces -dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco antes de Orleáns se desvaneció la bruma, y una luna muy grande iluminó las sementeras nevadas, pero el tráfico se hizo más difícil por la confluencia de los enormes camiones de legumbres y cisternas de vinos que se dirigían a París. Nena Daconte hubiera querido ayudar a su marido en el volante, pero ni siquiera se atrevió a insinuarlo, porque él le había advertido desde la primera vez en que salieron juntos que no hay humillación más grande para un hombre que dejarse conducir por su mujer. Se sentía lúcida después de casi cinco horas de buen sueño, y estaba además contenta de no haber parado en un hotel de la provincia de Francia, que conocía desde muy niña en numerosos viajes con sus padres. "No hay paisajes más bellos en el mundo", decía, "pero uno puede morirse de sed sin encontrar a nadie que le dé gratis un vaso de agua." Tan convencida estaba, que a última hora había metido un jabón y un rollo de papel higiénico en el maletín de mano, porque en los hoteles de Francia nunca había jabón, y el papel de los retretes eran los periódicos de la semana anterior cortados en cuadritos y colgados de un gancho. Lo único que lamentaba en aquel momento era haber desperdiciado una noche entera sin amor. La réplica de su marido fue inmediata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora mismo estaba pensando que debe ser del carajo tirar en la nieve -dijo-. Aquí mismo, si quieres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nena Daconte lo pensó en serio. Al borde de la carretera, la nieve bajo la luna tenía un aspecto mullido y cálido, pero a medida que se acercaban a los suburbios de París el tráfico era más intenso, y había núcleos de fábricas iluminadas y numerosos obreros en bicicleta. De no haber sido invierno, estarían ya en pleno día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya será mejor esperar hasta París -dijo Nena Daconte-. Bien calienticos y en una cama con sábanas limpias, como la gente casada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es la primera vez que me fallas -dijo él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro -replicó ella-. Es la primera vez que somos casados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco antes de amanecer se lavaron la cara y orinaron en una fonda del camino, y tomaron café con croissants calientes en el mostrador donde los camioneros desayunaban con vino tinto. Nena Daconte se había dado cuenta en el baño de que tenía manchas de sangre en la blusa y la falda, pero no intentó lavarlas. Tiró en la basura el pañuelo empapado, se cambió el anillo matrimonial para la mano izquierda y se lavó bien el dedo herido con agua y jabón. El pinchazo era casi invisible. Sin embargo, tan pronto como regresaron al coche volvió a sangrar, de modo que Nena Daconte dejó el brazo colgando fuera de la ventana, convencida de que el aire glacial de las sementeras tenía virtudes de cauterio. Fue otro recurso vano pero todavía no se alarmó. "Si alguien nos quiere encontrar será muy fácil", dijo con su encanto natural. "Sólo tendrá que seguir el rastro de mi sangre en la nieve." Luego pensó mejor en lo que había dicho y su rostro floreció en las primeras luces del amanecer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Imagínate -dijo: -un rastro de sangre en la nieve desde Madrid hasta París. ¿No te parece bello para una canción?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tuvo tiempo de volverlo a pensar. En los suburbios de París, el dedo era un manantial incontenible, y ella sintió de veras que se le estaba yendo el alma por la herida. Había tratado de segar el flujo con el rollo de papel higiénico que llevaba en el maletín, pero más tardaba en vendarse el dedo que en arrojar por la ventana las tiras del papel ensangrentado. La ropa que llevaba puesta, el abrigo, los asientos del coche, se iban empapando poco a poco de un modo irreparable. Billy Sánchez se asustó en serio e insistió en buscar una farmacia, pero ella sabía entonces que aquello no era asunto de boticarios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estamos casi en la Puerta de Orleáns -dijo-. Sigue de por la avenida del general Leclerc, que es la más ancha y con muchos árboles, y después yo te voy diciendo lo que haces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue el trayecto más arduo de todo el viaje. La avenida del General Leclerc era un nudo infernal de automóviles pequeños y bicicletas, embotellados en ambos sentidos, y de los camiones enormes que trataban de llegar a los mercados centrales. Billy Sánchez se puso tan nervioso con el estruendo inútil de las bocinas, que se insultó a gritos en lengua de cadeneros con varios conductores y hasta trató de bajarse del coche para pelearse con uno, pero Nena Daconte logró convencerlo de que los franceses eran la gente más grosera del mundo, pero no se golpeaban nunca. Fue una prueba más de su buen juicio, porque en aquel momento Nena Daconte estaba haciendo esfuerzos para no perder la conciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo para salir de la glorieta del León de Belfort necesitaron más de una hora. Los cafés y almacenes estaban iluminados como si fuera la media noche, pues era un martes típico de los eneros de París, encapotados y sucios y con una llovizna tenaz que no alcanzaba a concretarse en nieve. Pero la avenida Denfer&amp;shy;Rochereau estaba más despejada, y al cabo de unas pocas cuadras Nena Daconte le indicó a su marido que doblara a la derecha, y estacionó frente a la entrada de emergencia de un hospital enorme y sombrío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Necesitó ayuda para salir del coche, pero no perdió la serenidad ni la lucidez. Mientras llegaba el médico de turno, acostada en la camilla rodante, contestó a la enfermera el cuestionario de rutina sobre su identidad y sus antecedentes de salud. Billy Sánchez le llevó el bolso y le apretó la mano izquierda donde entonces llevaba el anillo de bodas, y la sintió lánguida y fría, y sus labios habían perdido el color. Permaneció a su lado, con la mano en la suya, hasta que llegó el médico de turno y le hizo un examen rápido al anular herido. Era un hombre muy joven, con la piel del color del cobre antiguo y la cabeza pelada. Nena Daconte no le prestó atención sino que dirigió a su marido una sonrisa lívida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No te asustes -le dijo, con su humor invencible-. Lo único que puede suceder es que este caníbal me corte la mano para comérsela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El médico concluyó el examen, y entonces los sorprendió con un castellano muy correcto aunque con raro acento asiático.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, muchachos -dijo-. Este caníbal prefiere morirse de hambre antes que cortar una mano tan bella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ellos se ofuscaron pero el médico los tranquilizó con un gesto amable. Luego ordenó que se llevaran la camilla, y Billy Sánchez quiso seguir con ella cogido de la mano de su mujer. El médico lo detuvo por el brazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Usted no -le dijo-. Va para cuidados intensivos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nena Daconte le volvió a sonreír al esposo, y le siguió diciendo adiós con la mano hasta que la camilla se perdió en el fondo del corredor. El médico se retrasó estudiando los datos que la enfermera había escrito en una tablilla. Billy Sánchez lo llamó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Doctor -le dijo-. Ella está encinta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cuánto tiempo?-Dos meses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El médico no le dio la importancia que Billy Sánchez esperaba. "Hizo bien en decírmelo," dijo, y se fue detrás de la camilla. Billy Sánchez se quedó parado en la sala lúgubre olorosa a sudores de enfermos, se quedó sin saber qué hacer mirando el corredor vacío por donde se habían llevado a Nena Daconte, y luego se sentó en el escaño de madera donde había otras personas esperando. No supo cuánto tiempo estuvo ahí, pero cuando decidió salir del hospital era otra vez de noche y continuaba la llovizna, y él seguía sin saber ni siquiera qué hacer consigo mismo, abrumado por el peso del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nena Daconte ingresó a las 9:30 del martes 7 de enero, según lo pude comprobar años después en los archivos del hospital. Aquella primera noche, Billy Sánchez durmió en el coche estacionado frente a la puerta de urgencias y muy temprano al día siguiente se comió seis huevos cocidos y dos tazas de café con leche en la cafetería que encontró más cerca, pues no había hecho una comida completa desde Madrid. Después volvió a la sala de urgencias para ver a Nena Daconte pero le hicieron entender que debía dirigirse a la entrada principal. Allí consiguieron, por fin, un asturiano del servicio que lo ayudó a entenderse con el portero, y éste comprobó que en efecto Nena Daconte estaba registrada en el hospital, pero que sólo se permitían visitas los martes de nueve a cuatro. Es decir, seis días después. Trató de ver al médico que hablaba castellano, a quien describió como un negro con la cabeza pelada, pero nadie le dio razón con dos detalles tan simples.Tranquilizado con la noticia de que Nena Daconte estaba en el registro, volvió al lugar donde había dejado el coche, y un agente de tránsito lo obligó a estacionar dos cuadras más adelante, en una calle muy estrecha y del lado de los números impares. En la acera de enfrente había un edificio restaurado con un letrero: "Hotel Nicole". Tenía una sola estrella, y una sala de recibo muy pequeña donde no había más que un sofá y un viejo piano vertical, pero el propietario de voz aflautada podía entenderse con los clientes en cualquier idioma a condición de que tuvieran con qué pagar. Billy Sánchez se instaló con once maletas y nueve cajas de regalos en el único cuarto libre, que era una mansarda triangular en el noveno piso, a donde se llegaba sin aliento por una escalera en espiral que olía a espuma de coliflores hervidas. Las paredes estaban forradas de colgaduras tristes y por la única ventana no cabía nada más que la claridad turbia del patio interior. Había una cama para dos, un ropero grande, una silla simple, un bidé portátil y un aguamanil con su platón y su jarra, de modo que la única manera de estar dentro del cuarto era acostado en la cama. Todo era peor que viejo, desventurado, pero también muy limpio, y con un rastro saludable de medicina reciente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Billy Sánchez no le habría alcanzado la vida para descifrar los enigmas de ese mundo fundado en el talento de la cicatería. Nunca entendió el misterio de la luz de la escalera que se apagaba antes de que él llegara a su piso, ni descubrió la manera de volver a encenderla. Necesitó media mañana para aprender que en el rellano de cada piso habla un cuartito con un excusado de cadena, y ya había decidido usarlo en las tinieblas cuando descubrió por casualidad que la luz se encendía al pasar el cerrojo por dentro, para que nadie la dejara encendida por olvido. La ducha, que estaba en el extremo del corredor y que él se empeñaba en usar des veces al día como en su tierra, se pagaba aparte y de contado, y el agua caliente, controlada desde la administración, se acababa a los tres minutos. Sin embargo, Billy Sánchez tuvo bastante claridad de juicio para comprender que aquel orden tan distinto del suyo era de todos modos mejor que la intemperie de enero, se sentía además tan ofuscado y solo que no podía entender cómo pudo vivir alguna vez sin el amparo de Nena Daconte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tan pronto como subió al cuarto, la mañana del miércoles, se tiró bocabajo en la cama con el abrigo puesto pensando en la criatura de prodigio que continuaba desangrándose en la acerca de enfrente, y muy pronto sucumbió en un sueño tan natural que cuando despertó eran las cinco en el reloj, pero no pudo deducir si eran las cinco de la tarde o del amanecer, ni de qué día de la semana ni en qué ciudad de vidrios azotados por el viento y la lluvia. Esperó despierto en la cama, siempre pensando en Nena Daconte, hasta que pudo comprobar que en realidad amanecía. Entonces fue a desayunar a la misma cafetería del día anterior, y allí pudo establecer que era jueves. Las luces del hospital estaban encendidas y había dejado de llover, de modo que permaneció recostado en el tronco de un castaño frente a la entrada principal, por donde entraban y salían médicos y enfermeras de batas blancas, con la esperanza de encontrar al médico asiático que había recibido a Nena Daconte. No lo vio, ni tampoco esa tarde después del almuerzo, cuando tuvo que desistir de la espera porque se estaba congelando. A las siete se tomó otro café con leche y se comió dos huevos duros que él mismo cogió en el aparador después de cuarenta y ocho horas de estar comiendo la misma cosa en el mismo lugar. Cuando volvió al hotel para acostarse, encontró su coche solo en una acera y todos los demás en la acera de enfrente, y tenía puesta la noticia de una multa en el parabrisas. Al portero del Hotel Nicole le costó trabajo explicarle que en los días impares del mes se podía estacionar en la acera de números impares, y al día siguiente en la acera contraria. Tantas artimañas racionalistas resultaban incomprensibles para un Sánchez de Ávila de los más acendrados que apenas dos años antes se había metido en un cine de barrio con el automóvil oficial del alcalde mayor, y había causado estragos de muerte ante los policías impávidos. Entendió menos todavía cuando el portero del hotel le aconsejó que pagara la multa, pero que no cambiara el coche de lugar a esa hora, porque tendría que cambiarlo otra vez a las doce de la noche. Aquella madrugada, por primera vez, no pensó sólo en Nena Daconte, sino que daba vueltas en la cama sin poder dormir, pensando en sus propias noches de pesadumbre en las cantinas de maricas del mercado público de Cartagena del Caribe. Se acordaba del sabor del pescado frito y el arroz de coco en las fondas del muelle donde atracaban las goletas de Aruba. Se acordó de su casa con las paredes cubiertas de trinitarias, donde serían apenas las siete de la noche de ayer, y vio a su padre con una pijama de seda leyendo el periódico en el fresco de la terraza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se acordó de su madre, de quien nunca se sabía dónde estaba a ninguna hora, su madre apetitosa y lenguaraz, con un traje de domingo y una rosa en la oreja desde el atardecer, ahogándose de calor por el estorbo de sus tetas espléndidas. Una tarde, cuando él tenía siete años, había entrado de pronto en el cuarto de ella y la había sorprendido desnuda en la cama con uno de sus amantes casuales. Aquel percance del que nunca había hablado, estableció entre ellos una relación de complicidad que era más útil que el amor. Sin embargo, él no fue consciente de eso, ni de tantas cosas terribles de su soledad de hijo único, hasta esa noche en que se encontró dando vueltas en la cama de una mansarda triste de París, sin nadie a quién contarle su infortunio, y con una rabia feroz contra sí mismo porque no podía soportar las ganas de llorar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue un insomnio provechoso. El viernes se levantó estropeado por la mala noche, pero resuelto a definir su vida. Se decidió por fin a violar la cerradura de su maleta para cambiarse de ropa pues las llaves de todas estaban en el bolso de Nena Daconte, con la mayor parte del dinero y la libreta de teléfonos donde tal vez hubiera encontrado el número de algún conocido de París. En la cafetería de siempre se dio cuenta de que había aprendido a saludar en francés y a pedir sanduiches de jamón y café con leche. También sabía que nunca le sería posible ordenar mantequilla ni huevos en ninguna forma, porque nunca los aprendería a decir, pero la mantequilla la servían siempre con el pan, y los huevos duros estaban a la vista en el aparador y se cogían sin pedirlos. Además, al cabo de tres días, el personal de servicio se habla familiarizado con él, y lo ayudaban a explicarse. De modo que el viernes al almuerzo, mientras trataba de poner la cabeza en su puesto, ordenó un filete de ternera con papas fritas y una botella de vino. Entonces se sintió tan bien que pidió otra botella, la bebió hasta la mitad, y atravesó la calle con la resolución firme de meterse en el hospital por la fuerza. No sabia dónde encontrar a Nena Daconte, pero en su mente estaba fija la imagen providencial del médico asiático, y estaba seguro de encontrarlo. No entró por la puerta principal sino por la de urgencias, que le había parecido menos vigilada, pero no alcanzó a llegar más allá del corredor donde Nena Daconte le había dicho adiós con la mano. Un guardián con la bata salpicada de sangre le preguntó algo al pasar, y él no le prestó atención. El guardián lo siguió, repitiendo siempre la misma pregunta en francés, y por último lo agarró del brazo con tanta fuerza que lo detuvo en seco. Billy Sánchez trató de sacudírselo con un recurso de cadenero, y entonces el guardián se cagó en su madre en francés, le torció el brazo en la espalda con una llave maestra, y sin dejar de cagarse mil veces en su puta madre lo llevó casi en vilo hasta la puerta, rabiando de dolor, y lo tiró como un bulto de papas en la mitad de la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella tarde, dolorido por el escarmiento, Billy Sánchez empezó a ser adulto. Decidió, como lo hubiera hecho Nena Daconte, acudir a su embajador. El portero del hotel, que a pesar de su catadura huraña era muy servicial, y además muy paciente con los idiomas, encontró el número y la dirección de la embajada en el directorio telefónico, y se los anotó en una tarjeta. Contestó una mujer muy amable, en cuya voz pausada y sin brillo reconoció Billy Sánchez de inmediato la dicción de los Andes. Empezó por anunciarse con su nombre completo, seguro de impresionar a la mujer con sus dos apellidos, pero la voz no se alteró en el teléfono. La oyó explicar la lección de memoria de que el señor embajador no estaba por el momento en su oficina, que no lo esperaban hasta el día siguiente, pero que de todos modos no podía recibirlo sino con cita previa y sólo para un caso especial. Billy Sánchez comprendió entonces que por ese camino tampoco llegaría hasta Nena Daconte, y agradeció la información con la misma amabilidad con que se la habían dado. Luego tomó un taxi y se fue a la embajada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba en el número 22 de la calle Elíseo, dentro de uno de los sectores más apacibles de París, pero lo único que le impresionó a Billy Sánchez, según él mismo me contó en Cartagena de Indias muchos años después, fue que el sol estaba tan claro como en el Caribe por la primera vez desde su llegada, y que la Torre Eiffel sobresalía por encima de la ciudad en un cielo radiante. El funcionario que lo recibió en lugar del embajador parecía apenas restablecido de una enfermedad mortal, no sólo por el vestido de paño negro, el cuello opresivo y la corbata de luto, sino también por el sigilo de sus ademanes y la mansedumbre de la voz. Entendió la ansiedad de Billy Sánchez, pero le recordó, sin perder la dulzura, que estaban en un país civilizado cuyas normas estrictas se fundamentaban en criterios muy antiguos y sabios, al contrario de las Américas bárbaras, donde bastaba con sobornar al portero para entrar en los hospitales. "No, mi querido joven," le dijo. No había más remedio que someterse al imperio de la razón, y esperar hasta el martes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Al fin y al cabo, ya no faltan sino cuatro días -concluyó-. Mientras tanto, vaya al Louvre. Vale la pena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al salir Billy Sánchez se encontró sin saber qué hacer en la Plaza de la Concordia. Vio la Torre Eiffel por encima de los tejados, y le pareció tan cercana que trató de llegar hasta ella caminando por los muelles. Pero muy pronto se dio cuenta de que estaba más lejos de lo que parecía, y que además cambiaba de lugar a medida que la buscaba. Así que se puso a pensar en Nena Daconte sentado en un banco de la orilla del Sena. Vio pasar los remolcadores por debajo de los puentes, y no le parecieron barcos sino casas errantes con techos colorados y ventanas con tiestos de flores en el alféizar, y alambres con ropa puesta a secar en los planchones. Contempló durante un largo rato a un pescador inmóvil, con la caña inmóvil y el hilo inmóvil en la corriente, y se cansó de esperar a que algo se moviera, hasta que empezó a oscurecer y decidió tomar un taxi para regresar al hotel. Sólo entonces cayó en la cuenta de que ignoraba el nombre y la dirección y de que no tenía la menor idea del sector de París en donde estaba el hospital.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ofuscado por el pánico, entró en el primer café que encontró, pidió un cogñac y trató de poner sus pensamientos en orden. Mientras pensaba se vio repetido muchas veces y desde ángulos distintos en los espejos numerosos de las paredes, y se encontró asustado y solitario, y por primera vez desde su nacimiento pensó en la realidad de la muerte. Pero con la segunda copa se sintió mejor, y tuvo la idea providencial de volver a la embajada. Buscó la tarjeta en el bolsillo para recordar el nombre de la calle, y descubrió que en el dorso estaba impreso el nombre y la dirección del hotel. Quedó tan mal impresionado con aquella experiencia, que durante el fin de semana no volvió a salir del cuarto sino para comer, y para cambiar el coche a la acera correspondiente. Durante tres días cayó sin pausas la misma llovizna sucia de la mañana en que llegaron. Billy Sánchez, que nunca había leído un libro completo, hubiera querido tener uno para no aburrirse tirado en la cama, pero los únicos que encontró en las maletas de su esposa eran en idiomas distintos del castellano. Así que siguió esperando el martes, contemplando los pavorreales repetidos en el papel de las paredes y sin dejar de pensar un solo instante en Nena Daconte. El lunes puso un poco de orden en el cuarto, pensando en lo que diría ella si lo encontraba en ese estado, y sólo entonces descubrió que el abrigo de visón estaba manchado de sangre seca. Pasó la tarde lavándolo con el jabón de olor que encontró en el maletín de mano, hasta que logró dejarlo otra vez como lo habían subido al avión en Madrid.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El martes amaneció turbio y helado, pero sin la llovizna, y Billy Sánchez se levantó desde las seis, y esperó en la puerta del hospital junto con una muchedumbre de parientes de enfermos cargados de paquetes de regalos y ramos de flores. Entró con el tropel, llevando en el brazo el abrigo de visón, sin preguntar nada y sin ninguna idea de dónde podía estar Nena Daconte, pero sostenido por la certidumbre de que había de encontrar al médico asiático. Pasó por un patio interior muy grande con flores y pájaros silvestres, a cuyos lados estaban los pabellones de los enfermos: las mujeres, a la derecha, y los hombres, a la izquierda. Siguiendo a los visitantes, entró en el pabellón de mujeres. Vio una larga hilera de enfermas sentadas en las camas con el camisón de trapo del hospital, iluminadas por las luces grandes de las ventanas, y hasta pensó que todo aquello era más alegre de lo que se podía imaginar desde fuera. Llegó hasta el extremo del corredor, y luego lo recorrió de nuevo en sentido inverso, hasta convencerse de que ninguna de las enfermas era Nena Daconte. Luego recorrió otra vez la galería exterior mirando por la ventana de los pabellones masculinos, hasta que creyó reconocer al médico que buscaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era él, en efecto. Estaba con otros médicos y varias enfermeras, examinando a un enfermo. Billy Sánchez entró en el pabellón, apartó a una de las enfermeras del grupo, y se paró frente al médico asiático, que estaba inclinado sobre el enfermo. Lo llamó. El médico levantó sus ojos desolados, pensó un instante, y entonces lo reconoció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pero dónde diablos se había metido usted! -dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Billy Sánchez se quedó perplejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En el hotel -dijo-. Aquí a la vuelta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces lo supo. Nena Daconte había muerto desangrada a las 7:10 de la noche del jueves 9 de enero, después de setenta horas de esfuerzos inútiles de los especialistas mejor calificados de Francia. Hasta el último instante había estado lúcida y serena, y dio instrucciones para que buscaran a su marido en el hotel Plaza Athenée, tenían una habitación reservada, y dio los datos para que se pusieran en contacto con sus padres. La embajada había sido informada el viernes por un cable urgente de su cancillería, cuando ya los padres de Nena Daconte volaban hacia París. El embajador en persona se encargó de los trámites de embalsamamiento y los funerales, y permaneció en contacto con la Prefectura de Policía de París para localizar a Billy Sánchez. Un llamado urgente con sus datos personales fue transmitido desde la noche del viernes hasta la tarde del domingo a través de la radio y la televisión, y durante esas 40 horas fue el hombre más buscado de Francia. Su retrato, encontrado en el bolso de Nena Daconte, estaba expuesto por todas partes. Tres Bentleys convertibles del mismo modelo habían sido localizados, pero ninguno era el suyo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los padres de Nena Daconte habían llegado el sábado al mediodía, y velaron el cadáver en la capilla del hospital esperando hasta última hora encontrar a Billy Sánchez. También los padres de éste habían sido informados, y estuvieron listos para volar a París, pero al final desistieron por una confusión de telegramas. Los funerales tuvieron lugar el domingo a las dos de la tarde, a sólo doscientos metros del sórdido cuarto del hotel donde Billy Sánchez agonizaba de soledad por el amor de Nena Daconte. El funcionario que lo había atendido en la embajada me dijo años más tarde que él mismo recibió el telegrama de su cancillería una hora después de que Billy Sánchez salió de su oficina, y que estuvo buscándolo por los bares sigilosos del Faubourg-St. Honoré. Me confesó que no le había puesto mucha atención cuando lo recibió, porque nunca se hubiera imaginado que aquel costeño aturdido con la novedad de París, y con un abrigo de cordero tan mal llevado, tuviera a su favor un origen tan ilustre. El mismo domingo por la noche, mientras él soportaba las ganas de llorar de rabia, los padres de Nena Daconte desistieron de la búsqueda y se llevaron el cuerpo embalsamado dentro de un ataúd metálico, y quienes alcanzaron a verlo siguieron repitiendo durante muchos años que no habían visto nunca una mujer más hermosa, ni viva ni muerta. De modo que cuando Billy Sánchez entró por fin al hospital, el martes por la mañana, ya se había consumado el entierro en el triste panteón de la Manga, a muy pocos metros de la casa donde ellos habían descifrado las primeras claves de la felicidad. El médico asiático que puso a Billy Sánchez al corriente de la tragedia quiso darle unas pastillas calmantes en la sala del hospital, pero él las rechazó. Se fue sin despedirse, sin nada qué agradecer, pensando que lo único que necesitaba con urgencia era encontrar a alguien a quien romperle la madre a cadenazos para desquitarse de su desgracia. Cuando salió del hospital, ni siquiera se dio cuenta de que estaba cayendo del cielo una nieve sin rastros de sangre, cuyos copos tiernos y nítidos parecían plumitas de palomas, y que en las calles de París había un aire de fiesta, porque era la primera nevada grande en diez años.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-8606466381440187352?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/8606466381440187352/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=8606466381440187352' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/8606466381440187352'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/8606466381440187352'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/09/el-rastro-de-tu-sangre-en-la-nieve-g.html' title='&quot;El rastro de tu sangre en la nieve&quot; (G. García Márquez)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-667366882016568226</id><published>2008-08-25T20:47:00.000-03:00</published><updated>2008-08-25T20:50:25.756-03:00</updated><title type='text'>"Pequeña parábola de “Chindo” perro de ciego" (Camilo José Cela)</title><content type='html'>“Chindo” es un perrillo de sangre ruin y de nobles sentimientos. Es rabón y tiene la piel sin lustre, corta la alzada, flácidas las orejas. “Chindo” es un perro hospiciano y sentimental, arbitrario y cariñoso, pícaro a la fuerza, errabundo y amable, como los grises gorriones de la ciudad. “Chindo” tiene el aire, entre alegre e inconsciente, de los niños pobres, de los niños que vagan sin rumbo fijo, mirando para el suelo en busca de la peseta que alguien, seguramente, habrá perdido ya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Chindo”, como todas las criaturas del Señor, vive de lo que cae del cielo, que a veces es un mendrugo de pan, en ocasiones una piltrafa de carne, de cuando en cuando un olvidado resto de salchichón, y siempre, gracias a Dios, una sonrisa que sólo “Chindo” ve.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Chindo”, con la conciencia tranquila y el mirar adolescente, es perro entendido en hombres ciegos, sabio en las artes difíciles del lazarillo, compañero leal en la desgracia y en la obscuridad, en las tinieblas y en el andar sin fin, sin objeto y con resignación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer amo de “Chindo”, siendo “Chindo” un cachorro, fue un coplero barbudo y sin ojos, andariego y decidor, que se llamaba Josep, y era, según decía, del caserío de Soley Avall, en San Juan de las Abadesas y a orillas de un río Ter niño todavía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Josep, con su porte de capitán en desgracia, se pasó la vida cantando por el Ampurdán y la Cerdaña, con su voz de barítono montaraz, un romance andarín que empezaba diciendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si t´agrada córrer mon,&lt;br /&gt;algun dia, sense pressa,&lt;br /&gt;emprèn la llarga travessa&lt;br /&gt;de Ribes a Camprodon,&lt;br /&gt;passant per Caralps i Núria,&lt;br /&gt;per Nou Creus, per Ull de Ter&lt;br /&gt;i Setcases, el primer&lt;br /&gt;llogaret de la planúria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Chindo”, al lado de Josep, conoció el mundo de las montañas y del agua que cae rodando por las peñas abajo, rugidora como el diablo preso de las zarzas y fría como la mano de las vírgenes muertas. “Chindo”, sin apartarse de su amo mendigo y trotamundos, supo del sol y de la lluvia, aprendió el canto de las alondras y del minúsculo aguzanieves, se instruyó en las artes del verso y de la orientación, y vivió feliz durante toda su juventud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero un día… Como en fábulas desgraciadas, un día Josep, que era ya muy viejo, se quedó dormido y ya no se despertó más. Fue en la Font de Sant Gil, la que está sota un capelló gentil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Chindo” aulló con el dolor de los perros sin amo ciego a quien guardar, y los montes le devolvieron su frío y desconsolado aullido. A la mañana siguiente, unos hombres se llevaron el cadáver de Josep encima de un burro manso y de color ceniza, y “Chindo”, a quien nadie miró, lloró su soledad en medio del campo, la historia -la eterna historia de los dos amigos Josep y “Chindo”- a sus espaldas y por delante, como en la mar abierta, un camino ancho y misterioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cuánto tiempo vagó “Chindo”, el perro solitario, desde la Seo a Figueras, sin amo a quien servir, ni amigo a quien escuchar, ni ciego a quien pasar los puentes como un ángel? “Chindo”contaba el tránsito de las estaciones en el reloj de los árboles y se veía envejecer -¡once años ya!- sin que Dios le diese la compañía que buscaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Probó a vivir entre los hombres con ojos en la cara, pero pronto adivinó que los hombres con ojos en la cara miraban de través, siniestramente, y no tenían sosiego en le mirar del alma. Probó a deambular, como un perro atorrante y sin principios, por las plazuelas y por las callejas de los pueblos grandes -de los pueblos con un registrador, dos boticarios y siete carnicerías- y al paso vio que, en los pueblos grandes, cien perros se disputaban a dentelladas el desmedrado hueso de la caridad. Probó a echarse al monte, como un bandolero de los tiempos antiguos, como un José María el Tempranillo, a pie y en forma de perro, pero el monte le acuñó en su miedo, la primera noche, y lo devolvió al caserío con los sustos pegados al espinazo, como caricias que no se olvidan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Chindo”, con gazuza y sin consuelo, se sentó al borde del camino a esperar que la marcha del mundo lo empujase adonde quisiera, y, como estaba cansado, se quedó dormido al pie de un majuelo lleno de bolitas rojas y brillantes como si fueran de cristal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un sendero pintado de color azul bajaban tres niñas ciegas con la cabeza adornada con la pálida flor del peral. Una niña se llamaba María, la otra Nuria y la otra Montserrat. Como era el verano y el sol templaba el aire de respirar, las niñas ciegas vestían trajes de seda, muy endomingados, y cantaban canciones con una vocecilla amable y de cascabel.&lt;br /&gt;“Chindo”, en cuanto las vio venir, quiso despertarse, para decirles:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Gentiles señoritas, ¿quieren que vaya con ustedes para enseñarles dónde hay un escalón, o dónde empieza el río, o dónde está la flor que adornará sus cabezas? Me llamo “Chindo”, estoy sin trabajo y, a cambio de mis artes, no pido más que un poco de conversación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Chindo” hubiera hablado como un poeta de la Edad Media. Pero “Chindo” sintió un frío repentino. Las tres niñas ciegas que bajaban por un sendero pintado de azul se fueron borrando tras una nube que cubría toda la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Chindo” ya no sintió frío. Creyó volar, como un leve vilano, y oyó una voz amiga que cantaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si t´agrada córrer mon,&lt;br /&gt;algun dia, sense pressa…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Chindo”, el perrillo de sangre ruin y de nobles sentimientos, estaba muerto al pie del majuelo de rojas y brillantes bolitas que parecían de cristal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguien oyó sonar por el cielo las ingenuas trompetas de los ángeles más jóvenes.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-667366882016568226?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/667366882016568226/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=667366882016568226' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/667366882016568226'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/667366882016568226'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/08/pequea-parbola-de-chindo-perro-de-ciego.html' title='&quot;Pequeña parábola de “Chindo” perro de ciego&quot; (Camilo José Cela)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-8418191233679202943</id><published>2008-08-25T20:42:00.001-03:00</published><updated>2008-08-25T20:46:56.120-03:00</updated><title type='text'>"El evangelio según Marcos" (Jorge Luis Borges)</title><content type='html'>El hecho sucedió en la estancia Los Álamos, en el partido de Junín, hacia el sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un estudiante de medicina, Baltasar Espinosa. Podemos definirlo por ahora como uno de tantos muchachos porteños, sin otros rasgos dignos de nota que esa facultad oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta inteligencia era perezosa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una materia para graduarse, la que más lo atraía. Su padre, que era librepensador, como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pidió que todas las noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de coraje; una mañana había cambiado, con más indiferencia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de compañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria. Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles: el país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos plumas; veneraba a Francia pero menospreciaba a los franceses; tenía en poco a los americanos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las cuchillas o los cerros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en Los Álamos, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por natural complacencia y porque no buscó razones válidas para decir que no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El casco de la estancia era grande y un poco abandonado; las dependencias del capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutres eran tres: el padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad. Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.&lt;br /&gt;Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba. Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo llegaría a distinguir los pájaros por el grito.&lt;br /&gt;A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa, que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche traía un alivio. En el alba, los truenos lo despertaron. El viento zamarreaba las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio gracias a Dios. El aire frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.&lt;br /&gt;Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la galería los campos anegados, pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gutres, ayudados o incomodados por el pueblero, salvaron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos animales ahogados. Los caminos para llegar a la estancia eran cuatro: a todos los cubrieron las aguas. Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz; Espinosa les dio una habitación que quedaba en el fondo, al lado del galpón de las herramientas. La mudanza los fue acercando; comían juntos en el gran comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tantas cosas en materia de campo, no sabían explicarlas. Una noche, Espinosa les preguntó si la gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubieran contestado a una pregunta sobre la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre solía decir que casi todos los casos de longevidad que se dan en el campo son casos de mala memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen ignorar por igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.&lt;br /&gt;En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Shorthorn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Sombra. Espinosa, para distraer de algún modo la sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andanzas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que llevaban siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero, no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los campos de los Núñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones, antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba lugares a los que no iba nunca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la que hay un buzón, unos leones de mampostería en un portón de la calle Jujuy, a unas cuadras del Once, un almacén con piso de baldosa que no sabía muy bien dónde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabrían por Daniel que estaba aislado -la palabra, etimológicamente, era justa- por la creciente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie -tal era su nombre genuino- habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el castellano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y casi no escucharon.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el comienzo del Evangelio según Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sorprendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la sangre, pensó. También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las clases de elocución en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las parábolas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los Gutres despachaban la carne asada y las sardinas para no demorar el Evangelio.&lt;br /&gt;Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre, querían ponerle una telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación despertó no dejó de asombrarlo. Al principio, había desconfiado de los Gutres y había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba consigo; ahora, ausente el patrón, él había tomado su lugar y daba órdenes tímidas, que eran inmediatamente acatadas. Los Gutres lo seguían por las piezas y por el corredor, como si anduvieran perdidos. Mientras leía, notó que le retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió hablando de él con respeto y pocas palabras. Concluido el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martillazos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto, la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un forastero y todos lo trataban con atención y casi lo mimaban. A ninguno le gustaba el café, pero había siempre un tacita para él, que colmaban de azúcar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos notó que estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo, desnuda. No lo abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría a nadie esa historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espinosa, que era librepensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó&lt;br /&gt;- Sí. Para salvar a todos del infierno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gutre le dijo entonces:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué es el infierno?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y también se salvaron los que le clavaron los clavos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí -replicó Espinosa, cuya teología era incierta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su hija. Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos. Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño interrumpido por persistentes martillos y por vagas premoniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al corredor. Dijo como si pensara en voz alta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Las aguas están bajas. Ya falta poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya falta poco -repitió Gutrel, como un eco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Espinosa entendió lo que le esperaba del otro lado de la puerta. Cuando la abrieron, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-8418191233679202943?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/8418191233679202943/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=8418191233679202943' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/8418191233679202943'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/8418191233679202943'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/08/el-evangelio-segn-marcos-jorge-luis.html' title='&quot;El evangelio según Marcos&quot; (Jorge Luis Borges)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-480654396437122764</id><published>2008-08-22T22:25:00.002-03:00</published><updated>2008-08-22T22:29:25.470-03:00</updated><title type='text'>"Míster Taylor" (Augusto Monterroso)</title><content type='html'>-Menos rara, aunque sin duda más ejemplar -dijo entonces el otro-, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como "el gringo pobre", y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las &lt;em&gt;Obras Completas&lt;/em&gt; de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.&lt;br /&gt;Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera pasado.&lt;br /&gt;De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclamó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-&lt;em&gt;¿Buy head? Money, money.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.&lt;br /&gt;Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella deferencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió -previa indagación sobre el estado de su importante salud- que por favor lo complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y -no se sabe de qué modo- a vuelta de correo "tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos". Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió "halagadísimo de poder servirlo". Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las autoridades no sólo el permiso necesario para exportar, sino, además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.&lt;br /&gt;Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo interés y ya sólo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres y medio millones de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las bicicletas que les había obsequiado la Compañía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, ¿qué quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más nimia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía "Hace mucho calor", y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias amigas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos al premio Nóbel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un periodo de gran auge económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.&lt;br /&gt;Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Sólo después de su abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las &lt;em&gt;Obras completas&lt;/em&gt; de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.&lt;br /&gt;Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del vecindario sólo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El progreso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue el principio del fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las vereditas empezaron a languidecer. Sólo de vez en cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo sacara de aquella situación.&lt;br /&gt;Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente cesaron del todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: "Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer."&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-480654396437122764?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/480654396437122764/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=480654396437122764' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/480654396437122764'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/480654396437122764'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/08/mster-taylor-augusto-monterroso.html' title='&quot;Míster Taylor&quot; (Augusto Monterroso)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-6322959157637271539</id><published>2008-08-21T01:54:00.001-03:00</published><updated>2008-08-21T01:54:56.418-03:00</updated><title type='text'>"Los gatos de Ulthar" (H.P. Lovecraft)</title><content type='html'>Se dice que en Ulthar, que se encuentra más allá del río Skai, ningún hombre puede matar a un gato; y ciertamente lo puedo creer mientras contemplo a aquel que descansa ronroneando frente al fuego. Porque el gato es críptico, y cercano a aquellas cosas extrañas que el hombre no puede ver. Es el alma del antiguo Egipto, y el portador de historias de ciudades olvidadas en Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de la remota y siniestra África. La Esfinge es su prima, y él habla su idioma; pero es más antiguo que la Esfinge y recuerda aquello que ella ha olvidado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran la matanza de los gatos, vivía un viejo campesino y su esposa, quienes se deleitaban en atrapar y asesinar a los gatos de los vecinos. Por qué lo hacían, no lo sé; excepto que muchos odian la voz del gato en la noche, y les parece mal que los gatos corran furtivamente por patios y jardines al atardecer. Pero cualquiera fuera la razón, este viejo y su mujer se deleitaban atrapando y matando a cada gato que se acercara a su cabaña; y, a partir de los ruidos que se escuchaban después de anochecer, varios lugareños imaginaban que la manera de asesinarlos era extremadamente peculiar. Pero los aldeanos no discutían estas cosas con el viejo y su mujer; debido a la expresión habitual de sus marchitos rostros, y porque su cabaña era tan pequeña y estaba tan oscuramente escondida bajo unos desparramados robles en un descuidado patio trasero. La verdad era, que por más que los dueños de los gatos odiaran a estas extrañas personas, les temían más; y, en vez de confrontarlos como asesinos brutales, solamente tenían cuidado de que ninguna mascota o ratonero apreciado, fuera a desviarse hacia la remota cabaña, bajo los oscuros árboles. Cuando por algún inevitable descuido algún gato era perdido de vista, y se escuchaban ruidos después del anochecer, el perdedor se lamentaría impotente; o se consolaría agradeciendo al Destino que no era uno de sus hijos el que de esa manera había desaparecido. Pues la gente de Ulthar era simple, y no sabía de dónde vinieron todos los gatos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día, una caravana de extraños peregrinos procedentes del Sur entró a las estrechas y empedradas calles de Ulthar. Oscuros eran aquellos peregrinos, y diferentes a los otros vagabundos que pasaban por la ciudad dos veces al año. En el mercado vieron la fortuna a cambio de plata, y compraron alegres cuentas a los mercaderes. Cuál era la tierra de estos peregrinos, nadie podía decirlo; pero se les vio entregados a extrañas oraciones, y que habían pintado en los costados de sus carros extrañas figuras, de cuerpos humanos con cabezas de gatos, águilas, carneros y leones. Y el líder de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos, y un curioso disco entre los cuernos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esta singular caravana había un niño pequeño sin padre ni madre, sino con sólo un gatito negro a quien cuidar. La plaga no había sido generosa con él, mas le había dejado esta pequeña y peluda cosa para mitigar su dolor; y cuando uno es muy joven, uno puede encontrar un gran alivio en las vivaces travesuras de un gatito negro. De esta forma, el niño, al que la gente oscura llamaba Menes, sonreía más frecuentemente de lo que lloraba mientras se sentaba jugando con su gracioso gatito en los escalones de un carro pintado de manera extraña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante la tercera mañana de estadía de los peregrinos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gatito; y mientras sollozaba en voz alta en el mercado, ciertos aldeanos le contaron del viejo y su mujer, y de los ruidos escuchados por la noche. Y al escuchar esto, sus sollozos dieron paso a la reflexión, y finalmente a la oración. Estiró sus brazos hacia el sol y rezó en un idioma que ningún aldeano pudo entender; aunque no se esforzaron mucho en hacerlo, pues su atención fue absorbida por el cielo y por las formas extrañas que las nubes estaban asumiendo. Esto era muy peculiar, pues mientras el pequeño niño pronunciaba su petición, parecían formarse arriba las figuras sombrías y nebulosas de cosas exóticas; de criaturas híbridas coronadas con discos de costados astados. La naturaleza está llena de ilusiones como esa para impresionar al imaginativo.&lt;br /&gt;Aquella noche los errantes dejaron Ulthar, y no fueron vistos nunca más. Y los dueños de casa se preocuparon al darse cuenta de que en toda la villa no había ningún gato. De cada hogar el gato familiar había desaparecido; los gatos pequeños y los grandes, negros, grises, rayados, amarillos y blancos. Kranon el Anciano, el burgomaestre, juró que la gente siniestra se había llevado a los gatos como venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo a la caravana y al pequeño niño. Pero Nith, el enjuto notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran probablemente los más sospechosos; pues su odio por los gatos era notorio y, con creces, descarado. Pese a esto, nadie osó quejarse ante la dupla siniestra, a pesar de que Atal, el hijo del posadero, juró que había visto a todos los gatos de Ulthar al atardecer en aquel patio maldito bajo los árboles. Caminaban en círculos lenta y solemnemente alrededor de la cabaña, dos en una línea, como realizando algún rito de las bestias, del que nada se ha oído. Los aldeanos no supieron cuánto creer de un niño tan pequeño; y aunque temían que el malvado par había hechizado a los gatos hacia su muerte, preferían no confrontar al viejo campesino hasta encontrárselo afuera de su oscuro y repelente patio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De este modo Ulthar se durmió en un infructuoso enfado; y cuando la gente despertó al amanecer ¡he aquí que cada gato estaba de vuelta en su acostumbrado fogón! Grandes y pequeños, negros, grises, rayados, amarillos y blancos, ninguno faltaba. Aparecieron muy brillantes y gordos, y sonoros con ronroneante satisfacción. Los ciudadanos comentaban unos con otros sobre el suceso, y se maravillaban no poco. Kranon el Anciano nuevamente insistió en que era la gente siniestra quien se los había llevado, puesto que los gatos no volvían con vida de la cabaña del viejo y su mujer. Pero todos estuvieron de acuerdo en una cosa: que la negativa de todos los gatos a comer sus porciones de carne o a beber de sus platillos de leche era extremadamente curiosa. Y durante dos días enteros los gatos de Ulthar, brillantes y lánguidos, no tocaron su comida, sino que solamente dormitaron ante el fuego o bajo el sol.&lt;br /&gt;Pasó una semana entera antes de que los aldeanos notaran que, en la cabaña bajo los árboles, no se prendían luces al atardecer. Luego, el enjuto Nith recalcó que nadie había visto al viejo y a su mujer desde la noche en que los gatos estuvieron fuera. La semana siguiente, el burgomaestre decidió vencer sus miedos y llamar a la silenciosa morada, como un asunto del deber, aunque fue cuidadoso de llevar consigo, como testigos, a Shang, el herrero, y a Thul, el cortador de piedras. Y cuando hubieron echado abajo la frágil puerta sólo encontraron lo siguiente: dos esqueletos humanos limpiamente descarnados sobre el suelo de tierra, y una variedad de singulares insectos arrastrándose por las esquinas sombrías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Posteriormente hubo mucho que comentar entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el forense, discutió largamente con Nith, el enjuto notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumados con preguntas. Incluso el pequeño Atal, el hijo del posadero, fue detenidamente interrogado y, como recompensa, le dieron una fruta confitada. Hablaron del viejo campesino y su esposa, de la caravana de siniestros peregrinos, del pequeño Menes y de su gatito negro, de la oración de Menes y del cielo durante aquella plegaria, de los actos de los gatos la noche en que se fue la caravana, o de lo que luego se encontró en la cabaña bajo los árboles, en aquel repugnante patio.&lt;br /&gt;Y, finalmente, los ciudadanos aprobaron aquella extraordinaria ley, la que es referida por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir, a saber, que en Ulthar ningún hombre puede matar a un gato.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-6322959157637271539?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/6322959157637271539/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=6322959157637271539' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/6322959157637271539'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/6322959157637271539'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/08/los-gatos-de-ulthar-hp-lovecraft.html' title='&quot;Los gatos de Ulthar&quot; (H.P. Lovecraft)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-1921505882070079293</id><published>2008-08-18T00:31:00.002-03:00</published><updated>2008-08-18T00:41:56.669-03:00</updated><title type='text'>"Canción desesperada" (Pablo Neruda)</title><content type='html'>Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.&lt;br /&gt;El río anuda al mar su lamento obstinado.&lt;br /&gt;Abandonado como los muelles en el alba.&lt;br /&gt;Es la hora de partir, oh abandonado!&lt;br /&gt;Sobre mi corazón llueven frías corolas.&lt;br /&gt;Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!&lt;br /&gt;En ti se acumularon las guerras y los vuelos.&lt;br /&gt;De ti alzaron las alas los pájaros del canto.&lt;br /&gt;Todo te lo tragaste, como la lejanía.&lt;br /&gt;Como el mar, como el tiempo.&lt;br /&gt;Todo en ti fue naufragio !&lt;br /&gt;Era la alegre hora del asalto y el beso.&lt;br /&gt;La hora del estupor que ardía como un faro.&lt;br /&gt;Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,&lt;br /&gt;turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio!&lt;br /&gt;En la infancia de niebla mi alma alada y herida.&lt;br /&gt;Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!&lt;br /&gt;Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.&lt;br /&gt;Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio!&lt;br /&gt;Hice retroceder la muralla de sombra.&lt;br /&gt;Anduve más allá del deseo y del acto.&lt;br /&gt;Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí,&lt;br /&gt;a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.&lt;br /&gt;Como un vaso albergaste la infinita ternura,&lt;br /&gt;y el infinito olvido te trizó como a un vaso.&lt;br /&gt;Era la negra, negra soledad de las islas,&lt;br /&gt;y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.&lt;br /&gt;Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.&lt;br /&gt;Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.&lt;br /&gt;Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme&lt;br /&gt;en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!&lt;br /&gt;Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,&lt;br /&gt;el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.&lt;br /&gt;Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas,&lt;br /&gt;aún los racimos arden picoteados de pájaros.&lt;br /&gt;Oh la boca mordida, oh los besados miembros,&lt;br /&gt;oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.&lt;br /&gt;Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo&lt;br /&gt;en que nos anudamos y nos desesperamos.&lt;br /&gt;Y la ternura, leve como el agua y la harina.&lt;br /&gt;Y la palabra apenas comenzada en los labios.&lt;br /&gt;Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo,&lt;br /&gt;y en el cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio!&lt;br /&gt;Oh sentina de escombros, en ti todo caía,&lt;br /&gt;qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron.&lt;br /&gt;De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste&lt;br /&gt;de pie como un marino en la proa de un barco.&lt;br /&gt;Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes.&lt;br /&gt;Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.&lt;br /&gt;Pálido buzo ciego, desventurado hondero,&lt;br /&gt;descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!&lt;br /&gt;Es la hora de partir, la dura y fría hora&lt;br /&gt;que la noche sujeta a todo horario.&lt;br /&gt;El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa.&lt;br /&gt;Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.&lt;br /&gt;Abandonado como los muelles en el alba.&lt;br /&gt;Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.&lt;br /&gt;Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.&lt;br /&gt;Es la hora de partir. Oh abandonado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-1921505882070079293?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/1921505882070079293/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=1921505882070079293' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/1921505882070079293'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/1921505882070079293'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/08/cancin-desesperada-pablo-neruda.html' title='&quot;Canción desesperada&quot; (Pablo Neruda)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-1901388291190683065</id><published>2008-07-27T17:31:00.003-03:00</published><updated>2008-07-30T17:08:54.357-03:00</updated><title type='text'>"Licantropía" (Enrique Anderson Imbert)</title><content type='html'>Me trepé al tren justo cuando arrancaba. Recorrí varios coches. ¡Repletos! ¿Qué pasaba ese día? ¿A todo el mundo se le había ocurrido viajar? Por fin descubrí un lugar desocupado. Con esfuerzo coloqué la valija en la red portaequipaje y dando un suspiro de alivio me dejé caer sobre el asiento. Sólo entonces advertí que tenía al frente, sentado también del lado de la ventanilla, nada menos que al banquero que vive en el departamento contiguo al mío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me sonrió ("¡qué dientes!", diría Caperucita Roja) y supongo que yo también le sonreí, aunque si lo hice fue sin ganas. A decir verdad, nuestra relación se reducía a saludarnos cuando por casualidad nos encontrábamos en la puerta del edificio o tomábamos juntos el ascensor. Yo no podía ignorar que él se dedicaba a los negocios porque una vez, después de felicitarme por el cuento fantástico que publiqué en el diario, se presentó tendiéndome una tarjeta:&lt;br /&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Rómulo Genovesi, doctor en ciencias económicas&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;y me ofreció sus servicios en caso de que yo quisiera invertir mis ahorros. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;-Usted -me dijo- vive en otro mundo; yo vivo en éste, que lo tengo bien medido a palmos; con que ya sabe, si puedo serle útil... &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;En otras ocasiones, mientras el ascensor subía o bajaba dieciocho pisos, Genovesi me habló de las condiciones económicas del país, de empresas, bancos, intereses, pólizas, mercados y mil cosas que no entiendo. Tal era el genio de las finanzas que me estaba sonriendo cuando me dejé caer sobre el asiento. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Yo hubiera querido olvidar mi pobreza, pero la sola presencia de ese especulador me la recordaba. Me había dispuesto a descansar durante el resto del viaje y de golpe me veía obligado a ser cortés. Si en la jaula del ascensor yo respetaba el talento práctico de mi vecino, ahora, en el vagón de ferrocarril, temía que ese talento, justamente por adaptarse a la realidad ordinaria -realidad que rechazo cada vez que invento una historia- me resultara fastidioso. Mala suerte. El viaje horizontal en tren más largo que el viaje vertical en ascensor, iba a matarme de aburrimiento. Para peor, el éxito que Genovesi obtenía en sus operaciones económicas no se reflejaba en un rostro satisfecho, feliz. Al contrario, su aspecto era tétrico. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Teníamos la misma edad, pero (si el espejo no me engañaba) él parecía más viejo que yo. ¿Más viejo? No, no era eso. Era algo, ¿cómo diré?, algo misterioso. No sé explicarlo. Parecía ¡qué sé yo! que su cuerpo, consumido, desgastado, hubiera sobrevivido a varias vidas. Siempre lo vi flaco, nunca gordo; sin embargo, la suya era la flacura del gordo que ha perdido carnes. Más, más que eso. Era como si la pérdida de carnes le hubiera recurrido varias veces y de tanto engordar y enflaquecer, de tanto meter carnes bajo la piel para luego sacarlas, su rostro hubiera acabado por deformarse. Todavía mantenía erguidas las orejas, prominente la nariz y firmes los colmillos, pero todo la demás se aflojaba y caía: las mejillas, la mandíbula, las arrugas, los pelos, las bolsas de las ojeras... &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Desde sus ojos hundidos salía esa mirada fría que uno asocia con la inteligencia, y sin duda Genovesi debía de ser muy inteligente. No había razones para dudarlo, tratándose de un doctor en ciencias económicas. Lo malo era que esa inteligencia, ducha en números, cálculos y resoluciones efectivas, a mí siempre me aburre. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;¡Ni que hubiera adivinado mi pensamiento! Abandonó esta vez su tema, la economía, y arrimó la conversación al tema mío: la literatura fantástica. Y del mismo modo que en el ascensor me había dado consejos para ganar dinero, ahora, en el tren, me regaló anécdotas raras para que yo escribiese sobre ellas "y me hiciera famoso..." &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;¡Como si yo las necesitara! Yo, que con una semillita de locura hacía crecer toda una selva de cuentos sofísticos o que con un suceso callejero construía torres de viento, palacios inhabitables y catedrales ateas; yo, veterano; yo, emotivo, fantasioso, arbitrario, espontáneo, grandílocuo y genial, ¡qué diablos iba a necesitar de ese vulgar agente de bolsa para escribir cuentos! Su fatuidad me sublevó, pero acallé la mía (por suerte, cuando me envanezco oigo en la cabeza el zumbido de una abeja irónica) y lo dejé hablar. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Su monólogo tuvo forma de espiral. Genovesi fue apartándose del punto central, exacto, lógico que hasta entonces yo suponía que era la residencia permanente de todas las profesiones técnicas. La primera vuelta de la espiral fue poco imaginativa. Se limitó a proponerme que yo escribiera un cuento sobre el caso "rigurosamente verídico" de dos hermanos siameses, unidos por la espalda, que fueron separados a cuchillo en el quirófano del sanatorio Güemes. Cada uno de ellos, para no sentir dolor durante la operación, había convocado por telepatía a un anestesista diferente. Uno de los siameses llamó a un hindú, que lo hizo dormir, y el otro llamó a un chino, que le clavó alfileres. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Desde luego que semejante truculencia a mí no me inspiró ningún cuento. Ni siquiera me asombré demasiado de que un doctor en ciencias económicas recontara en serio la atrocidad que le oyó a la cuñada del primo de la enfermera -después de todo la curación por acupuntura, hipnosis y parapsicología, aunque no ortodoxa, ha sido aceptada por algunos médicos- pero sí me asombré bastante cuando, en una segunda vuelta de la espiral, Genovesi dejó atrás a curanderos y manos santas y se apartó hacia la región de las conjeturas pseudocientíficas; una: la de que nuestro planeta ha sido colonizarlo por seres extraterrestres. ¡Nada menos! Y en una tercera vuelta se adhirió a la causa de brujos, chamanes, nigromantes y espiritistas. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Por rara coincidencia, a medida que Genovesi incurría en el obscurantismo, la obscuridad del anochecer iba borrándole la cara. Ya casi no se la distinguía cuando, en otra expansión de su fe, la palabra pasó del mito a la quiromancia y de la astrología a la metempsicosis. No paró allí. En las siguientes espiras de su monólogo Genovesi se alejó hacia lo que está oculto en el más allá. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Él, que como economista jamás hubiera firmado un cheque en blanco, extendía el crédito a cualquier milagrería. Aprovechándose de las críticas a la razón, que la limitan a conocer meros fenómenos, postulaba que debía de haber facultades irracionales y extrasensoriales capaces de conocer la realidad absoluta, y de su axioma deducía que hay que estar predispuesto a creer que aun lo increíble es posible. Posible era que el hombre pudiera vivir en tiempos cíclicos, paralelos o revertidos; posibles eran las reencarnaciones y las telekinesias, la premonición y la levitación, el tabú y el vudú... &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Genovesi desenterraba los mismos fantasmas que yo he visto, vivido y vestido en mis propios cuentos, con la diferencia de que para él lo sobrenatural no era un capricho de la fantasía. Le faltaba el don de los poetas para convertir los sentimientos irracionales en bellas imágenes. ¿Cómo explicarle a ese crédulo que la única magia que cuenta es la de la imaginación, que impone sus formas a una amorfa realidad sin más propósito ni beneficios que el de divertimos con el arte de mentir? Y aun esa imaginación no es espontánea pues sólo vale cuando se junta con la inteligencia. La razón es una débil, novata, vacilante y regañada sirvientita, recién advenida en la evolución biológica, pero que sin sus servicios no podríamos disfrutar del ocio, la libertad y la alegría. Ah, Genovesi sería muy hábil en sus tejemanejes con los bancos pero, en su comercio de ficciones conmigo, el pobre emergía de pantanosos sueños con el delirio de un neurótico, la inocencia de un niño y el miedo de un salvaje. Aceptaba todo menos la razón. Cuando por ahí, sin saberlo ni quererlo, merodeó por la frase unamuniana "la razón es antivital", tuve que reprimir las ganas de retrucarle con la frase orteguiana: "El hombre salió de la bestia y en cuanto descuida su razón, vuelve a bestializarse". &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Gracias a que todavía no habían encendido las luces del vagón, la noche del campo, una noche sin Luna y sin estrellas, penetró por las ventanillas y reinó adentro tanto como afuera. De no ser por la voz, yo no habría estado seguro de que ese bulto enfrente de mí seguía siendo Genovesi, hasta que el tren se acercó a aquella ciudad perdida en la pampa y faroles a los lados de las vías empezaron a perforar la obscuridad. Cada destello alumbraba a Genovesi por un instante. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Mientras el discurso continuaba desenvolviendo la espiral de supersticiones, su rostro reaparecía y desaparecía, y cuando reaparecía ya no era igual. Genovesi se transfiguraba. Los intermitentes resplandores que desde los costados del tren en marcha alteraban sus facciones coincidían con los saltos que la voz daba de una creencia a otra. Lo que yo veía y lo que yo oía se complementaban como en el cine, y el filme era una pesadilla. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;En eso entramos en un túnel más tenebroso aún que la noche, y Genovesi fue solamente una voz que me sonó extrañamente ronca. Esa voz se puso a contarme que hay hombres que se convierten en lobos. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;-Bah, el cuentito del licántropo -le dije-. Lo contó Petronio en el Satiricón. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;-No, no -y su voz salió de la tiniebla misma-. Déjese de licántropos griegos. En la provincia de Corrientes los llamamos lobizones. Le aseguro que existen. Aúllan en las noches sin Luna, como ésta, y matan. Lo sé. Lo sé por experiencia. Créame. Matan... &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Entonces sucedió algo espeluznante. Los pelos a mí, o a él, se me pusieron de punta cuando al salir del túnel y entrar en la estación, los focos iluminaron de lleno la cara de Genovesi. &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Espantado, noté que mientras repetía "créame, lo sé, el lobizón existe", se metamorfoseaba. Y cuando terminó de metamorfosearse vi que allí, acurrucado en su cubil, el genio de las finanzas se había convertido en un grandísimo tonto.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-1901388291190683065?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/1901388291190683065/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=1901388291190683065' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/1901388291190683065'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/1901388291190683065'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/07/licantropa-enrique-anderson-imbert.html' title='&quot;Licantropía&quot; (Enrique Anderson Imbert)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-9066773028837973395</id><published>2008-07-01T16:32:00.004-03:00</published><updated>2008-07-01T16:44:14.802-03:00</updated><title type='text'>"Manual para ser niño" (García Márquez)</title><content type='html'>TOMADO DEL TOMO 2 DE LA COLECCIÓN DOCUMENTOS DE LA MISIÓN CIENCIA, EDUCACION Y DESARROLLO: EDUCACIÓN PARA EL DESARROLLO (PP. 115 SS) PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA -CONSEJERÍA PARA EL DESARROLLO INSTITUCIONAL- COLCIENCIAS. SANTA FÉ DE BOGOTÁ, D.C., 1995.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aspiro a que estas reflexiones sean un manual para que los niños se atrevan a defenderse de los adultos en el aprendizaje de las artes y las letras. No tienen una base científica sino emocional - o sentimental, si se quiere-, y se fundan en una premisa improbable: si a un niño se le pone frente a una serie de juguetes diversos, terminará por quedarse con uno que le guste más. Creo que esa preferencia no es casual, sino que revela en el niño una vocación y una aptitud que tal vez pasarían inadvertidas para sus padres despistados y sus fatigados maestros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que ambas le vienen de nacimiento, y sería importante identificarlas a tiempo y tomarlas en cuenta para ayudarlo a elegir su profesión. Más aún: creo que algunos niños a una cierta edad, y en ciertas condiciones, tienen facultades congénitas que les permiten ver más allá de la realidad admitida por los adultos. Podrían ser residuos de algún poder adivinatorio que el género humano agotó en etapas anteriores, o manifestaciones extraordinarias de la intuición casi clarividente de los artistas durante la soledad del crecimiento, y que desaparecen, como la glándula del timo, cuando ya no son necesarias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que se nace escritor, pintor o músico. Se nace con la vocación y en muchos casos con las condiciones físicas para la danza y el teatro, y con un talento propicio para el periodismo escrito, entendido como un género literario, y para el cine, entendido como una síntesis de la ficción y la plástica. En ese sentido soy un platónico: aprender es recordar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto quiere decir que cuando un niño llega a la escuela primaria puede ir ya predispuesto por la naturaleza para alguno de esos oficios, aunque todavía no lo sepa. Y tal vez no lo sepa nunca, pero su destino puede ser mejor sí alguien lo ayuda a descubrirlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No para forzarlo en ningún sentido, sino para crearle condiciones favorables y alentarlo a gozar sin temores de su juguete preferido. Creo, con una seriedad absoluta, que hacer siempre lo que a uno le gusta, y sólo eso, es la fórmula magistral para una vida larga y feliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para sustentar esa alegre suposición no tengo más fundamento que la experiencia difícil y empecinada de haber aprendido el oficio de escritor contra un medio adverso, y no sólo al margen de la educación formal sino contra ella, pero a partir de dos condiciones sin alternativas: una aptitud bien definida y una ocación arrasadora. Nada me complacería más si esa aventura solitaria pudiera tener alguna utilidad no sólo para el aprendizaje de este oficio de las letras, sino para el de todos los oficios de las artes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;La vocación sin don y el don sin vocación&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Georges Bernanos, escritor católico francés, dijo: "Toda vocación es un llamado". El Diccionario de Autoridades, que fue el primero de la Real Academia en 1726, la definió como "la inspiración con que Dios llama a algún estado de perfección". Era, desde luego, una generalización a partir de las vocaciones religiosas. La aptitud, según el mismo diccionario, es "la habilidad y facilidad y modo para hacer alguna cosa".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos siglos y medio después, el Diccionario de la Real Academia conserva estas definiciones con retoques mínimos. Lo que no dice es que una vocación inequívoca y asumida a fondo llega a ser insaciable y eterna, y resistente a toda fuerza contraria: la única disposición del espíritu capaz de derrotar al amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las aptitudes vienen a menudo acompañadas de sus atributos físicos. Si se les canta la misma nota musical a varios niños, unos la repetirán exacta, otros no. Los maestros de música dicen que los primerost ienen lo que se llama el oído primario, importante para ser músicos. Antonio Sarasate, a los cuatro años, dio con su violín de juguete una nota que su padre, gran virtuoso, no lograba dar con el suyo. Siempre existirá el riesgo,sin embargo, de que los adultos destruyan tales virtudes porque les parecen primordiales, y terminen por encasillar a sus hijos en la realidad amurallada en que los padres los encasillaron a ellos. El rigor de muchos padres con los hijos artistas suele ser el mismo con que tratan a los hijos homosexuales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las aptitudes y las vocaciones no siempre vienen juntas. De ahí el desastre de cantantes de voces sublimes que no llegan a ninguna parte por falta de juicio, o de pintores que sacrifican toda una vida a una profesión errada, o de escritores prolíficos que no tienen nada que decir. Sólo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda, pero no por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estudio, la técnica, y un poder de superación para toda la vida. Para los narradores hay una prueba que no falla. Si se le pide a un grupo de personas de cualquier edad que cuenten una película, los resultados serán reveladores. Unos darán sus impresiones emocionales, políticas, o filosóficas, pero no sabrán contar a historia completa y en orden. Otros contarán el argumento, tan detallado como recuerden, con la seguridad de que será suficiente para transmitir la emoción del original. Los primeros podrán tener un porvenir brillante en cualquier materia, divina o humana, pero no serán narradores. A los segundos les falta todavía mucho para serlo -base cultural, técnica, estilo propio, rigor mental- pero pueden llegar a serlo. Es decir: hay quienes saben contar un cuento desde que empiezan a hablar, y hay quienes no sabrán nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los niños es una prueba que merece tomarse en serio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Las ventajas de no obedecer a los padres&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La encuesta adelantada para estas reflexiones ha demostrado que en Colombia no existen sistemas establecidos de captación precoz de aptitudes y vocaciones tempranas, como punto de partida para una carrera artística desde la cuna hasta la tumba. Los padres no están preparados para la grave responsabilidad de identificarlas a tiempo, y en cambio sí lo están para contrariarlas. Los menos drásticos les proponen a los hijos estudiar una carrera segura, y conservar el arte para entretenerse en las horas libres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fortuna para la humanidad, los niños les hacen poco caso a los padres en materia grave, y menos en lo que tiene que ver con el futuro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso los que tienen vocaciones escondidas asumen actitudes engañosas para salirse con la suya. Hay los que no rinden en la escuela porque no les gusta lo que estudian, y sin embargo podrían descollar en lo que les gusta si alguien los ayudara. Pero también puede darse que obtengan buenas calificaciones, no porque les guste la escuela, sino para que sus padres y sus maestros no los obliguen a abandonar el juguete favorito que llevan escondido en el corazón. También es cierto el drama de los que tienen que sentarse en el piano durante los recreos, sin aptitudes ni vocación, sólo por imposición de sus padres. Un buen maestro de música, escandalizado con la impiedad del método, dijo que el piano hay que tenerlo en la casa, pero no para que los niños lo estudien a la fuerza, sino para que jueguen con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los padres quisiéramos siempre que nuestros hijos fueran mejores que nosotros, aunque no siempre sabemos cómo. Ni los hijos de familias de artistas están a salvo de esa incertidubre. En unos casos, porque los padres quieren que sean artistas como ellos, y los niños tienen una vocación distinta. En otros, porque a los padres les fue mal en las artes, y quieren preservar de una suerte igual aun a los hijos cuya vocación indudable son las artes. No es menor el riesgo de los niños de familias ajenas a las artes, cuyos padres quisieran empezar una estirpe que sea lo que ellos no pudieron. En el extremo opuesto no faltan los niños contrariados que aprenden el instrumento a escondidas, y cuando los padres los descubren ya son estrellas de una orquesta de autodidactas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Maestros y alumnos concuerdan contra los métodos académicos, pero no tienen un criterio común sobre cuál puede ser mejor. La mayoría rechazaron los métodos vigentes, por su carácter rígido y su escasa atención a la creatividad, y prefieren ser empíricos e independientes. Otros consideran que su destino no dependió tanto de lo que aprendieron en la escuela como de la astucia y la tozudez con que burlaron los obstáculos de padres y maestros. En general, la lucha por la supervivencia y la falta de estímulos han forzado a la mayoría a hacerse solos y a la brava.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los criterios sobre la disciplina son divergentes. Unos no admiten sino la completa libertad, y otros tratan incluso de sacralizar el empirismo absoluto. Quienes hablan de la no disciplina reconocen su utilidad, pero piensan que nace espontánea como fruto de una necesidad interna, y por tanto no hay que forzarla. Otros echan de menos la formación humanística y los fundamentos teóricos de su arte. Otros dicen que sobra la teoría. La mayoría, al cabo de años de esfuerzos, se sublevan contra el desprestigio y las penurias de los artistas en una sociedad que niega el carácter profesional de las artes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, las voces más duras de la encuesta fueron contra la escuela, como un espacio donde la pobreza de espíritu corta las alas,y es un escollo para aprender cualquier cosa. Y en especial para las artes. Piensan que ha habido un despilfarro de talentos por la repetición infinita y sin alteraciones de los dogmas académicos, mientras que los mejor dotados sólo pudieron ser grandes y creadores cuando no tuvieron que volver a las aulas. "Se educa de espaldas al arte", han dicho al unísono maestros y alumnos. A estos les complace sentir que se hicieron solos. Los maestros lo resienten, pero admiten que también ellos lo dirían. Tal vez lo más justo sea decir que todos tienen razón. Pues tanto los maestros como los alumnos, y en última instancia la sociedad entera, son víctimas de un sistema de enseñanza que está muy lejos de la realidad del país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De modo que antes de pensar en la enseñanza artística, hay que definir lo más pronto posible una política cultural que no hemos tenido nunca. Que obedezca a una concepción moderna de lo que es la cultura, para qué sirve, cuánto cuesta, para quién es, y que se tome en cuenta que la educación artística no es un fin en sí misma, sino un medio para la preservación y fomento de las culturas regionales, cuya circulación natural es de la periferia hacia el centro y de abajo hacia arriba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es lo mismo la enseñanza artística que la educación artística. Esta es una función social, y así como se enseñan las matemáticas o las ciencias, debe enseñarse desde la escuela primaria el aprecio y el goce de las artes y las letras. La enseñanza artística, en cambio, es una carrera especializada para estudiantes con aptitudes y vocaciones específicas, cuyo objetivo es formar artistas y maestros como profesionales del arte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hay que esperar a que las vocaciones lleguen: hay que salir a buscarlas. Están en todas partes, más puras cuanto más olvidadas. Son ellas las que sustentan la vida eterna de la música callejera,la pintura primitiva de brocha y sapolín en los palacios municipales, la poesía en carne viva de las cantinas, el torrente incontenible de la cultura popular que es el padre y la madre de todas las artes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;¿Con qué se comen las letras?&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Los colombianos, desde siempre, nos hemos visto como un país de letrados. Tal vez a eso se deba que los programas del bachillerato hagan más énfasis en la literatura que en las otras artes. Pero aparte de la memorización cronológica de autores y de obras, a los alumnos no les cultivan el hábito de la lectura, sino que los obligan a leer y a hacer sinopsis escritas de los libros programados. Por todas partes me encuentro con profesionales escaldados por los libros que les obligaron a leer en el colegio con el mismo placer con que se tomaban el aceite de ricino. Para las sinopsis, por desgracia, no tuvieron problemas, porque en los periódicos encontraron anuncios como este: "Cambio sinopsis de El Quijote por sinopsis de La Odísea ". Así es: en Colombia hay un mercado tan próspero y un tráfico tan intenso de resúmenes fotostáticos, que los escritores haríamos mejor negocio no escribiendo los libros originales sino escribiendo de una vez las sinopsis para bachilleres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es este método de enseñanza, -y no tanto la televisión y los malos libros-, lo que está acabando con el hábito de lectura. Estoy de acuerdo en que un buen curso de literatura sólo puede ser una guía para lectores. Pero es imposible que los niños lean una novela,escriban la sinopsis y preparen una exposición reflexiva para el martes siguiente. Sería ideal que un niño dedicara parte de su fin de semana a leer un libro hasta donde pueda y hasta donde le guste -que es la única condición para leer un libro- pero es criminal, para él mismo y para el libro, que lo lea a la fuerza en sus horas de juego y con la angustia de las otras tareas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Haría falta -como falta todavía para todas las artes- una franja especial en el bachillerato con clases de literatura que sólo pretendan ser guías inteligentes de lectura y reflexión para formar buenos lectores. Porque formar escritores es otro cantar. Nadie enseña a escribir, salvo los buenos libros, leídos con la aptitud y la vocación alertas. La experiencia de trabajo es lo poco que un escritor consagrado puede transmitir a los aprendices si éstos tienen todavía un mínimo de humildad para creer que alguien puede saber más que ellos. Para eso no haría falta una universidad, sino talleres prácticos y participativos, donde escritores artesanos discutan con los alumnos la carpintería del oficio: como sé les ocurrieron sus argumentos, cómo imaginaron sus personajes, cómo resolvieron sus problemas técnicos de estructura, de estilo, de tono, que es lo único concreto que a veces puede sacarse en limpio del gran misterio de la creación. El mismo sistema de talleres está ya probado para algunos géneros del periodismo, el cine y la televisión, y en particular para reportajes y guiones. Y sin exámenes ni diplomas ni nada. Que la vida decida quién sirve y quién no sirve, como de todos modos ocurre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que debe plantearse para Colombia, sin embargo, no es sólo un cambio de forma y de fondo en las escuelas de arte, sino que la educación artística se imparta dentro de un sistema autónomo, que dependa de un organismo propio de la cultura y no del ministerio de la educación. Que no esté centralizado, sino al contrario, que sea el coordinador del desarrollo cultural desde las distintas regiones del país, pues cada una de ellas tiene su personalidad cultural, su historia, sus tradiciones, su lenguaje, sus expresiones artísticas propias. Que empiece por educarnos a padres y maestros en la apreciación precoz de las inclinaciones de los niños, y los prepare para una escuela que preserve su curiosidad y su creatividad naturales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo esto, desde luego, sin muchas ilusiones. De todos modos, por arte de las artes, los que han de ser ya lo son. Aun si no lo sabrán nunca&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/454644455037598704-9066773028837973395?l=mardelasperlas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/feeds/9066773028837973395/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=454644455037598704&amp;postID=9066773028837973395' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/9066773028837973395'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/454644455037598704/posts/default/9066773028837973395'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mardelasperlas.blogspot.com/2008/07/manual-para-ser-nio-garca-mrquez.html' title='&quot;Manual para ser niño&quot; (García Márquez)'/><author><name>Matías</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='22' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/-0wEALPEa1K0/TWvzK61An_I/AAAAAAAAAvg/cYVx-mn4dNw/s220/183637_10150097308557285_736487284_6355694_6922182_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-454644455037598704.post-1253503010470522637</id><published>2008-06-28T19:40:00.002-03:00</published><updated>2008-06-28T19:52:55.311-03:00</updated><title type='text'>"La Llamada de Cthulhu" (H.P. Lovecraft). Parte 3</title><content type='html'>&lt;strong&gt;3. La locura del mar&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Si el cielo decidiese algún día acordarme un insigne favor, borraría totalmente de mi memoria el descubrimiento que hice, por simple casualidad, al echar una ojeada a una hoja de periódico que recubría un estante. Era un viejo número del Boletín de Sidney del 18 de abril de 1925, con el cual no hubiese podido dar en mi vida cotidiana. Había pasado inadvertido hasta para la agencia de recortes que había estado coleccionando ávidamente durante esa época materiales para mi tío. Había yo casi abandonado mis investigaciones cerca de lo que el profesor llamaba el "culto de Cthulhu" y me encontraba de visita en casa de un docto amigo de Patterson, Nueva Jersey, conservador del museo local y mineralogista de renombre. Examinando un día los ejemplares de reserva, amontonados en desorden en los estantes de una de las salas del fondo del museo, mi mirada se detuvo en la rara ilustración de uno de los periódicos extendido bajo las piedras. Era el Boletín de Sidney que he mencionado. Mi amigo tenía corresponsales en todos los países extranjeros imaginables. La imagen era una fotografía en sepia de una odiosa estatuita de piedra casi igual a la que Legrasse había encontrado en el pantano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Despojé vivamente a la hoja de su precioso contenido, leí el artículo con cuidado y lamenté su brevedad. Lo que sugería, sin embargo, era de suma importancia para mi ya vacilante búsqueda. Arranqué cuidadosamente la noticia con el propósito de ponerme en seguida en acción. He aquí el contenido:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Misterioso barco a la deriva rescatado en alta mar&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;El Vigilant arribó remolcando a un yate neozelandés armado. Un muerto y un sobreviviente a bordo. Relatan combates furiosos y muertes en alta mar. Marinero rescatado se niega a dar detalles de la misteriosa experiencia. Ídolo extraño hallado en su poder. Se iniciará una investigación.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;El carguero Vigilant de la compañía Morrison, procedente de Valparaíso, arribó esta mañana a su puesto de amarre en la Bahía de Darling remolcando al yate Alert de Dunedin N.2 con serias averías, pero dotado aún de un poderoso armamento. El yate fue avistado el 12 de abril a los 34°21' de latitud sur, y a los 152°17' longitud oeste, con un muerto y un sobreviviente a bordo. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;El Vigilant dejó Valparaíso el 25 de marzo, y el 2 de abril fue alejado considerablemente de su curso, en dirección sur, por excepcionales tormentas y enormes olas. El 12 de abril avistó el buque a la deriva. En apariencia había sido abandonado, pero luego descubrió que llevaba un sobreviviente en estado de delirio, y un hombre muerto por lo menos desde hacía una semana. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;El sobreviviente apretaba entre sus manos una piedra horrible de origen desconocido, de unos treinta centímetros de alto, cuyo origen los profesores de la Universidad de Sidney, la Sociedad Real y el museo de la Calle College no pudieron determinar, y que el hombre afirmaba haber descubierto en la cabina del yate, en un altarcito rudimentario. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Este hombre, ya recobrado, relató una historia de piratería y violencia sumamente extraña. Se trata de un noruego llamado Gustaf Johansen, de cierta cultura, segundo oficial en la goleta Emma de Auckland, que partió para el Callao el 20 de febrero, con una tripulación de 20 hombres. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;El Emma, dijo, fue retrasado y alejado considerablemente de su ruta por la tormenta del 1° de marzo, y el 22 del mismo mes a los 49°51' de latitud sur y a los 128°54' de longitud este encontró al Alert conducido por una tripulación de canacos (N. del E.: pueblo habitante de Nueva Caledonia, Papua, Australia, Vanuatu y Nueva Guinea) y mestizos de aspecto patibulario. El capitán Collins no obedeció la orden de virar, y la tripulación del yate abrió fuego sin aviso con una batería de cañones de bronce particularmente pesada. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Los marineros del Emma, dijo el sobreviviente, se resistieron con valentía, y aunque la goleta comenzó a hundirse, pues varios proyectiles habían alcanzado la línea de flotación, lograron acercarse al enemigo y lo abordaron poniéndose a luchar en cubierta. Como los tripulantes del yate combatían de un modo torpe y cruel, tuvieron que matarlos a todos. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Tres de los hombres del Emma, incluso el capitán Collins y el primer oficial Gree, murieron; y los ocho restantes, bajo el mando del segundo oficial, Johansen, se pusieron a navegar en la dirección seguida originalmente por el yate, a fin de descubrir por qué motivo se les había ordenado cambiar de rumbo. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Al día siguiente desembarcaron en una islita que no figuraba en ningún mapa. Seis de los hombres murieron allí, aunque Johansen se mostró particularmente reticente a este respecto y dijo que habían caído en una grieta entre las rocas. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Más tarde, parece, Johansen y sus compañeros volvieron al yate y trataron de hacerlo navegar, pero fueron vencidos por la tormenta del 2 de abril. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Desde ese día hasta el 12 de abril, fecha en que fue recogido por el Vigilant, Johansen no recuerda nada, ni siquiera cuándo murió su compañero William Briden. La muerte no se debió aparentemente a otra causa que a privaciones. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Cables procedentes de Dunedin informan que el Alert era muy conocido como barco de carga y tenía muy mala reputación. Pertenecía a un curioso grupo de mestizos cuyas frecuentes incursiones nocturnas a los bosques atraían no poca curiosidad. Luego de la tormenta y los temblores de tierra del 1° de marzo se había hecho apresuradamente a la vela.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Nuestro corresponsal en Auckland afirma que el Emma y sus tripulantes gozaban de una excelente reputación y que Johansen es un hombre digno de toda confianza. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;El almirantazgo va a iniciar una investigación sobre este asunto, durante la cual se tratará de convencer a Johansen para que hable más libremente.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto era todo, además de la diabólica imagen, ¡pero qué pensamientos despertó en mi mente! Estas nuevas y preciosas noticias acerca del culto de Cthulhu probaban que éste tenía fieles seguidores tanto en el mar como en la tierra. ¿Qué motivo había impulsado a la híbrida tripulación a ordenar el regreso del Emma mientras navegaban con su ídolo? ¿Qué isla desconocida era aquella en que habían muerto seis de los tripulantes, acerca de la cual el contramaestre Johansen se mostraba tan reticente? ¿Qué resultado había tenido la investigación del almirantazgo y qué se sabía del odioso culto en Dunedin? Y lo más extraordinario, ¿qué profunda y natural relación de hechos era esta que daba una significación maligna e innegable a los sucesos tan cuidadosamente anotados por mi tío?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El 1° de marzo -el 28 de febrero de acuerdo con el huso horario internacional- se habían producido una tormenta y un terremoto. El Alert y su malencarada tripulación habían dejado rápidamente Dunedin como obedeciendo un imperioso llamado, y en el otro extremo de la Tierra poetas y artistas habían comenzado a soñar con una ciclópea ciudad submarina mientras un joven escultor modelaba, en sueños, la forma del terrible Cthulhu. El 23 de marzo la tripulación del Emma desembarcaba en una isla desconocida, perdiendo allí seis hombres; y en esa misma fecha los sueños de algunas personas alcanzaron su mayor intensidad y se oscurecieron con el terror de un monstruo maligno y gigantesco, mientras un arquitecto se volvía loco y un escultor caía presa del delirio. ¿Y qué pensar de esa tormenta del 2 de abril, fecha en que cesaron todos los sueños de la ciudad sumergida, y Wilcox salió indemne de aquella fiebre extraña? ¿Qué pensar igualmente de aquellas alusiones del viejo Castro a los Antiguos venidos de las estrellas y a su reino próximo, y a su culto, y a su gobierno de los sueños? ¿Estaba balanceándome en el borde de un abismo de horrores cósmicos, insoportables para un ser humano? En todo caso no afectaron sino a la mente, pues el 2 de abril puso término de algún modo a la monstruosa amenaza que había sitiado el alma de los hombres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella tarde, luego de haber pasado el día enviando telegramas y haciendo urgentes preparativos, me despedí de mi huésped y tomé un tren para San Francisco. En menos de un mes llegué a Dunedin, donde, sin embargo, descubrí que se sabía muy poco de los extraños miembros del culto que habían vivido en las posadas marineras. El vagabundeo en los muelles era asunto demasiado común, y no valía la pena mencionarlo; pero algo oí a propósito de una expedición terrestre realizada por estos mestizos durante la cual se escuchó el débil golpear de unos tambores y se vio un fuego rojo en las colinas lejanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Auckland me enteré de que Johansen había vuelto a Sidney, donde acababa de sometérsele a un inútil interrogatorio, con el pelo totalmente cano, y que luego de vender su casita de la Calle West había regresado con su mujer a su viejo hogar, en Oslo. De su aventura no dijo a sus amigos más de lo que ya sabían los oficiales del almirantazgo, y todo lo que pudieron hacer fue darme su nueva dirección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volví entonces a Sidney y hablé sin éxito con gente de mar y miembros de la corte. Vi el Alert en Circular Quay, en la bahía de Sidney, pero nada me reveló su casco. La imagen en cuclillas, de cabeza de pulpo, cuerpo de dragón, alas escamosas y pedestal con jeroglíficos, se conservaba en el museo de Hyde Park. La examiné con cuidado y descubrí que estaba exquisitamente labrada, y tenía el mismo profundo misterio, terrible antigüedad y sobrenatural rareza de material que el ejemplar más pequeño de Legrasse. Para los geólogos, me dijo el conservador del museo, la estatua era un enigma monstruoso, y juraban que no había en el mundo una roca parecida. Recordé, estremeciéndome, lo que había dicho el viejo Castro a Legrasse a propósito de los primeros Grandes Antiguos: "Vinieron de las estrellas y trajeron consigo sus imágenes".&lt;br /&gt;Profundamente perturbado resolví visitar al oficial Johansen en Oslo. Llegué a Londres, me reembarqué en seguida para la capital de Noruega, y un día de otoño eché pie a tierra en un limpio desembarcadero, a la sombra del Egeberg.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La casa de Johansen, descubrí, estaba situada en la Ciudad Vieja del rey Harold Haardrada, que había conservado el nombre de Oslo durante los siglos en que la ciudad principal adoptara el nombre de Cristianía. Hice el corto viaje en un taxi y golpeé con el corazón tembloroso la puerta de una casa vieja y limpia de frente enyesado. Salió a recibirme una mujer de cara triste, vestida de negro, quien me comunicó en un inglés vacilante que Gustav Johansen no era ya de este mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había sobrevivido mucho a su regreso, pues su aventura marina de 1925 le había destrozado la salud. La mujer no sabía más que el público, pero Johansen había dejado un largo manuscrito, que trataba "asuntos técnicos", escrito en inglés con la intención manifiesta de que su esposa no lo entendiese. Mientras paseaba por una callejuela, cerca del muelle de Gothenburg, un atado de viejos periódicos, salido de la ventana de un altillo, lo golpeó y lo hizo caer. Dos marineros indios lo ayudaron en seguida a levantarse, pero el hombre murió antes de que llegase la ambulancia. Los médicos, incapaces de precisar la causa del deceso, lo habían atribuido a un malestar del corazón y a un debilitamiento general.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentí entonces que un oscuro terror, que no me abandonaría hasta que a mí también me fuese acordado el eterno reposo, "accidentalmente" o por otro motivo, me traspasaba los huesos. Habiendo persuadido a la viuda de que mi conocimiento de esos "asuntos técnicos" me autorizaba a poseer el manuscrito, me llevé el documento y comencé a leerlo en el barco que me conducía a Londres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un relato simple, desordenado; un diario de mar redactado de memoria en que se intentaba recoger día a día aquel último y terrible viaje. No lo transcribiré literalmente a causa de sus oscuridades y redundancias, pero mi resumen bastará para explicar por qué el rumor de las aguas contra los costados del buque se me hizo tan intolerable que tuve que taponarme los oídos.&lt;br /&gt;Johansen, gracias a Dios, no lo sabía todo, aunque vio la ciudad y el monstruo; pero yo ya no podré dormir en paz mientras recuerde el horror que espera emboscado del otro lado de la vida, en el tiempo y el espacio, y aquellas malditas criaturas que vinieron de los astros más antiguos y que sueñan en las profundidades del mar, conocidas y favorecidas por un culto de pesadilla decidido a lanzarlas sobre nuestro planeta cada vez que algún terremoto vuelva a elevar la monstruosa ciudad de piedra al aire y la luz del sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viaje de Johansen había comenzado tal como lo declarara él mismo ante el almirantazgo. El Emma había dejado Auckland en lastre el 20 de febrero, y sintió todo el impacto de esa tempestad consecutiva al terremoto que arrancó a los abismos marinos el horror que pobló los sueños de los hombres. Recobrado el gobierno, el buque navegó favorablemente hasta encontrarse con el Alert el 22 de marzo (y sentí la pena del oficial al describir el bombardeo y el hundimiento de su nave). De los mestizos del yate, Johansen hablaba con un horror realmente significativo. Había algo abominable en ellos que hacía que su destrucción pareciese casi un deber, y Johansen se sorprende ante la acusación de crueldad que contra él y sus compañeros hizo la corte. Ya en el yate capturado, Johansen y sus hombres, impulsados por la curiosidad, prosiguen viaje hasta avistar una alta columna de piedra que emerge del océano, y a los 49°9' de latitud oeste, y 126°43' de longitud sur, se encuentran ante una costa barrosa, y una albañilería ciclópea cubierta de algas que no puede ser sino la sustancia tangible del terror supremo del universo: la ciudad muerta de R'lyeh, construida hace millones de años, antes de los comienzos de nuestra historia, por las enormes y espantosas criaturas que descendieron desde unos astros desconocidos. Allí yacen el gran Cthulhu y sus compañeros, ocultos en unas bóvedas verdes y húmedas desde donde envían, luego de incalculables ciclos, pensamientos que aterrorizan a los hombres sensibles y reclaman imperiosamente a los fieles del culto que inicien el peregrinaje de la liberación y la restauración. El oficial Johansen ignoraba todo esto, ¡pero Dios sabe bien que había visto bastante!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que emergió de las aguas sólo la cima de la ciudadela, coronada por un enorme monolito, donde yace el gran Cthulhu. Cuando imagino el tamaño de todo lo que puede esconder el fondo del océano, siento deseos de morir sin esperar ya más. Johansen y sus hombres se sintieron aterrados ante la majestad cósmica de esta húmeda Babilonia habitada por demonios, y debieron sospechar, instintivamente, que no pertenecía ni a éste ni a ningún otro planeta similar. En todas las líneas de la estremecida descripción de Johansen se advierte el mismo pavor; ante el tamaño indescriptible de los bloques de piedra verde, ante la altura vertiginosa del monolito labrado, ante la asombrosa identidad de esas colosales estatuas y bajorrelieves con la rara imagen encontrada en la sentina del Alert.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin conocer el futurismo, Johansen describe, al hablar de la ciudad, algo muy parecido a una obra futurista. En vez de referirse a una estructura definida, algún edificio, se reduce a hablar de vastos ángulos y superficies pétreas... superficies demasiado grandes para ser de este mundo, y cubiertas por jeroglíficos e imágenes horribles. Menciono estos ángulos pues me recuerdan los sueños que me relató Wilcox. El joven escultor afirmó que la geometría de la ciudad de sus sueños era anormal, no euclidiana, y que sugería esferas y dimensiones distintas de las nuestras. Ahora un marino ilustrado tenía ante la terrible realidad la misma impresión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Johansen y sus hombres desembarcaron en la playa de esta monstruosa acrópolis y se treparon, resbalando, por los titánicos y musgosos escalones que ningún ser humano hubiera podido edificar. El sol mismo parecía deformado cuando se lo miraba a través de las miasmas polarizadas que emanaban de esta perversión submarina; una amenaza tortuosa acechaba en esos ángulos desconcertantes donde una segunda mirada descubría una concavidad donde se había creído ver la convexidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos los exploradores, aun antes de ver algo definido (salvo las rocas, los musgos y las algas) se sintieron presas de un indefinible terror. Todos habrían escapado si no hubiesen temido la burla de los otros, y sólo de mala gana se decidieron a buscar -vanamente, como comprendieron más tarde- algo que sirviese de recuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rodríguez, el portugués, fue el primero en llegar a la base del monolito y les gritó a los otros lo que acababa de descubrir. Poco más tarde los hombres contemplaron curiosamente una enorme puerta de piedra labrada con el ya familiar bajorrelieve del pulpo-dragón. Se parecía, dice Johansen, a la enorme puerta de un granero. Todos vieron allí una puerta, ya que estaba encuadrada en un umbral, un dintel y dos montantes, pero nadie pudo decidir si estaba situada horizontalmente, como la puerta de una trampa, o algo inclinada, como la puerta exterior de un altillo. Como lo hubiese dicho Wilcox, la geometría del lugar era errónea. Uno no podía estar seguro de que el mar y el suelo fueran horizontales, de modo que la posición relativa de todo el resto parecía variar fantásticamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Briden presionó sobre la piedra en diversos sitios sin resultado. Luego Donovan palpó con delicadeza los bordes, apretando separadamente cada punto. Subió con lentitud a lo largo de la grotesca moldura de piedra -puede decirse que subió si se admite que la puerta no era al fin y al cabo horizontal-, y los hombres se preguntaron cómo una puerta podía ser tan enorme. Al fin, muy suavemente, muy lentamente, la parte superior del panel comenzó a inclinarse hacia adentro, y todos vieron que la piedra se balanceaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Donovan se deslizó o trepó de algún modo a lo largo de uno de los montantes, y los hombres se pusieron a observar el curioso retroceso de la puerta monstruosa. En este fantástico mundo de deformaciones prismáticas, la piedra se desplazaba anormalmente en diagonal, despreciando todas las leyes de la materia y la perspectiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La abertura mostraba una oscuridad casi material. Estas tinieblas tenían realmente una cualidad positiva, pues ocultaban algunas partes de las paredes interiores que debían ser visibles. Al fin surgió de aquella cárcel milenaria algo así como una humareda que oscureció la luz del sol mientras se elevaba hacia el cielo, empequeñecido y arrogado, con la ayuda de sus alas membranosas. El olor que salía de aquellos abismos recién abiertos era insoportable, y Hawkins, que tenía el oído fino, creyó oír allá abajo un sonido chapoteante e inmundo. Todos escucharon, y todos escuchaban aún cuando el monstruo se hizo visible, babeando y apretando su inmensidad verde y gelatinosa a través de la tenebrosa abertura hasta elevarse pesadamente en el aire corrompido de aquella ciudad de pesadilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La letra del pobre Johansen es apenas inteligible en esta parte. De los seis hombres que nunca llegaron al barco, cree que dos murieron simplemente de miedo en aquel instante maldito. El monstruo está más allá de toda posible descripción. No hay lenguaje aplicable a ese abismo de horror inmemorial, a esa pavorosa contradicción de todas las leyes de la materia, la fuerza y el orden cósmicos. Una montaña que caminaba. ¡Dios! ¿Puede extrañar que en el otro lado de la Tierra enloqueciese un gran arquitecto, y que en aquel telepático instante la fiebre devorara al pobre Wilcox? El monstruo de los ídolos, el verde y viscoso demonio venido de otros astros, había despertado para reclamar sus derechos. Las estrellas eran otra vez favorables, y lo que un viejo culto no había podido lograr por su voluntad, un puñado de inocentes marineros lo hacía por accidente. Luego de millones y millones de años el gran Cthulhu era libre otra vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres hombres fueron barridos por aquellas patas membranosas antes que nadie tuviese tiempo de volverse. Que descansen en paz, si hay algún descanso en el universo. Eran Donovan, Guerrera y Angstrom. Parker resbaló mientras los otros tres sobrevivientes se precipitaban frenéticamente en un escenario infinito de rocas verdosas. Johansen jura que fue absorbido hacia arriba por un ángulo que no debía estar allí; un ángulo agudo que se había comportado como si fuese obtuso. De modo que sólo Briden y Johansen llegaron al bote, y se dirigieron desesperadamente hasta el Alert mientras la montañosa monstruosidad descendía por los escalones de piedra resbaladiza y se detenía, titubeando, a orillas del agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las calderas habían quedado funcionando a pesar de que todos habían bajado a tierra, y bastaron unos pocos segundos de frenéticas corridas entre ruedas y motores para poner en marcha el Alert. Lentamente, entre los horrores distorsionados de esa escena indescriptible, la hélice comenzó a golpear las aguas. Mientras tanto, en la costa mortal, sobre aquellas construcciones que no eran de este mundo, el monstruo gigantesco venido de las estrellas emitía unos gritos inarticulados, como Polifemo al maldecir el veloz navío de Ulises. En seguida, con más audacia que los cíclopes de la leyenda, el gran Cthulhu penetró en las aguas e inició la persecución con golpes que levantaron enormes olas. Briden volvió la vista y enloqueció. Desde entonces rió a intervalos hasta que la muerte lo alcanzó en su cabina mientras Johansen vagaba delirando de un lado a otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero Johansen no había abandonado la partida. Comprendiendo que el monstruo alcanzaría seguramente el Alert antes de que la presión llegase al máximo, resolvió intentar algo desesperado, y, acelerando los motores, subió rápidamente a la cubierta e hizo girar el t
